Francisco Torres García

La estantería del historiador

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Y Franco, con una sonrisa, legalizó el bikini en 1953

Mira que si me da por hacer una encuesta y preguntar a los españoles de filas que si les parece bien que en España sea legal utilizar el célebre bikini.

No, no me he vuelto loco, aunque no sé si alguno de mis ojipláticos encuestados pensaría que le estoy tomando el pelo. Además de la aplastante respuesta afirmativa, en mi cocinado estado de opinión, les inquiriria por su consideración con respecto a quien lo legalizó. Me imagino que la respuesta también sería muy positiva y hasta alguno propondría que se le pusiera una estatua y un homenaje en las grandes localidades playeras por su contribución al desarrollo de la gran industria nacional. Pero…

Claro está que, con la nueva inquisitorial, totalitaria y liberticida propuesta de Ley de Memoria Histórica de Sánchez y el PSOE y el afán carcelario de Garzón y los restos de IU, acabaríamos todos, opinantes y encuestador, en un campo de concentración por exaltación del franquismo, porque el señor que lo legalizó, antes que lo hicieran otros países liberales y demócratas y con la oposición eclesiástica, se llamaba don Francisco Franco. ¿Cómo…?

Lo explicó, como tantas otras cosas, en mi libro “Franco Socialista. La revolución silenciada”. Y es que que en 1953 la encerrada, aislada, oscura e integrista -esa era la caricatura habitual que muchos sostienen aún hoy- don Francisco hiciera esas cosas deja atontados a no pocos rojiprogres y a los fans del recuerdo a la censura. Andan los periódicos recordándolo porque se cumplen 65 años de la famosa autorización de Benidorm -ya antes se utilizaba, el primero dicen que en Santander en 1948, pero siempre el Gobernador Civil de turno podía mandar a la Guardia Civil a poner unas multas difíciles de cobrar con tan exigua prenda-. A finales de los cuarenta ya pululaban por Ibiza, Benidorm y Marbella. Y andan como locos los periodistas tratando de explicar lo que no tiene mucho misterio y cómo torear la alabanza a Franco (un sapo para Susana Griso o Ana Rosa); porque la caricatura de Franco y la España oscura y retrógrada queda muy mal con estas cosas.

Pero es que los hechos dicen mucho de cómo era en realidad aquel dictador odioso y tiránico según lo retrata, entre otros con menor altura, el supremo sacerdote de la verdad, mi admirado profesor Ángel Viñas.

Así que el famoso alcalde de Benidorm -seguro que los sociatas, los podemitas y los de la memoria quieren quitarle honores y calle-, Pedro Zaragoza Orts, que había legalizado el bikini por bando municipal en 1952, pero al que le multaban a las turistas, franquista hasta su muerte, no como los franquistas hasta la muerte de Franco, se montó en 1953 en su Vespa y se presentó en las puertas del palacio del Pardo para hablar con el terrible y sanguinario Caudillo -Benidorm no era más que un pueblo de pescadores que descubría el turismo-. Y Franco, el dictador aterrador, hermético, frío, distante, el de la suntuosidad del monarca según nos cuenta ahora Juan Pablo Fusi -hay que ser innovador-, le dice al alcalde, que llega cubierto de polvo, grasa y oliendo a gasolina, pase, pase… como si estuviera en su casa (¡Ah, esos alcaldes que le decían “camarada Franco” y hasta le tuteaban!).

Imagínese mi querido lector que a usted se le ocurre irse de tal guisa a las puertas de la Zarzuela o la Moncloa… o a ver a cualquier dirigente cuando no tocan besos y abrazos de campaña.

Lo cierto es que don Pedro no tuvo que esforzarse mucho en convencer a Franco, pese a que su Ministro Arias Salgado estaba en guerra con el bikini, y salió del Pardo como amigo personal de don Francisco, cuando días antes el arzobispo de Valencia, Marcelino Olaechea, lo quería excomulgar -¡Qué cosas!-; y con con un aval sin firma: “si tiene algún problema no hable con el Gobernador Civil, me llama directamente”. Así que don Francisco estaba dispuesto a poner firme a quien hiciera falta por teléfono con respecto al bikini. Lo que nunca contó don Pedro, que yo sepa, es la cara que se les debió quedar al Gobernador Civil y Jefe del Movimiento así como al arzobispo cuando conocieran el resultado de la gestión. Sobre todo porque Franco, con un gesto que valía más que un papel escrito que nunca existió, envío a su mujer y su hija de visita al Benidorm de los bikinis unos días después. Franco se había acostumbrado a expresar su opinión mediante gestos.

No sé si las turistas de Benidorm gritarían aquello de “¡Franco, Franco, Franco!” al celebrar la dictatorial decisión de Franco, pero lo cierto es que el turismo se convirtió en un gran invento. Los turistas playeros llegaron por millones sin que nadie notara que España era un país aislado y odiado. Es más, se lo pasaban pipa en la dictadura de Franco, una dictadura cuanto menos algo rarita

Cuando quedarse en lo aparente no es suficiente

Seguramente alguien, como ha sucedido en estos días, podría objetar a mis palabras no haber leído con detenimiento la extensa sentencia del caso de “la manada” (larga por el voto particular de uno de los magistrados); solo una reveladora lectura en diagonal. Dejando a un lado el contenido y la tipificación de los hechos -recordemos que los artículos del Código Penal vigente son resultado de la reforma socialista-, lo cierto es que en la sentencia más que error judicial lo que hay es una derrota judicial de la instrucción, la acusación y la fiscalía; probablemente todos ellos en exceso confiados en la “pena del telediario”, en unos hechos que ya estaban masivamente tipificados por la opinión pública, pero es que la defensa también juega el partido. Más valiera a la acusación, ante los recursos anunciados, armar mejor el caso que confiar en la presión popular precedente y en la protesta desatada.

Los grupos feministas, que son un lobby muy heterogéneo, más sociológico que militante cuando se dan casos como este, se han echado a la calle apoyados por la lógica indignación ante los insuficientes 9 años de prisión de condena y la tipificación de los hechos; en su cola llevan su alineación con la izquierda, con los podemitas y la siempre oportunista y demagógica palabra de Pedro Sánchez (recordemos a Sánchez que lo que quiere reformar es obra de PSOE).

He contemplado una de esas manifestaciones pletóricas de las frases usuales y las he seguido por televisión, pero… ¿qué reivindican? Desde mi punto de vista lo que conviene, lo que es políticamente correcto y en concordancia con las tesis penales de la izquierda y de parte del centro derecha en consonancia con el “espíritu” de la cada vez más viejuna Constitución de 1978. Solo definiciones teóricas y abstractas… pero poca o ninguna referencia a las penas y a la consideración de la misma como elemento disuasorio, y es aquí donde radica una de las bases del problema. No por el juicio de “la manada” sino por el incremento de los delitos sexuales en general y de las violaciones en particular (un incremento del 6% en los últimos datos anuales conocidos).

No he visto entre las reivindicaciones peticiones de endurecimiento de las penas, ni de cumplimiento íntegro de las penas en esas manifestaciones, ni en todo el aparato mediático-propagandístico que las acompaña. Orgánicamente, los manifestantes, más del sexo femenino que masculino, son los mismos que están contra la prisión permanente -que en el fondo es un brindis al sol porque, al ser revisable, hecha la ley hecha la trampa-.

Es lógico que más allá de la sentencia, ante lo que se conoce de los hechos, no pocos españoles estén indignados; pero hubo delito y los integrantes de “la manada” han sido condenados a 9 años de prisión, algo que se está obviando. Defensa y acusación ya han anunciado un recurso que se iba a producir de todas maneras: unos, ahora contando con el poderoso, desde un punto de vista jurídico y mi particular lectura, voto particular, para conseguir reducir la pena o incluso la absolución (que pudiera darse si la acusación es inferior a la defensa); la acusación, para cambiar la tipificación del delito y dar peso a los agravantes, consiguiendo, en función de la vista, unos pocos años más de condena. Y que nadie se sorprenda si ahora comienzan a filtrarse fotos que al no tener voz pueden ser un arma terrible.

Más allá de ello, de este caso en particular, lo que nadie saca a debate es que en España este tipo de delitos tiene las posibles condenas que tiene. De forma muy escueta, apuntemos que el abuso, el atentado a la libertad sexual y la violación se castigan con penas de 1 a 12 años (las agravantes las pueden ampliar). Así pues un violador puede ser condenado a una mínima de 6 años, a menos si no llega a penetrar, y a 15 en la máxima si hay penetración y pocos agravantes. Pero se trata de penas irreales porque ya se sabe cómo es el cumplimiento real en España; pero en el caso de este tipo de delitos el tercer grado, a partir de 5 años, solo se alcanza tras cumplir la mitad de la condena. Y lamentablemente todos tenemos en la memoria cuáles han sido las condenas de violadores en serie o cómo han sido puestos en libertad para volver a violar (pero en estos casos en vez de sacar a la calle la indignación se ha guardado silencio).

Los autores del delito, porque la sentencia indica que lo hubo, los individuos de “la manada”, han sido condenados a 9 años en vez de a 15 o 16, por lo que pasarán 5 años en prisión. Y esto es lo que de verdad produce indignación, aunque se tenga buen cuidado a la hora de ocultarlo: la sensación que tienen los españoles de que, más allá de este caso, nuestro modelo fomenta la sensación de impunidad, de que el delincuente tiene más derechos que la víctima en nuestro Código Penal y en las disposiciones penitenciarias. Impunidad que es un acicate para el delincuente al perder la pena parte de su carga disuasoria.

El caso de “la manada” tiene ese otro componente, para mí fundamental, sobre el que nadie se pronuncia y es el grado de depravación, de embrutecimiento y de destrucción del andamiaje moral del individuo y la sociedad que, más allá de la tipificación y de cómo sucedieron los hechos, este caso muestra. Y en ese camino no estamos en el final sino en el principio por lo que los delitos, denunciados o no, se incrementarán. Ante ello de poco vale rasgarse las vestiduras por la sentencia de un caso, montar protestas según qué casos, para, al mismo tiempo, mirar para otro lado cuando se señalan las causas de que hayan manadas o individuos o cuando algunos sostenemos que no todo es moralmente aceptable como normal independientemente de si el consentimiento existe es pasiva o es fruto de la coacción voluntario (concepto este último que recomiendo que revise la acusación).

En torno al 8 de Marzo y un día para las heroínas de España

Como se diría ahora, atrévome a contraprogramar. Escribo al filo de las doce de la nochae del 7 de marzo de 2018. Lo hago cuando a poco que avance el segundero arrancará el denominado día de la mujer trabajadora, reconvertido para no pocos y pocas -uso conscientemente para remarcarlo la incorrección gramatical- en el día de la mujer feminista (las que no comparten su tesis o están alienadas o no son consideradas como tales al quedar excluidas de la nueva fe).

A estas horas no me apetece escribir sobre la fecha desde la disidencia, ni ser crítico con la malversación de los conceptos que nos anegan convertidos en verdad indiscutible, en el mantra del tramposo discurso feminista; ni emprenderla con la media verdad de las brechas salariales, los techos de cristal, la discriminación monetaria en función del puesto laboral que se ocupa (los hombres ocupan los mejores puestos y por eso cobran más reiteran) o la imposición del derecho de cuota que nos lleva a nuevas formas de discriminación o a situaciones absurdas. No tengo ganas de escribir sobre ello. Además, para qué.

Pero algo quería escribir, hacer en este día otro tipo de reivindicación. Casualmente ha caído en mis manos esta tarde una conferencia del general Gómez de Artache, pletórica de retórica, muy propia de la época, pronunciada en los albores del siglo XX sobre las mujeres en nuestra Guerra de la Independencia. No podía el hallazgo ser más oportuno. Ya entonces se hablaba de la injusticia del olvido de España para con sus héroes; de cómo los otrora héroes y heroínas nacionales, sobre todo las heroínas, yacían en el mausoleo del olvido. Los héroes, salvo los superhéroes del cómic, han pasado de moda según es la moda.

Ello y la fecha me motivan a trazar en estas líneas -lo hago aburrido ante el machaque de los tópicos previos a la jornad- una reivindicación de la memoria de aquellas mujeres heroicas que jalonan la Historia de España, hoy proscritas en los manuales al uso. Hago así de paso la propuesta, aunque pocos seguidores me parece que voy a tener, de hacer un 8 de marzo alternativo, casi subversivo: el día de las heroínas de España.

Larga seria la lista de las homenajeadas que debieran ser ejemplo de conducta y de amor a la Patria. Desde aquellas que murieron con sus familiares e hijos defendiendo Numancia, Astapa, Calahorra o Sagunto a las más próximas. Mujeres hispanas de contornos definidos en el siglo XIX, como recoge el general Gómez Artache de los historiadores de su tiempo: “pintan las antiguas historias a la mujer ibérica compañera fiel del hombre; celadora de la honestidad; en los rigores y los trabajos dura y esforzada; más engreida de sus virtudes que de sus joyas; temerosa de los dioses, y en el amor de la patria, heroica hasta la muerte”.

Una lista en la que estarían, por ejemplo, María Pita, Maria Pacheco la leona de Castilla o Catalina Erauso la monja Alférez. Un recorrido que nos llevaría a la sin nombre capitana de Badajoz que con su tropa asaltaba los correos franceses en la Guerra de la Independencia. Así pues, en este día y en esta tesitura, pensé: ¿por qué no dedicar estas líneas, precisamente un 8 de marzo, a esas mujeres que lucharon por su Dios, por su rey y por España en una guerra de liberación nacional contra las tropas de Napoleón? A esas que en la literatura francesa llamaban “las asesinas españolas” simbolizadas en un puñado de nombres. Mujeres como nuestro mito nacional, Agustina de Aragón, a la que lord Byron aludía sin nombrar.

Decenas de nombres, centenas de mujeres anónimas, sin registro, fueron las muchas Agustinas de Aragon que poblaron nuestra geografía. Aquella mujer, la artillera, catalana de origen, que tras abrir fuego en Zaragoza defendiendo la puerta del portillo, continuó luchando y se ponía un bigote para inspirar más terror al francés.

Mujeres que combatieron desde el primer minuto. Mujeres que empezaron la guerra, si nos atenemos a la historia de aquella anciana sin nombre que, el 2 de mayo de 1808, desesperada lanzó el grito de alerta cuando las fuerzas de Murat iban a sacar de palacio al infante Francisco: “¡Nos lo llevan!”. Y entre las mujeres que luchan, que municionan, que llevan agua, Clara del Rey que muere alcanzada por la metralla luchando con su marido y sus hijos en el parque de artillería de Manleón; o la historia de la bordadora de la calle San Andrés nº 18, Manuela Malasaña, asesinada por los franceses a los quince años.

Salpicaron estas mujeres toda la geografía hispana. Guerrilleras y espías, como María Gracia en las tierras de Ronda; como María Bellido, símbolo de las féminas del pueblo de Bailén que auxiliaba llevando agua en medio del combate a los soldados; como María Forfá, que ante la llamada cogió el arma de su marido enfermo y corrió a luchar contra los franceses diciendo, señalando el fusil, “cuando suena la alarma este es mi marido”. Mujeres anónimas de palo y cuchillo, que constituían unidades para atender a los heridos, atender a los enfermos, distribuir munición y agua, pero llegado el momento también iban a la lucha.

La Zaragoza sitiada que se hizo fuerte con el valor de María Agustín, la aguadora que toma el fusil diciéndole al soldado: “ponte tras de mí, bebe, que yo cuidaré”; como Celia Álvarez que en lo alto de su palo engarza una bayoneta para estar con los defensores; como Manuela Sancho y sus mujeres que llevan agua, alimento y munición, que participan en la defensa del convento de San José; como María Consolación Domitila “la bureta”, que organizó una unidad de mujeres para auxiliar a los soldados y que hizo de las calles que rodeaban su palacio un fortín en cuya defensa perdió la vida.

En Gerona, donde se formaron compañías para la lucha. Allí apareció la Compañía Santa Bárbara cuyas soldados recorrían las calles con un lazo encarnado como distintivo para auxiliar a los baluartes. Allí estuvo Lucía Jenoma, defendiendo con 30 mujeres el baluarte de San Pedro. En Gerona quedan los nombres de María Ángela Bivern y Ramira Nouvilos. Heroínas como María Lostal, Juliana Larena o María Artigas. Recordemos a las damas de Utrera y Sevilla cosiendo uniformes para los soldados de Bailén.

Heroínas por centenas, sin nombre pero con gestos esculpidos en leyenda. Cuentan que una mujer viuda tenía a sus dos hijos con la partida del célebre cura Merino. Le aguardaba por ello el patíbulo dejando una carta para sus hijos con su última voluntad: “Decid a mis hijos que no se pasen a los franceses; que defiendan la religión, y que si yo muero, espero en Dios morir como cristiana”.

Mujeres heroicas, como aquella de la que solo nos resta el apodo, la Fraila. Cuidaba una ermita en Valdepeñas mientras que su hijo luchaba en la partida de el Chaleco. Cayó abatido por los franceses. Las tropas de Napoleón ocupan su ermita. Ella coloca barriles de pólvora bajo el altar; aguarda la noche. Cierra las puertas y prende la mecha reduciendo a escombros el lugar estando ella en el interior.

Valdepeñas, donde Juana Galán, la galana, encabeza la resistencia de las mujeres que arrojan aceite hirviendo a los coraceros para después acabar con ellos con sus palos. La misma trampa que las mujeres preparan en el barrio malagueño de la Trinidad a los invasores… y así…

¡Llevan el puñal bajo la falda! Esa era la advertencia que corría entre los gabachos.

Así pues no está de más recordarlas, sin agotar la cita, este 8 de marzo porque ellas sí respondieron al grito de: “¡La Patria está en peligro! ¡Acudid a salvarla!”.

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