Francisco Torres García

La estantería del historiador

Categoría: Cine, música y libros (Página 2 de 5)

EL FRANCO CRUEL E INMISERICORDE DE JOSÉ MARÍA ZAVALA.

No pocos escritores, historiadores y periodistas andan empeñados en hacer de este otoño su particular agosto a costa de Francisco Franco. Los aniversarios terminados en cero es lo que tienen. El último en llegar -probablemente ya sea el penúltimo- es José María Zavala. Lo ha hecho con una obra liviana, fruto de volver a grapar capítulos de sus libros anteriores, más próxima al chisme que a la historia, en la línea de lo escrito hace unos meses por la periodista Pilar Eyre a la que este autor acusa de ningunear sus investigaciones.

El título del invento es “Franco con franqueza. Anecdotario privado del personaje más público”, mucho título para tan escaso contenido real, en el que José María Zavala, fiel a su costumbre, al menos en algunas de sus últimas obras, se empeña en descubrir la rueda sobre aspectos supuestamente desconocidos que, en casi todos los casos, son de sobra conocidos. La mitad del libro es repetida, salde de sus dos libros sobre José Antonio, del escrito sobre Pilar Primo de Rivera y de uno bastante anterior sobre Ramón Franco. Como de costumbre sin notas ni aparato crítico. Fiel a su estilo, que resulta ameno y entretenido, todo hay que decirlo, plantea la historia como una investigación cuasi policial para resolver misterios.

No nos equivoquemos, a José María Zavala dista de caerle bien Franco. Es más, el palo a Franco que ha empleado en sus otras obras es casi el salvavidas al que se agarra para no acabar marginado con la vitola de la extremaderecha o similar. Es lo que le garantiza que se hagan eco de sus libros los medios de comunicación del centro y la derecha tipo ABC, La Razón, La Vanguardia o 13TV.

A Zavala lo que le interesaba, dejando a un lado las páginas repetidas, es introducirse de forma por cierto harto superficial, con referencias a unos pocos testimonios, en la vida íntima de Francisco Franco. Todos los tópicos antifranquistas de psiquiatra barato/aficionado afloran en esta obra que, en este sentido, no se aleja de lo habitual en los ladrillos antifranquistas de los sesenta de Ruedo Ibérico y similares (cerillita, complejos, problemas con el padre, voz atiplada, reprimido sexual…). Y, naturalmente, tal y como explica el autor en sus resúmenes y entrevistas, el Franco resultante es “cruel e inmisericorde” (¡Qué malo que era Franco! ¡Qué cruel! Resulta que no indultó al auditor del ministerio de Guerra, asesor de Largo Caballero para la aplicación de las sentencias de muerte -no solo la de José Antonio debemos suponer dado su cargo-, presidente del Tribunal de Guerra y de otros órganos represores republicanos, pese a que tenía una niña a su cargo. ¡Qué ejemplos nos presenta Zavala!). Un hombre que “no tenía piedad”, aunque eso sí, “no llega a lo de Hitler”. Siempre es un consuelo.

Fiel a su estilo José María Zavala evita poner, en estos temas complejos, la última palabra. Deja a otros que digan lo que parece que él quiere decir pero no se atreve o prefiere mantenerse en la nebulosa de la duda sobre lo que piensa. Ya lo hizo en su libro “La Pasión de José Antonio” y lo reitera en este para presentar a José Antonio, otra vez, como “el incómodo rival de Franco”, y, pese a las evidencias, mantener de forma indirecta que Franco no hizo todo lo posible por salvarlo, recogiendo todos los testimonios -sin revisión crítica alguna- que tal opinión tienen y silenciando tanto los hechos como a todos aquellos que opinan lo contrario de forma documental. Dar autoridad, como hace en el libro, en cualquier tema, a las inventivas de Ramón Garriga, que escribía desde su antifranquismo anímico sin más soporte que su opinión, o a las elucubraciones de Alcázar de Velasco, es de nota.

Poco o nada, más bien más nada que poco, aporta este prescindible libro a la hora de conocer la personalidad real de Franco, su mundo interior que hasta ahora es un terreno poco estudiado dada la falta de documentación personal accesible. Auparse para una investigación sobre la larga lista de libros de memorias de familiares de Franco o próximos a él, desde Franco-Salgado a Pilar Franco, editados en su tiempo por Planeta, cuando todos sabemos que son obras convenientemente cocinadas cuando no rehechas, sin pararse a pensar que un testimonio dista de ser una verdad objetiva en las más de las ocasiones, es preocupante.

Hace ya años que Zavala, en su libro sobre Ramón Franco, hizo el “gran descubrimiento” sobre los problemas sexuales de Francisco Franco y la deriva que ello pudiera tener sobre la paternidad de su hija. Vaya por delante, a Zavala se le pasa o lo ignora, ¿o quizás no y eso explica el modo de escribir?, que José Luis de Vilallonga, en un libro infame, sostuvo que Carmen era hija de Ramón Franco, y acabó en los tribunales con condena incluida. Ambos, curiosamente, han recurrido a las mismas fuentes, a los mismos chismes, a las mismas maledicencias y a escritores como Ramón Garriga y similares. Quizás por conocer el caso, José María Zavala se cuide mucho a la hora de pronunciarse, aunque busque llevar al lector a conclusiones similares o, cuanto menos, a sembrar la duda; porque de lo contrario ¿por qué no decir que Carmen es hija de Franco sin duda alguna, sin circunloquios?

Pero vayamos por partes. Hace años -aunque no pocos lo hayan leído en el libro de chismes de Pilar Eyre- Zavala nos obsequió con la gran primicia -sin que nadie medianamente serio le prestara mucha atención- de que Franco había perdido un testículo en África, lo que explicaba “muchas cosas” y le llevó a investigar sobre la paternidad de Carmen Franco. Y ahí comienza el gran misterio que con este libro por fin ha conseguido desentrañar.

La fuente de autoridad, la gran referencia, es la hija del doctor Antonio Puigvert, quien nunca atendió a Franco profesionalmente, aunque mantuvo en sus encuentros conversaciones sobre “temas que nadie podía sospechar”. Y entre esos temas, deduce Zavala, estaría el testículo perdido en la guerra. Ello lo transmitió el doctor a su hija -como no le atendió profesionalmente no hay secreto sobre el paciente ¡Todo solucionado!-, la también eminente doctora Ana Puigvert. Esta le dijo a Zavala que Franco era “monórquido”. El autor sumó dos y dos y le dio una palabra: el Biutz. El lugar donde Franco fue herido de muerte y en el que perdió según él el testículo, lo que le pudo provocar una “esterilidad parcial”, de ahí que solo tuviera una hija y tardara tanto tiempo en tenerla; o, en caso extremo, una impotencia total y…

Tras el libro de Pilar Eyre y su revelación sobre la “fimosis acentuada” de Franco que hizo que, según esta relevante investigadora, una vez tuviera su hija no volviera a tener más relaciones con su mujer -¡Cuánta tontería se tiene que leer!-, Zavala pidió un dictamen a la doctora Puigvert quien, partiendo de la herida del Biutz como causa de la perdida de un testículo, determina que Franco “quedaba imposibilitado para fertilizar por la afectación de la gónada restante y de savia seminal, provocándole, como digo, una infertilidad secretora y una disfunción eréctil”. Página antes -para animar la cosa- Zavala se ha acordado de que Sofía Subirán, a la que Franco pretendía y cuyas cartas y testimonios fueron publicadas hace años con errores a granel y de Ángeles Barcón quien decía que tenía las manos frías. Inmediatamente recordó a Marañón, quien en su estudio sobre Enrique IV (se le olvida el apelativo de “El Impotente”) anotaba este rasgo identificador de la “morfología de estos eunocoides y deficientes sexuales”. ¡Cómo le gusta a Zavala tirar la piedra y esconder la mano!

Claro que nos dice, no sea que acabe ante un tribunal, que pudo ser una “esterilidad temporal” y en una de las veces pudo engendrar a Carmen. Pero no contento cierra el capítulo correspondiente de este modo: primero, reproduce parte del texto que le ha mandado la doctora, “Finalmente, como informa Pilar Eyre, la . Estoy de acuerdo con esta afirmación. Por lo tanto, sin capacidad de engendrar, aunque no fuera en su caso la fimosis el motivo de dicha inactividad sexual, difícilmente hubiera podido tener una hija”; y añada Zavala: “Más claro agua”. ¿Pero qué está claro?

Y ello nos lleva a un nuevo capitulo: “la paternidad”. Y otra vez el mismo juego para concluir, tras hablar de los misterios en torno a las partidas de nacimiento de Carmen que no son de la época, tras recorrer todas las maledicencias de los que ponían en duda la paternidad de Franco (Garriga, Alcázar de Velasco, Vilallonga…) o no les extrañaba que no fuera el padre (insuperable el recurso a Max Borrell para sembrar la duda), para concluir recordando que para saber la verdad sin la sombra de duda que algunos proyectan se necesitaría una prueba de ADN.

¡Ah, la Historia! Si Zavala conociera medianamente la biografía de Franco de verdad, más allá de los lugares comunes (medio libro poco tiene que ver con Franco directamente) sabría que Carmen Polo tuvo un aborto. Se habría dado cuenta de que Carmencita nació en 1926, algo menos de tres años después de la boda, no porque Franco tuviera “esterilidad temporal”, consecuencia de la pérdida de un testículo según Zavala, o porque sufriera una “fimosis acentuada” según Pilar Eyre, sino porque Franco estuvo en campaña casi con continuidad entre 1923 y 1925. Pero claro, para darse cuenta de eso era necesario investigar. Franco y Carmen se casaron en octubre de 1923 y el jefe de la Legión estuvo de permiso hasta finales de noviembre. Volvió a África para dirigir las operaciones de 1924 (Xauen) y Carmen se quedó en Ceuta; regresó a casa para estar poco más de una semana en diciembre de aquel año y tuvo que volver a salir para avanzar sobre Alcazarsaguer (desembarco de Anyera) y así hasta el desembarco de Alhucemas (septiembre de 1925). Si Zavala o la señora Eyre hicieran las cuentas encontrarían la razón de por qué tardaron algo más de dos años en engendrar una niña.

¡Ah, la Historia! ¡Qué fácil es inventar! Zavala sin sustento de prueba alguna, más allá de los chismes, deduce que la herida del Biutz fue la responsable de la pérdida de un testículo, porque no era posible que fuera monórquido de nacimiento. No sé si ha encontrado y lo guarda como as en la manga el informe sobre la herida. Evidentemente yo no lo he visto directamente, pero tenemos los testimonios de los dos doctores que lo atendieron. Primero, el capitán médico Antonio Mallou que le hizo la primera cura que le salvó. Segundo, el del médico militar doctor Blasco quien dejó su testimonio directo. Confieso mi ignorancia médica, pero el doctor Blasco señalaba que la penetración de la bala, que no afectó ningún órgano vital, entró por el vientre -señala en la radiografía unos tres o cuatro dedos más abajo del esternón-, rozó el diafragma por abajo y salió por detrás sin tocar el hígado que estaba en la trayectoria, lo que no parece avalar la tesis de Zavala si recurrimos a la anatomía elemental.

Pero estas son las cosas de un “Franco con franqueza” cuyo título más que una tesis es una antítesis formulada en tres palabras. Un libro cuyo mejor espacio para presentarlo me parece que sería el plató de Sálvame.

CODA CON ESTRAMBOTE: Ya sabemos que Paul Preston anda por ahí explicando que Francisco Franco es comparable con Adolfo Hitler. Zavala, más modesto, también los compara: “a las simpatías que pudieran profesarse a Franco y a Hitler les unía la pérdida de un testículo en el mismo año 1916”. Y nos informa que se ha desclasificado un documento sobre Hitler que lo confirma -en realidad fue en 2008-. Reduzcamos el valor de documento, se trata de unas transcripciones de las conversaciones que el médico/enfermero Johan Jambor tuvo con su sacerdote en los sesenta donde le revelaba lo apesadumbrado que estaba por haberle salvado la vida a Hitler, estos papeles llegaron a un historiador aficionado polaco que los publicó. Hitler, nos cuenta, estaba ensangrentado por el estallido de una granada en el vientre con la pérdida traumática de un testículo (¡selectiva la granada en tan delicada parte!). Pese a tan grave amputación en dos meses Hitler estaba otra vez en el frente (no sé si debiera consultar a su doctora de cabecera sobre tan asombrosa recuperación). Naturalmente ninguno de los biógrafos de Hitler desde Fest a Kershaw, que algo más que Zavala saben, ha dado crédito a una revelación que suena a chiste y que no es ningún documento con valor, pero a Zavala esto de los testimonios le chifla. Pero esta historia, cuyo origen es una pretendida autopsia soviética, es la que inspiró a Zavala para transcribirla al caso de Franco cuando poco después hizo su libro sobre Ramón Franco, cuyas páginas recupera para este. Lástima que su dominio de la bibliografía sea escaso. De lo contrario conocería los documentos desclasificados, documentos médicos de verdad, de hace un par de años sobre Hitler o habría leído el libro exitoso de Thomas Weber de 2012 desmintiendo el comportamiento heroico del futuro Führer en la IGM en el que indica que lo de la pérdida del testículo es falso. Pero no va a permitir Zavala que un riguroso estudio documental le arruine la película. Ya puesto podría haber comparado también a Franco con Napoleón, de quien también se dice que le faltaba un testículo -¡qué manía, cielos!-. O como gusta de lo paranormal recordar el valor de los hombres con un solo testículo que en la mitología artúrica guardan el secreto del camino al Santo Grial. Así que ya puestos, además de unas páginas sobre el brazo de Santa Teresa -otro clásico sobre el Generalísimo-, podía habernos dicho que el Caudillo era el guardián del cáliz de Cristo

FRANCO SUPERESTAR

El negocio del 40 aniversario.

Me hace gracia lo bien que hacen caja algunos a costa de don Francisco Franco. Ellos son los auténticos nostálgicos del franquismo; y que dure la nostalgia que no es malo para el bolsillo -se dicen-. Eso sí todos ellos, los Preston, Juliá, Casanova, Viñas y un no tan largo etcétera, llevan cuarenta años intentando convencer a los españoles, libro tras libro, de lo malo malísimo que era el sanguinario y cruel dictador Francisco Franco. Y, en algunos casos, están molestos porque en la guerra de papel pierden en ventas frente a lo que ellos ya llaman los “revisionistas”, cuando ellos son los únicos revisionistas. O como califica Viñas a los que no tienen su bendición, a los historiadores o investigadores que le contradicen y le amargan la vida, cumpliendo con su autoproclamado papel de Gran Censor: “historietógrafos” -antes su amigo Reig los llegó a llamar “tontilocos”-. Lo que a no pocos nos invita a decir aquello de “dime de qué presumes…”, preguntándonos si no son ellos los auténticos devotos de la historieta (historietas malas pues difícilmente llegan a la altura de Mortadelo y Filemón).

Franco es un negocio redondo, porque sigue apasionando a muchos leer sobre un periodo tan largo como trascendente de la historia reciente de España, y también tan enigmático. Y más negocio es cuando llega la fecha emblemática del 20 de Noviembre. Quien lo ponga en duda que se de una vueltecita por los estantes de las librerías o las portadas de periódicos y revistas en las próximas semanas. Vamos que Franco es para casi todos, por interés o por devoción, un superestar y los que más carrete le dan son precisamente los antifranquistas de oficio y de beneficio. Ellos han convertido a Franco en una auténtica estrella.

Francisco Franco falleció hace cuarenta años en un hospital de la Seguridad Social, no en una clínica privada. Seguridad Social fundada por él -aunque Pedro Sánchez probablemente también piense que la crearon los socialistas-. Así que llegada la fecha, agrandada por el guarismo conmemorativo, toca revival -perdón por el extranjerismo- editorial, periodístico y político -ya verán a Franco participar en la campaña electoral como insulto, claro está-. ¡Pero tranquilos están en Génova 13 porque hay consenso entre los historiadores a la hora de afirmar que no pertenecería al Partido Popular! Lo que no creo que le haya hecho mucha gracias a Viñas. Por no quedarse atrás en esta carrera, hasta el diario El Mundo nos lo ha resucitado -no tiene mérito, ya lo había hecho Vizcaíno Casas- y lo ha paseado con fotógrafos por las calles de Madrid sin que por cierto parezca que le hayan insultado.

Pío Moa, hace unos meses, ya daba unos cuantos soplamocos intelectuales, con su meritorio ensayo histórico sobre el franquismo, a los historiadores antifranquistas. Un más que recomendable texto que ha puesto de los nervios a los que no lo nombran en sus críticas o se refieren a él en tercera persona; hace unas semanas Luis Suárez Fernández publicaba una nueva obra clarificadora para desquiciamiento de los antifranquistas, pues el profesor Suárez es para ellos otra bestia negra. Frente a ello, como llegaba el 20N, tras el fracaso de un refrito anterior con poca fortuna de la mano de los revisionistas antifranquistas con título de profesores universitarios, Ángel Viñas nos obsequiaba con un libro que se aproxima mucho a la definición de panfleto tanto en el fondo como en la forma; donde, como perla de objetividad, nos indica que el asesinato de Calvo Sotelo no fue tal porque técnicamente se trataba de un homicidio. ¡Toma del frasco Carrasco!, que diría un castizo. Y después de eso casi mejor ahorrarse la lectura.

Faltaba a la cita el simpático Preston -él, yo y Franco tenemos en común que nos gustan las películas del Oeste-, quien al menos reconoce que es antifranquista -Viñas también aunque nos recuerde que para ser objetivo a la hora de hablar de Franco solo se puede ser, al menos, tan antifranquista como él-. Preston también olfatea el dinero -de tonto no tiene un pelo y sabe que cuenta con la publicidad gratis de quienes le consideran un tótem de la historia- y nos obsequia como conmemoración una nueva edición de su conocida biografía sobre Franco, con algunas aportaciones y novedades, según leo, para redondear su obra:

Primero, la demostración, pese a lo publicado y documentado, de que Franco no contribuyó a la protección de los judíos perseguidos a través de los representantes diplomáticos españoles en la Europa del Reich -supongo que no ha leído el último artículo del hijo del entonces ministro general Jordana-, porque ya se sabe que media docena de diplomáticos en legaciones distintas actúan del mismo modo por inspiración divina y no siguiendo instrucciones (seguro que a Preston también se le olvida la ayuda al Mossad en 1972 para sacar a 2000 judíos de Marruecos donde estaban bastante achuchados).

Segundo, nos dice que también va a poner sobre la mesa el antisionismo de Franco (ojito, Preston, porque ser antisionista no es ser antijudío; pero a Preston como a Viñas les gusta no decir toda la verdad), para ello retorcerá y recortará los discursos del Generalísimo a su gusto, olvidando, eso sí, que en 1948 fue el Estado de Israel el que no pidió el reconocimiento a España y que se negó a iniciar las relaciones diplomáticas pedidas por el régimen de Franco, aunque en los 50 el régimen prefiriera la amistad con los países árabes y apoyará la causa Palestina (ergo don Francisco era un progre de tomo y lomo por situarse en ese punto).

Tercero, lo anterior, no le parece bastante a Preston como reclamo y, entre otras perlas, naturalmente, pese a la demostración empírica de lo contrario, realizada por el investigador Moisés Domínguez, se suma a su amigo Viñas para sostener que Balmes fue asesinado por Franco o sus amigos -dejemos claro que Viñas no demostró nada más que sus prejuicios-. Luego están las perogrulladas habituales de la izquierda sobre la guerra y las ayudas externas (¡Ah, el amigo Viñas prescindiendo de datos a la hora de valorar las ayudas en el campo de la artillería como le ha recordado el experto en la materia Lucas Molina!) o teorizar sobre las cosas que escribía su primo Pacón en su diario para demostrarnos con ello las “tontunas” de Franco (como he escrito en alguna ocasión si lo tomamos al pie de la letra lo tomamos para todo y no solo para lo que conviene, que es lo que suelen hacer casi todos).

Eso sí, como Viñas, este a regañadientes, Preston tiene que reconocer que la corrupción ha ido a peor desde 1975 y que en ello han brillado las gentes de izquierda que pensaron que ahora les tocaba a ellos (bueno, esta parte del discurso de Preston dudo que la asuma Viñas). Pero lo que más me gusta de sus afirmaciones es eso de que los corruptos de la Dictadura quisieron seguir con sus privilegios. Lástima que el periodista de El Mundo no le preguntara por los nombres de esos corruptos, sería interesante la lista porque los políticos propiamente franquistas desaparecieron en meses y los que yo presupongo me parece que incrementaron exponencialmente su fortuna después de la muerte de don Francisco; pero ya se sabe que Franco tiene la culpa de todo por malacostumbrar a los españoles. Dejo a un lado las chorraditas sobre la corrupción en el franquismo (¡qué se lo digan a papá Pujol!), porque Preston y demás no quieren reconocer que si Franco estuvo cuarenta años en el poder sin rebelión alguna no fue por una represión inmisericorde (repase el historiador las cifras de población penal desde finales de los cuarenta), sino por un apoyo popular que lejos de disminuir fue incrementándose. Muestra de ello son los varios millones de españoles que le despidieron en noviembre de 1975 en todas las ciudades y pueblos de España. Ahí están las hemerotecas. Son esos apartados de la crónica que me parece se le habrá olvidado referir a don Pedro J. Ramírez, quien también se ha sumado al revival con una nueva versión de El año que murió Franco (libro que por cierto también ya había escrito antes Vizcaíno Casas).

Lo demás, lo de siempre en Preston. Quiere titulares, ir un poco más allá que sus conmilitones -dicho solo con afán descriptivo y no despectivo-: Franco fue el segundo en el podio de los dictadores más crueles de Europa, después de Hitler y por delante de Mussolini. ¿Por qué a estos izquierdistas británicos, y a no pocos de por aquí, se les suele olvidar que puestos a realizar podios el cajón más alto debiera ocuparlo un tal Stalin y como ideología el comunismo?

¡Ah! ¡Claro!, porque entonces a quien tacharían de fascista sería al propio Preston y hasta ahí llegaría la fama y la venta.

¿Por qué el autor y el editor en vez de titular el renovado libro de Preston con una bonita foto y la leyenda de “Franco. Caudillo de España” no lo rotulan, para que quede claro, “Franco. El dictador cruel y sanguinario”, y de subtítulo “la obra definitiva de un historiador antifranquista”?

¡Ah! ¡Claro!, porque entonces no iban a vender muchos ejemplares y, entre el antifranquismo y los euros, Preston y la editorial Debate prefieren los euros. Las cosas como son. Y más allá de todo lo dicho queda el interés evidente que existe en el público. Entre otras razones porque las versiones maniqueas que se facilitan sobre Francisco Franco no parece que acaben de convencer al personal. Lo que le da mucha rabia al señor Viñas.

RAPHAEL, una orquesta y una voz.

En un panorama musical marcado por el conservadurismo, por eludir el riesgo, por ser infinitamente comerciales, atreverse a ir contracorriente es toda una declaración de principios. La piratería, la banda ancha del todo gratis asumida como algo natural, el IVA cultural, ha obligado a los cantantes a volver al directo, a las largas giras, donde los trucos y arreglos de grabación no funcionan, o a refugiarse en los programas de televisión que generan la promoción necesaria para que el público acuda a los conciertos. Y cuando salen a la carretera se encuentran con quien siempre ha estado ahí: Raphael.

En los tiempos que corren ya es todo un atrevimiento –algo que tendremos que agradecerle– dejar a un lado la media docena de músicos que como mucho suelen acompañar a un solista para salir de gira con toda una Orquesta Sinfónica, unos setenta músicos. Algo que está al alcance de muy pocos. Dejar a un lado la clásica base de batería, metal, bajo y guitarras eléctricas, de teclados que lanzan los samples, no es fácil porque supone tener que cantar de otra forma…eso sí, para cualquiera menos para Raphael. Cantar con una orquesta sinfónica es actuar sin red, porque o bien el cantante acaba siendo un instrumento más, vencido en el tour de force que siempre se libra con ella, u obliga a los músicos a diluirse para que se le pueda escuchar. Pero Raphael está hecho de otra pasta.

Hace unas noches, pletórico de voz –una voz que el artista castiga sin piedad–, tuve la oportunidad –si pueden les aconsejo que no falten a la cita– de poder ver a Raphael, el de siempre pero ahora sinphónico, en la Plaza de Toros de Murcia, arropado por miles de personas. He escuchado/visto a Raphael muchas veces en el escenario, con la voz en las mejores condiciones imaginables y a medio gas, siempre impresionante, aún más cuando se enfrenta a las dificultades. Naturalmente ya conocía la grabación sinfónica de su último LP/CD (las dos cosas, porque Raphael también edita en vinilo) pero no es lo mismo el directo de una orquesta que escuchar, muchas veces de mala manera, un registro por muy digital que sea.

Pocos cantantes tienen un repertorio como el de Raphael apto para que una orquesta sinfónica pueda acometer esas piezas como pequeñas sinfonías. El repertorio de Manuel Alejandro y en ocasiones el de José Luis Perales lo permite, porque sus creaciones pueden transformarse en pequeñas sinfonías tardorrománticas de poco más de tres minutos con su gran base de cuerdas. Completa el círculo el modo de cantar de Raphael que es muy sinfónico, muy de movimientos, desde el Allegro moderato al Allegro con brío pasando por el Adagio, desde los piano a los forte, manteniendo esa fuerza escénica que le caracteriza a la vez que la modulación o la suavidad en los medios. Queda su potencia de voz, perfección en el fraseo –a Raphael se le entiende cada palabra sin problemas cuando canta– y la diversidad de registros (evidentemente ya no tiene aquellos falsetes de los dieciocho años, pero tampoco los necesita). Es también para la orquesta un lujo tocar con Raphael y no acompañar a Raphael, que es lo que hubieran tenido que hacer casi con cualquier otro cantante (solo se me ocurre hacer la excepción con Sinatra). El único problema para el director y la orquesta es ajustarse a los desplantes del cantante y sus paradiñas en la teatralización, pero hasta en eso Raphael es un profesional y controla perfectamente lo que algunos califican –en algo tienen que criticarle– como excesos. En vez de sus paseos, paradas y gestos amplios se funde con el micrófono como si fuera Edith Piaf. La orquesta con Raphael cantando puede ser poderosa, fuerte, rotunda, amplia, grandilocuente, porque puede hasta olvidarse de él –como hacía en muchas ocasiones Puccini al componer sus óperas–. La voz de un Raphael pletórico puede con setenta músicos tocando y por ello provocar el aplauso de los espectadores. Es un concierto de sonido limpio, equilibrado, envolvente. De esos que tienen momentos en los que retumba el cielo en la noche.

Solo habíamos escuchado a Raphael con orquesta en las viejas grabaciones de sus actuaciones en televisión, la orquesta está siempre en muchos de sus discos con un peso diferente, pero sus canciones brillan ahora de forma distinta en este sinphónico que esperamos tenga una segunda parte al menos en disco. Los arreglos de Fernando Velázquez sobre los temas de Manuel Alejandro y José Luis Perales, la dirección de Rubén Diez con la Orquesta Sinfónica de Málaga (perfecta) han dado otra patina a esos temas que solo pueden ser cantados por Raphael. Ese brillo especial que la música adquiere en los diálogos entre el cantante y la orquesta con el que nos obsequia en varias de sus creaciones. Diálogo que se ajusta como un guante de seda a la teatralización/interpretación que hace en cada canción; cómo este nos introducen en el drama, porque a pesar de las florituras de la voz de Raphael, la mayor parte de su repertorio más conocido conlleva gran parte de sufrimiento, de amores cortados de forma abrupta. ¡Qué momento mágico cuando la orquesta da los primeros compases de Cuanto tú no estás! Letra, música, voz y sonido se conjugan en esa desesperanza: “cuando tú no estás no siento nada”. La del amor quebrado por la muerte inesperada en juventud por dolorosa enfermedad. Y es que las canciones arregladas por Fernando Velázquez para su anterior disco suenan ahora maravillosas cuando se desprenden del sintetizador, la batería o las guitarras eléctricas. En carne viva o Qué sabe nadie reclaman eso, una orquesta. Hasta cuando teóricamente una sinfónica está en desventaja frente a la composición original es capaz de mejorarla musicalmente y dar a Raphael la oportunidad de brindarnos una recreación más impactante en temas tan comprometidos como Detenedla Ya o nos aclimate los ritmos en Mi gran noche o Estuve enamorado.

Pero las joyas son las joyas, o, mejor dicho, la música es la música. Esa maravilla musical y narrativa que es Desde aquel día. Esa cuerda romántica que se rompe para llevarnos casi a un vals en Qué tal te va sin mí, que Raphael canta con modulaciones e inflexiones. La orquestación rotunda de No, una antítesis al mismo nivel del conocido Don’t de Elvis, con el diálogo permanente con la orquesta, con esos arreglos casi de aria y esas cuerdas, con ese movimiento envolvente sobre un Raphael en increscendo constante con la entrada del viento. Raphael pide más orquestación y el director se la da mientras teatraliza casi sin moverse. El swing de Despertar al Amor con el juego entre la voz del cantante y la entrada de los instrumentos o todo el discurso musical de Te estoy queriendo tanto. Esa orquesta primaveral que nos invita casi a ver amanecer mientras escuchamos Si no estuvieras tú, una canción fundamentalmente optimista.

Con su actuación casi se podría escribir una biografía musical del artista español más importante, más permanente, porque parece haber rubricado con su voz el pacto entre Fausto y Mefistófeles. Todo está en sus canciones, su vida y sus modos. Soberbia la introducción de esa canción excelsa que es Yo soy aquel como arranque del concierto: Yo soy aquel y Yo sigo siendo aquel, Manuel Alejandro y José Luis Perales, son la declaración de principios de un cantante que lleva más de cincuenta años cantando al amor con ritmos distintos y que se empeñó en triunfar en el mundo cantando en español. Después están esas canciones que desgranan su periplo vital, canciones que merced a la orquesta alcanzan mayor dramatismo. Volveré a nacer, porque Raphael, aunque la vida con él siga en deuda, nunca se ha arrepentido de “pasar de la niñez a los asuntos, de pasar de la niñez a mi garganta”, de perder la adolescencia, de no poder perseguir a una muchacha hasta su casa; de la dureza y el sacrificio de una profesión en la que Un día más, “tras el aplauso llegará la soledad… en la distancia escucharé tu voz… que los niños han llegado un poco tarde… y que me quiere”. Un Gracias a la vida, que emotiva y desgarradoramente hace suyo en un solo con guitarra. El retador Qué sabe nadie, que es casi un bofetón al chisme y al gacetillero, a los que viven de la destrucción y no de la creación. Y esa composición de Bunbury (¡qué bien le sienta también la orquesta!), Ahora, que todo el público comprende, recordándonos que “ha decidido aplazar el final” al que parecía sentenciado hace unos años por su enfermedad, y que lo que le queda es “una canción, un teatro y a ti”. Pues Raphael, más allá de los escenarios, es un hombre de familia, enamorado de la misma mujer cuya relación se asoma en el fondo de muchas canciones como Solo te tengo a ti: “eternamente tuyo… solo te tengo a ti y todo lo demás son cosas de la vida… tu alma es parte de la mía… que a veces con mis cosas olvido darte un beso, y entre ausencia y ausencia se nos escapa el tiempo”.

Pero, no era suficiente. Dos horas cantando y aún es capaz de dejar que la orquesta nos de los primeros inconfundibles toques de una de las arias de óperas más famosas del mundo, el emblema de Enrique Caruso, Vesti la giubba de Pagliacci de Leoncavallo, que el malogrado Waldo de los Ríos orquestara para Raphael. Impresionante en la escena, pletórico de voz, capaz de dejar en silencio una Plaza de Toros, porque él, como el faraón de Camas, es el maestro. Lo que hubiera dado por escucharle con esta magnífica orquesta malagueña Ave María o Cierro mis ojos. Impagable Raphael porque si hace décadas, en sus comienzos, se empeñó en dignificar en España su profesión, entonces encerrada en el estrecho margen del cantante para bailes al que pocos hacían caso, abriendo los conciertos para este tipo de música, hoy vuelve a sentar plaza con toda una sinfónica para recordarnos que, además de ser un intérprete, es también un gran músico.

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