Francisco Torres García

La estantería del historiador

Categoría: Cine, música y libros (Página 1 de 5)

Liudmila Pavlichenko vuelve a empuñar su fusil para exaltar a los héroes del Ejército Rojo.

Confieso que soy un comprador compulsivo de películas y libros. Harto interesado en profundizar en los elementos que concatenan la historia, el cine y la reinterpretación de la historia en función de la coyuntura política. Apasionante resulta, pese a los problemas derivados de las dificultades idiomáticas y de la distribución, acercarse desde este punto de vista a la producción cinematográfica del Este relacionada con la II Guerra Mundial.

Para nadie debiera ser desconocido el orgullo que los rusos, pero también muchos de los ciudadanos de los países que integraron la disuelta URSS, sienten por ser los vencedores reales del ejército alemán -dejemos a un lado que ello fue posible por los errores de planteamiento germanos, derivados de los objetivos programáticos de Hitler, y por la ayuda norteamericana que mantuvo los suministros que permitieron al Ejército Rojo seguir combatiendo y recuperarse a lo largo de 1942-; añadamos a ello que, en la Rusia de Putin, como reivindicación nacional, existe una exaltación de aquel tiempo -baste recordar la parada militar conmemorativa del desfile de 1941 cuando los alemanes avanzaban sobre Moscú-, que oculta una indisimulada nostalgia por lo que fue la URSS y el deseo silente de restablecer en parte el imperio . El cine soviético exaltó aquella victoria colectiva (“Cuando pasan las cigüeñas” de Mijail Kalatòzov es un buen y accesible ejemplo de ello). Hoy el cine del Este vuelve a exaltar a aquellos héroes como reivindicación de su pasado reciente y de la propia URSS.

En esta estela, y resulta significativo, ha brillado recientemente la producción ruso-ucraniana titulada en español “Batalla por Sebastopol” (Sergey Mokritskiy, 2015),  protagonizada por la dulce e increíble Yuliya Sergeevna Peresild (galardonada con el Tiatian Award a mejor actriz por esta interpretación). Película que por fin he podido ver tras su lanzamiento en DVD/BD dado que, como otras similares, ha tenido escasa permanencia en las pantallas españolas (a la espera de poder ver en condiciones la coproducción rusa y kazaja “28 Guardias de la Dvisión Panfilov”). Una gran producción estrenada con motivo del 70 Aniversario de la victoria soviética en la II Guerra Mundial proyectada en más de 2.500 pantallas en Rusia. Todo un hito.

No soy un devoto de los biopic, la mayoría suelen pecar de exceso hagiográfico, insoportable moralina, exceso de licencias, demasiada proximidad a interesadas reinterpretaciones vindicativas y, cinematográficamente, aunque las dirija Spielberg, son cintas muy planas, hasta parcialmente aburridas, muy apegadas a la cámara documental, en las que lo bueno casi siempre es la interpretación del actor que encarna al protagonista (ejemplo de todo ello es la reciente y malograda “Jackie” protagonizada con acierto por Natalie Portman). Sin embargo, debo apuntar como más que notable este biopic dedicado a una mujer singular, al francotirador Liudmila Pavlilchenko, Héroe de la Unión Soviética (máxima condecoración de la época), el “ángel de la muerte” para los alemanes. El francotirador más temible del Ejército Rojo merced a su endiablada puntería, hasta algo más de 1.000 metros, tras la mirilla de su Mosin Nagant. Con solo 25 años y un año en el frente abatió a 309 enemigos formando en la 25º División soviética. Entre ellos a más de una treintena de francotiradores alemanes, muchos de ellos enviados con la sola e infructuosa misión de abatir a aquella “bruja de la noche”. Valiente hasta el límite de salir de su escondite, caer como si hubiera sido alcanzada, y luego abatir a su enemigo, encaramada a los árboles en posiciones de tiro increíbles, capaz de eliminar a varios enemigos con un disparo, mortal con sus balas especiales para atravesar el cristal de la mirilla de los carros enemigos. Combatió en Crimea y Odessa contribuyendo a mantener la moral del Ejército Rojo durante el cerco de Sebastopol. Herida en varias ocasiones, tras ser retirada del servicio en el frente, realizó una exitosa gira por los EEUU a favor de la guerra y de la necesidad de abrir un segundo frente: “Señores, tengo 25 años y por ahora he ocasionado 309 bajas a los ocupantes fascistas. ¿No les parece, señores, que han estado escondido detrás de mi espalda durante demasiado tiempo?”. Y además era historiadora doctorada por la universidad de Kiev.

Esta película narra su vida, ciñéndose casi a lo que fueron esos años de guerra. Una cinta, reitero, más que notable y harto recomendable que merece una detenida lectura pues se trata de una “héroe de la URSS”, pero una heroina ucraniana que viene a ensalzar, indirectamente, en estos momentos, el enlace entre Ucrania y Rusia,  por lo que difícilmente se puede considerar que la elección de la vida de Luidmmila Pavlichenko como eje para una gran producción conmemorativa de la gloria de la Victoria -aunque sea recordando una derrota, como hizo el maestro Ford- sea ajena a esta realidad.

Mokritskiy ha conseguido dar a su película un ritmo narrativo muy ágil, pese al habitual recurso al flashback, con un estilo que nos hace recordar la magnífica “Banderas de nuestros padres” (Eastwood, 2006) sobre la toma de Iwo Jima, jugando con la combinación de notables escenas bélicas con las escenas de retaguardia y trazos de la vida de esta mujer, superpuestas a la evolución-explicación emocional de la Mayor Pavlichenko. Y, sorprendentemente, el guión no regatea críticas a los errores del Ejército Rojo, aunque se lean en clave diversa al mismo tiempo que, como es natural, exalta a los combatientes. Pero, además, es una película con un lirismo sobrio que huye de los planteamientos habituales de las inesquivables tramas amorosas. Yuliya está magnífica, compatibilizando en su interpretación la fragilidad de la muchacha con la frialdad inherente al francotirador, para darnos con su interpretación una audaz combinación moral, al ser capaz, aún en medio de los combates, de mostrar y descubrir en Luidmila la humanidad en medio de la insensibilidad, sin obviar las secuelas psicológicas que deja el frente y haber convivido con la muerte.

Por encima de lo anterior, nos deja una lección de patriotismo, camaradería y del sentido del deber, lo que da a la película elementos de validez permanente más allá de la historia de Liudmila Pavlichenko; aunque haya retornado para volver a tomar su fusil y recordar y exaltar a los héroes del Ejército Rojo.

LA DONNA QUE COCINABA TAGLIATELLE PARA MUSSOLINI

COMENTANDO UN LIBRO DE EDDA NEGRI MUSSOLINI (la nieta del Duce)

Ya sé que a tenor de lo publicado por algunos medios carezco de posible objetividad por haber estado en un “acto fascista” (invito al lector a que añada todos los apelativos que se le ocurran que a buen seguro corto se quedará), denunciado por los colectivos de la “Memoria histórica” -al paso que vamos pronto serán de la censura histórica-; los mismos que reunieron en magna protesta unos dos mil valencianos en una ciudad que ronda los 800.000 habitantes, según leo en el diario digital Público -digital, porque no encontró lectores que lo compraran-, al que aplicándole su propio rasero me vería obligado a calificar de comunista (la ideología con más muertos a sus espaldas -afirmar semejante cosa es ser un “fascista”-). Tal acto “fascista” consistió en unas conferencias “fascistas” -entre ellas la de Javier Barraycoa Vicerrector de la Universidad Abat Oliva, naturalmente “fascista” por denunciar las falsedades históricas del nacionalismo catalán- y mi modesta colaboración en la presentación de una novela que he prologado (por cierto, como son “fascistas” nadie te supervisa lo que vas a decir, e incluso se puede disentir desde la tribuna de la línea que todo el mundo presupone a los organizadores). Unas conferencias organizadas anualmente por la legal Asociación Cultural In Memorian Juan Ignacio bajo el título de Primavera, en cuyos actos por cierto jamás ha habido incidente alguno -y eso que los “fascistas”, como todo el mundo sabe, son unos seres violentos y muy peligrosos-. Un acto casi clandestino, porque si se publicita nadie quiere alquilar un salón para su desarrollo, ya que previamente se desata una campaña para su prohibición vulnerando derechos y cayendo en el delito ideológico.

El revuelo de este año, que por cierto mide cómo andamos de vida democrática, es fruto de la presencia en la misma -razón importante para mí para asistir al igual que para El País, diario “fascista” por excelencia, como todo el mundo sabe, que quería una entrevista- de Edda Negri Mussolini -hoy utiliza tras una batalla legal el apellido Mussolini del que se siente muy orgullosa-; la nieta del Duce que nació allá por 1963, dieciocho años después de su asesinato en Giulinio di Mezzegra a manos de un grupo partisano dirigido por el Coronel Valerio (Walter Andirio), sujeto que anduvo por la guerra civil con las Brigadas Internacionales organizadas por la Internacional Comunista, cuyas decisiones dependían de ese ejemplo de democracia y humanidad llamado José Stalin. Ejecución inmediata por decisión del futuro Presidente de la República Italiana, Sandro Pertini (que lo maten “como un perro rabioso”, dijo) y/o, según las fuentes que se consulten, de Luigi Longo, después Secretario del Partido Comunista Italia. Pero Edda afirmó que no siente ningún rencor por ello.

Edda Mussolini llegó a Valencia en medio de la campaña de la orgánica y supongo que subvencionada Asociación de Memoria Histórica de turno -su memoria claro, porque si se les recuerda a los asesinados por los republicanos, sin derecho a placa, monumento o reconocimiento, en las tierras de Levante, que suman algunos miles, les da un sarpullido- por ser la nieta del “criminal de guerra, asesino…” cuyos aviones bombardearon Valencia durante la guerra civil, por lo que la visita era considerada una “afrenta” a las víctimas y no sé cuántas cosas más. Dejemos a un lado que tales bombardeos, “criminales, terroríficos, sangrientos”, y dicho con todo el respeto para quienes en ellos perdieron la vida, a los que me parece muy bien que se recuerde y se rinda el homenaje, según leo en el nada sospechoso de fascista o pro franquista diario Público de los -tampoco sospechosos de condescendencias con los nacionales- catedráticos de historia de la Universidad de Barcelona, Aracil y Villarroya, máximos expertos en el tema, fueron en toda la Comunidad 637 las acciones de bombardeo causando menos de dos mil muertos (es decir que esos bombardeos sistemáticos de terror, que se dieron entre 1936 y 1939,durante casi tres años, tuvieron una media de menos de tres muertos por acción y como en algún caso fueron algo más cabe colegir que en muchos no hubo víctimas mortales). No existen guerra limpias y Edda reiteró en su intervención que nada es blanco o negro, que la Verdad suele estar en el punto medio, que ella se ha abrazado con antiguos partisanos -los que mataron a su abuelo y a miles de fascistas sin juicio tras la guerra- y que ella defiende la libertad, el diálogo y el debate que es lo que nos hace mejores.

Edda Negri Mussolini vino a España para presentar un libro de título altamente peligroso: Donna Rachele mia nonna. La moglie di Benito Mussolini (La señora Raquel, mi abuela. La mujer de Benito Mussolini). Un libro que, por razón de apellido de la autora y por la transmisión de vivencias sobre una familia con peso en la historia, me parece más que interesante. Lástima que probablemente no vea edición española.

Edda, la autora, la nieta, y es interesante subrayarlo, ha sido hace pocos años alcaldesa de Gemmano en Italia y candidata al Parlamento por el partido Futuro y Libertad para Italia, creado tras la ruptura del Partido de la Libertad y nieto del ya desaparecido Movimiento Social Italiano (MSI), que a su vez era heredero del fascismo italiano (lo que algunos califican hoy como “el fascismo democrático”). Una corriente política que siempre ha sido una realidad social en Italia, con millones de votos y en consecuencia diputados, senadores, alcaldes y concejales que hoy son parte de la política italiana. En Italia hay asociaciones de partisanos y de excombatientes de la guerra en España; uno puede visitar la tumba de Mussolini, su casa y comprar cualquier tipo de recuerdo. Si uno viaja por el sur del país o sube hasta el Etna, por los pueblos pequeños, se encuentra con retratos de Mussolini en los bares y heladerías y no pasa absolutamente nada. Para unos es el dictador, para otros, como decía Giorgio Almirante, fundador del MSI, el “dictador generoso”, para otros el Duce. No es extraño que distingan, como también lo hace Edda, entre el avance social que se vivió en el ventenino del Mussolini que no supo superar la tentación de la guerra -no pocos piensan que al final le empujaron a ella ignorando que las guerras paralelas son imposibles-. Y así, el mismo hombre que había condenado la política alemana en Stresa, en 1935, acabó uniendo su destino al Tercer Reich, lo que fue la tumba política del fascismo respetado en los años treinta. Cuando uno viaja por Italia no es inusual que los guías te digan: ese ferrocarril (el vesubiano) lo hizo Mussolini, estas playas son obra de Mussolini o este puerto… Algo que Edda destacó, porque si bien existe el Mussolini de la guerra, cada vez más apagado por la fascinación hitleriana, también está el Duce de la obra social y de modernización de Italia del ventenino.

Resulta difícil de entender la liviandad de los comentarios ante el libro que Edda ha escrito de forma conjunta, a resultas de horas de entrevista y archivo, con la periodista del Giornale d’Italia, Enma Moriconi. Afirmar, por ejemplo, que la visión que da de su familia es positiva como descalificación es una idiotez (lo habitual es que en este tipo de obras se transmita esa visión positiva, lo contrario es lo extraño de no mediar el distanciamiento). Este libro no es un trabajo de análisis histórico, es fundamentalmente un testimonio que tiene una razón de ser que poco tiene que ver con los refritos de quienes dudo que hayan leído o vayan a leer esta obra. Lo que ocurre es que tiene pasajes sumamente molestos y algunos que contravienen algunos de los clichés sobre la vida personal de Mussolini. Edda insiste en que ella lo que ha pretendido es buscar la verdad.

Me sorprende sobremanera el escándalo fariseo, producto sin duda de la ignorancia, porque este libro se presente y hasta que, como ha dicho algún izquierdista italiano, se haya escrito. En Italia lleva dos ediciones en pocos meses. Sorprendente, porque no es la primera Mussolini que ha escrito y sus libros se han publicado en Inglaterra o en España. Sus hijos han escrito: Romano dio a la imprenta Il Duce, mio padre (2004) y Último acto: la verdad sobre el final del Duce (2005); Vittorio en 1973, Mussolini: las mujeres trágicas en su vida; Edda, la mujer de Ciano, la más fascista de sus hijos, Piquete de ejecución para un fascista y La mia vita. Donna Rachele, siempre la han llamado así gran parte de los italianos, firmó un libro fruto de entrevistas titulado Mussolini sin máscara, ya en los cuarenta apareció una obra propagandística también firmada por ella con el título Mi vida con Benito.

Edda no ha escrito un libro sobre Benito Mussolini, no es el Duce el protagonista y dudo que más allá del lógico cariño familiar se pueda presentar como una exaltación de Mussolini o del fascismo (salvo que ser un padre preocupado por sus hijos se presente como tal). Es un libro sobre una mujer relativamente ignorada hasta después de su muerte, Rachele Mussolini, la abuela, para muchos solo la mujer del “infiel”. Lo remarca la coautora Emma Moriconi: se presenta a un Mussolini falso debido a que muchos se centran en su gestión política, se orilla la faceta personal pero se profundiza en sus amantes, se hacen películas sobre sus amantes (Ida Dalser, Clara Petacci o Margherita Sarfatti) pero se olvida a su verdadera mujer, Donna Rachele y su papel en el ventenino.

Edda, no ha querido hacer un libro de historia, aunque hayan recuperado documentos de la vida familiar en los archivos (para mí muy interesantes a la hora de acercarse a otra faz del personaje), sino un texto sobre su abuela -que al fallecer su madre con pocos años la cuidó como a la última hija-. Sobre las vivencias de una familia, la suya. La nonna Rachele aparece como una mujer que tuvo “una vida plena de pasión, de amor, pero también de angustia y de tristeza, una vida que le ha regalado tanto pero también la ha destrozado… la verdadera y única donna y mujer del abuelo Benito”.
Rachele conoció a Benito en 1910, comenzaron a convivir en 1911. El recorrido vital de las sensaciones es lo que han querido reflejar Edda y Enma. El Mussolini que nunca cobró del Estado; Rachele, que, cuando hasta el más nimio de los jefes y cargos fascistas se desplazaba utilizando el coche oficial, iba por Roma en autobús. Anécdotas ilustrativas sobre la abuela que hacía la pasta, cuidaba el huerto, daba de comer a los pollos o regalaba calcetines cuando Mussolini ya era el Duce. A través de Edda lo que llegan son las confidencias de su abuela, los recuerdos de familia; porque para el Mussolini que se dibuja la familia era lo más importante. Podía tener amantes, pero lo primero era su familia: “siempre volvía a Rachele”. Lo que, sin duda, chocará al lector actual que no escapará a la idea de la idealización del pasado en vez de mantener una consideración negativa, pero para entender no se puede prescindir del hecho de que aquél era otro tiempo. Al finalizar el libro es el lector el que tiene que opinar.

Hay en el texto una segunda parte que presumo es la que peor sienta por lo que de denuncia sin rencor conlleva en el homenaje indisimulado y anunciado que una nieta rinde a su abuela. El internamiento en la prisión y el campo de concentración en Montecatini y Terni, donde Rachele pidió que al dejaran trabajar en la cocina haciendo sus famosos tagliatelle; el destierro a la isla de Ischia en el Tirreno, que entonces no era el destino turístico de moda, donde sobrevivieron gracias a la ayuda de los lugareños porque el Estado se desentendió; la confiscación de los bienes y, sobre todo, el no poder llevar hasta 1957 unas flores a la tumba de Benito.

En el libro se habla de la muerte de Mussolini y el destino de sus restos sin ira. Fue un asesinato, mantienen Edda y Enma. El cuerpo colgado y ultrajado del que se hicieron fotos en color de forma macabra en la morgue de Milán donde se aprecía el resultado de la ira sobre el Duce, quedando irreconocible. La tumba sin identificación en Milán, pero a la que muchos acudían para vejar el lugar. El secuestro del cuerpo realizado por tres hombres capitaneados por el futuro diputado del MSI Domenico Leccisi dejando aquella nota que decía: “Finalmente, Duce usted está con nosotros”. La imposibilidad de trasladar el cadáver de un lado a otro hasta que es depositado en una Iglesia. El pacto con el Estado de entrega y silencio para una sepultura digna hasta que en 1957 los restos de Mussolini sean devueltos a la familia para ser enterrados en la cripta de San Cassiano en Predappio. La explicación de por qué finalmente el Estado cedió tras años de interpelaciones parlamentarias protagonizadas por Giorgio Almirante.

Siendo Giovanni Gronchi Presidente de la República, en los años de gobiernos democristianos, se produjo la caída del gobierno Segni, para sustituirlo se encargó formar gobierno al democristiano antifascista Adone Zoli. El MSI facilitaría el gobierno si se entregaban los restos de Mussolini para ser enterrados con dignidad. Zoli aceptó. Simbólicamente Leccisi sería el diputado del voto decisorio dejando el grupo del MSI para ello. Quien rescató el cadáver de la indignidad casi doce años era quien conseguía con su voto que el Estado permitiera el descanso en lugar público (impresionantes las fotos del libro de aquel acto).

Un libro peligroso por lo visto, en el que el homenaje inexistente a Mussolini, denunciado por Público, los de la Memoria Histórica y de forma medio pensionista por Compromis, que no se enteran de nada -de vez en cuando es preciso leer-, era para una mujer por parte de su nieta. Una obra cuya autora cierra con una reflexión/confesión sobre los valores aprendidos y su filosofía de la vida: “una filosofía muy simple, la que habla del respeto hacia los otros y de ver las cosas en positivo, porque si se piensa de forma negativa solo te llegarán cosas negativas”.

Un libro tan “fascista” y peligroso que se cierra con la receta más afamada de Rachele -solo al final de su vida recibió una pobre pensión y antes tuvo un restaurante- Tagliatelle al ragù receta per 6 persone. Pero en Valencia, clama Público, la movilización -pobre- de la “conciencia democrática valenciana” -Oltra y Ximo dixit- ha detenido al fascismo.

Y es que algunos no dan para más. Bueno, sí, para poder sacar al censor que llevan dentro porque lo que más temen es la libertad.

MANON, o la justificación del ultraje en la Francia liberada.

A mi buen amigo Juan V. Oltra Gutiérrez le pirra ir a tiendas de libros de viejo y ocasión y encontrar pequeñas joyas. A mí me pasa lo mismo con las películas.

La literatura moralista del XIX tiene en Manon una de sus cotas. Siempre me ha gustado esa historia sublimada en la ópera de Massenet (¡qué bien estaba Kraus cantándola y qué divina resulta en el papel Anna Netrebko!).

Ayer compré una premiada versión cinematográfica, “Manon” de Henry-Georges Clouzot de 1949, ganadora del León de oro en Venecia con una casi Lolita (Cécile Aubry) en el papel principal.

Se traslada la acción al final de la IIGM en Francia. Y esto es lo interesante, porque arranca con el intento de rapar a Manon y su posible asesinato por parte de unos vecinos al ser acusada de colaboracionista al tener un bar al que iban los nazis.

En 1949, la película nos muestra, en otra escena, advirtiéndonos así del destino seguro de Manon de no ser la muerte, a una mujer a la que se ha rapado; en escueta ropa interior -los desnudos no formaban parte entonces del cine- y con signos de haber recibido una paliza por parte de los que la rodean (el ritual continuaba con el paseo desnuda acompañada por las increpaciones de los vecinos por el pueblo).

Quiero subrayar que el director nos presenta el condenable hecho sin tapujos, de modo documental. No sólo no se hurta al público con una elipsis, sino que se muestra con orgullo, naturalidad y legitimidad. No es una denuncia, es un aval. Esto es lo interesante.

Al discurso dominante le parecían los hechos políticamente correctos y el director, al situar en el colaboracionismo femenino con los nazis, aunque fuera fruto de la necesidad, de la situación o de las relaciones humanas, fuera de toda consideración política, como el origen de la caída moral de Manon, como el pecado original que la lleva a la condena moral y física, comparte esa visión.

Clouzot presenta ese “colaboracionismo” femenino, que engendra una condena terrible, en 1949, cuatro años después de la “liberación”, como el origen de la desdicha. No olvidemos que el relato de Manon, escrito por el Abbé Prévost, advierte de que al final el pecado de la falta de virtud femenina que acaba arrastrando al hombre se paga impidiendo alcanzar la felicidad. Duro símil en aquella Francia de la posguerra (la película obtuvo el premio del sindicato de críticos franceses) para las decenas de miles de mujeres señaladas, porque además de justificar el ultraje, la tortura y la exclusión social, advertía sobre lo que el destino reservaba a aquellas mujeres de las que la historia se ha olvidado, como hasta hace poco se olvidó de las violaciones cometidas por los aliados en la Francia de después de Normandía.

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