Francisco Torres García

La estantería del historiador

Categoría: División Azul Página 3 de 7

HASTA EL CIELO, DON CÉSAR

Reconozco que se me hace muy duro despedirme hasta la eternidad de viejos amigos, de los que, pese a la distancia, hemos permanecido unidos por ese lazo indisoluble e imperceptible de la camaradería, ese espacio donde los títulos y la edad se difuminan; de aquellas personas que de un modo u otro han tenido algún papel en mi vida. Siempre crees que nunca va a llegar este momento, que somos casi eternos.

Hace unas semanas un correo de Rafa, su hijo, me advertía de la difícil situación de su padre pese a que había salido de una nueva operación. Hoy don César, nunca me acostumbré a llamarle de otro modo, nos ha dejado y somos todos un poco sus huérfanos. Sin su obra, silenciosa y a veces silenciada, probablemente algunos hubiéramos dejado la trinchera de la lucha por la verdad, pero él era un ejemplo y un acicate.

La última vez que hablé con él fue hace unos dos años. Ya la enfermedad había hecho presa en él, muchos de nosotros probablemente sólo éramos ya ráfagas del recuerdo. En mi archivo guardó varias de sus cartas, las más antiguas, de cuando empecé mi carrera como historiador. Debió ser allá por el año 1985 ó 1986 cuando le conocí. Don César se había vuelto a alistar en la División Azul, aunque siempre había pertenecido a la Hermandad. Como si fuera el mismo recluta falangista de aquel cuartel militar donde se sumó a la que sin duda fue la mayor aventura de su vida para formar en la 14ª Compañía del mítico y laureado Regimiento 269. He buscado inútilmente una foto que me dio en la que aparece junto con otros voluntarios en Sevilla, dispuestos para partir para ilustrar estas notas, pero no sé dónde para. En mi recuerdo eran casi la misma persona, como si el tiempo le hubiera retenido ahí.

Cuando le conocí había vuelto a ser divisionario de primera línea porque no quería que la historia de sus camaradas cayera en el olvido. En realidad nos habíamos visto un par de días antes en el Servicio Histórico Militar, entonces en Madrid, en unas rudimentarias mesitas. Allí estaba don César que con mil y una triquiñuelas, con mil y un favores, y con mil y una ayuda había conseguido que le fueran subiendo papeles que prácticamente nadie había hurgado desde el retorno de Rusia. Estaba obsesionado con la localización de los nombres de todos y cada uno de los caídos de la División y empeñado en que sus restos volvieran a España. Don César recorría los archivos militares y administrativos, fotocopiaba sin descanso para rehacer el archivo de la División Azul, para poder documentar la historia de unos hombres olvidados. Ese era su compromiso.

Creo que nos caímos bien desde el principio. No era sencillo. Hablo de los años ochenta con el socialismo en el poder y la desconfianza a flor de piel a la que se añadían las muchas rencillas entre quienes teóricamente compartían un mismo credo. Don César al igual que Luis Nieto desde el principio ayudaron a este jovencito que venía de provincias porque se le había ocurrido hacer su tesina de licenciatura sobre los voluntarios murcianos, lo que en aquellos años era desde luego una ocurrencia. Hasta me invitó a cenar en su casa y conocí a su hijo Rafa al que desde entonces me une una profunda aunque lejana amistad. Pero no sólo eso, don César estaba empeñado –sus empeños eran continuos- en rehacer las Hermandades, en volver a alistar a los divisionarios de provincias, en dar un nuevo impulso. Recuerdo que conseguimos que en una de las primeras Semanas de Cine Español que se organizaban en Murcia se proyectara un documental de la División Azul. Don César vino a presentarlo y después tuvo una reunión con los universitarios en un Colegio Mayor. Eran sus primeras intervenciones públicas. Allí en un salón, sorprendentemente, se encontraron los viejos camaradas; hombres en algún caso impedidos pero con el mismo espíritu. No pudo evitar emocionarse cuando desgranando la historia de los caídos sin historia dejó constancia de la falsedad de un divisionario que por tener papeles en el cine afirmaba que allí sólo fueron a jugar a las cartas. He visto a muchos divisionarios emocionarse y dejar asomar las lágrimas de indignación ante el menosprecio al sacrificio de sus camaradas.

Mi agradecimiento imperecedero a don César necesitaría páginas y páginas. Cualquier cosa que le pidieras te la facilitaba: “¡Toma, llévatelo y cuando lo termines me lo mandas!”. Era generoso y desprendido porque lo importante era difundir la historia de la División y no quién lo hiciera. Es una lección que algunos hemos interiorizado.

Al hilo de estas líneas rememoro el contacto frecuente que tuvimos durante cerca de dos años. Cuando se enteró de que preparaba un coleccionable para el 50 Aniversario de la División Azul me llamó. Andaba entonces empeñado en recuperar las fotos divisionarias. No reparó en el dinero que aquello le suponía. Todavía no existían los escáner y los ordenadores personales no estaban a la orden del día. Yo con mi máquina de escribir tenía que hacer los capítulos y enviarlos a la editorial y a don César. Él los leía y buscaba las fotografías más apropiadas para cada capítulo. Don César siempre fue la exactitud y le exasperaban las publicaciones en las que este aspecto fundamental no se  cuidaba. Sé, porque luego me lo contaban, que semana a semana se iba a la editorial con sus fotos para pasarlas a los fotolitos y que todo saliera perfecto. Él quería publicar un gran libro de fotografías pero entonces los tiempos no estaban para ello.

Junto con un puñado de divisionarios dio vida a la Fundación. Ésta debía de ser el gran legado colectivo. Aún guardo el título de miembro honorífico de la misma y la medalla que me entregaron. En uno de mis viajes visité con él las obras que estaban llegando a su fin de los nuevos locales y del museo. Era un gran proyecto. Si no recuerdo mal en dos ocasiones don César me llamó para que diera una conferencia en aquellos locales. Una fue sobre los prisioneros y allí estuve teniendo en frente a los protagonistas de lo que yo estaba contando. Don César se había convertido en una pieza esencial de aquel proyecto. Cuando alguien quería investigar sobre la División le remitíamos a él. Ignoro cuántos trabajos han visto la luz merced a ese empeño. De su labor como historiador queda un sinnúmero de trabajos publicados en el boletín Blau División.

No sería justo conmigo mismo sin dejar constancia de los sinsabores, del dolor y de la incomprensión porque una parte de su obra se quedó en el camino cuando, incomprensiblemente para algunos, se decidió ceder aquel impresionante museo, lleno de recuerdos de divisionarios, al Ministerio de Defensa para que duerma el sueño de los justos en los almacenes del silencio; cuando parte de aquel enorme esfuerzo de documentación ande en parte en paradero desconocido. Él tenía suficiente con haber cumplido con el deber que se había autoimpuesto. Con haber contribuido a conmemorar con todos los honores el 50 Aniversario de la salida de la División Azul en antiguo cuartel del infante don Juan; con haber contribuido a que por fin los caídos de la División Azul pudieran volver o encontrar un lugar digno donde aguardar la eternidad; con haber hecho realidad el sueño de que en el cementerio de la Almudena los caídos de la División Azul tengan un monumento. Cosas de las que tantas veces me habló don César. Sin embargo, pese a pequeños detalles de su alistamiento, nunca conseguí que me contara sus andanza por el frente, para él eran cosas sin importancia.

Ahora, César Ibáñez Cagna, se nos ha ido. En nosotros queda la imagen de aquel caballero alto y delgado que siempre fue. Allá, en lo alto, habrá sido recibido por sus camaradas y, con seguridad, el “mejor” le habrá otorgado la Palma de Plata que sin duda se merecía. Yo me quedo con el sentido abrazo que cada año me daba cuando yo intervenía los veinte de noviembre en la Plaza de Oriente.

70 Aniversario de la última gran victoria del ejército español.

El historiador Robert M. Citino ha descrito en un libro imprescindible lo que fue el inicio de la muerte de la Wehrmacht, la maquinaría bélica ofensiva más perfecta del siglo XX, a lo largo del otoño de 1942, aunque probablemente debiera retrasarse tal realidad hasta el verano de 1943. Cierto es que contemplados los hechos desde el presente algunas de las decisiones estratégicas tomadas por Hitler y el OKW alemán entre el verano y el otoño de 1942 prefiguraron ese posible desenlace, pero no es menos cierto que la historia bien pudiera haber concluido de otra forma.

La derrota alemana en el Alamein y la puesta en marcha por parte de los soviéticos de la Operación Urano (14 octubre-12 diciembre 1942), la gran contraofensiva desatada por el Ejército Rojo en el Don y el cerco del 6º Ejército alemán en Stalingrado, que resistiría hasta su rendición en febrero de 1943, abrió el proceso de inversión del signo de la guerra. En poco más de dos meses los soviéticos llegarían a Rostow y Jarkov, pero hasta ahí.

En realidad la suerte de la Segunda Guerra Mundial en Europa se decidió en los meses que transcurrieron desde la liberación de Stalingrado (febrero 1943) a la batalla de Kursk (julio 1943). En ello jugaría un papel fundamental la transformación experimentada por el Ejército Rojo fielmente retratada por Catherine Merridale: nuevos y competentes jefes militares, instrucción de la tropa, mejora en los planteamientos tácticos, incremento de la producción de armas, ahorro de vidas, nuevos uniformes, profesionalidad, honor y una nueva moral de combate. La consecuencia fue que en esos meses se produjo la irrupción de la maquinaría militar que iba a derrotar a la Wehrmacht.

En el invierno de 1942-1943 el Ejército Rojo subestimó la capacidad de recuperación y resistencia de la Wehrmacht. Junto con Urano los soviéticos desencadenaron una sucesión de ofensivas (Marte y Júpiter -ambas frustradas-, Saturno -disminuida en su planteamiento inicial-, Koltso e Iskra) cuyo objetivo era destruir al ejército alemán y sentenciar la guerra, pero pese a sus enormes reservas  y a la continua afluencia de material y unidades a los frentes, pese a la victoria en el Sur con el cerco de Stalingrado y la retirada de la línea alemana unos 250 kilómetros, los alemanes consiguieron desbaratar la Operación Marte cuyo triunfo hubiera permitido a los rusos enlazar sus ofensivas y embolsar al Grupo de Ejércitos Centro. Por otra parte, en el Frente Norte fueron capaces de infringir una severa derrota táctica a los soviéticos en la que la División Azul, la unidad española enviada al frente ruso a combatir al comunismo integrada en la Wehrmacht, desempeñó un papel fundamental. En aquel choque de titanes que se prolongó prácticamente hasta marzo de 1943 ambos ejércitos consumieron todas sus reservas, pero la capacidad de recuperación de cara a las ofensivas de primavera-verano de aquel año se reveló mucho mayor en el caso del Ejército Rojo mientras la Wehrmacht tuvo que variar su planteamiento bélico hacia la guerra defensiva.

La División Azul se había integrado perfectamente en la maquinaria militar germana demostrado, tanto en las operaciones en el Voljov en el invierno del cuarenta y uno como en su participación en las acciones de la Bolsa en la primavera siguiente, su capacidad de combate. A finales de agosto de 1942 los españoles entraban en línea entre Alexandrovka y el río Ishora frente a la ciudad de Leningrado, en una posición central, en el eje de asalto a la ciudad, para participar en la ofensiva que iba a dirigir el mejor de los generales alemanes en aquel teatro de operaciones, el mariscal de campo Erich von Manstein; lo que demuestra el valor y la confianza que se confería a la unidad española. La contraofensiva soviética de aquel otoño obligó a los alemanes a desechar la ofensiva y el propio von Manstein indicó a Muñoz Grandes que procediera a fortificarse.

En diciembre asumía el mando de la División el general Emilio Esteban Infantes, aunque llevaba actuando como segundo jefe de la unidad desde el mes de agosto. El nuevo jefe de la 250 División era un táctico competente que había asumido los planteamientos de lo que en la doctrina táctica del Ejército Nacional dirigido por Francisco Franco se había convertido en una noción clave: la batalla defensiva. En este sentido el general Esteban Infantes tenía la experiencia de haber participado en las batallas de Teruel y Brunete, lo que le permitía conocer los errores básicos en este tipo de planteamiento que el propio Franco había subrayado en su obra ABC de la batalla defensiva. Aportación a la doctrina.

Con sus 14.000/16.000 hombres la División Azul se había convertido en la unidad de infantería más poderosa del sector. Por ello, el mando del 18º Ejército la exprimió para obtener fuerzas complementarias ante la presión soviética: así el II Batallón del 269, que se cubrió de gloria, fue enviado a combatir a la tercera  batalla por los altos de Sinyavino -olvidados y cruciales combates cruciales cuya importancia está subrayando el profesor Carlos Caballero en la historiografía española- en la que los soviéticos, tras lanzar al combate 300.000 hombres, obtuvieron una importante victoria táctica al abrir un pequeño pasillo de diez kilómetros de ancho que suponía el inicio del fin del cerco de Leningrado, pero la línea férrea tendida por el mismo para abastecer la ciudad estaba batida por la artillería pesada germana. La moral de victoria, el deseo de Stalin de liberar la ciudad y de conseguir una segunda gran derrota alemana, se sobrepuso al enorme desgaste sufrido por el Ejército Rojo en los altos de Sinyavino, por lo que se planificó una segunda y ambiciosa operación, Estrella Polar. Como anota uno de los expertos en la guerra en el Frente Oriental, Chris Bellamy, la decisión del Stavka de encargar a los mariscales Zhúkov y Timoshenko la planificación revela la importancia que se le daba.

El planteamiento soviético era muy similar al de las demás operaciones de esa época: se trataba de embolsar concéntricamente a las fuerzas enemigas del 18º Ejército para destruirlas. El primer ataque partiendo al unísono desde Leningrado y la zona de Mga-Sinyavino cercaría a las unidades germanas situadas ante la ciudad; el segundo, penetraría más al sur entre Novgorod y Cholm para cercar a parte del 16º Ejército. Así se conseguiría acabar con el cerco de Leningrado y llevar a las fuerzas soviéticas hasta Pskov asumiendo el control del golfo de Finlandia. Si el Ejército Rojo alcanzaba sus objetivos qué duda cabe que el golpe sería durísimo para el ejército alemán. La Operación Estrella Polar tendría que ponerse en marcha el diez de febrero de 1943.

Una de las consecuencias de la derrota táctica en Sinyavino fue que la División Azul tuvo que ampliar sus líneas hasta la línea férrea situada más allá del pueblecito de Krasny Bor. Ello supuso que el sector más débil del despliegue español se encontró situado en el punto lógico de ruptura de la ofensiva soviética que debía partir desde la ciudad de Leningrado. Dada la longitud de línea los españoles, pese a la potencia numérica de la División, se quedaron sin reservas tácticas.

Vista la batalla que se iba a desarrollar desde sus resultados parece evidente que los soviéticos carecían de grandes reservas para alimentar sus ambiciosos planes y que confiaban en el poder de fuego como factor de desequilibrio para abrir brecha y asegurar un rápido avance; pero, como anota Carlos Caballero si su artillería era magnífica sus artilleros no lo eran tanto. Lo que quedó confirmado a lo largo del diez de febrero.

Tanto el general Esteban Infantes como el mando alemán procuraron reforzar el sector. Si la División Azul se hundía y los soviéticos conseguían abrir una brecha lo suficientemente amplia como para impedir que el mando alemán embolsara a su vez a los atacantes, la Operación Estrella Polar podría progresar. Observando el terreno, que tuve la oportunidad de visitar, sobre el que se va a producir la acción, ante los españoles en forma diagonal sobre la línea del ferrocarril se abría una gran pradera sin masas boscosas que podía permitir a los soviéticos avanzar rápidamente arrollando tanto a la unidad española como a su vecina la 4ª SS y correr paralelamente a los bosques de Sablino hacia Mishkino para enlazar en la zona de Mga con el 54 Ejército Soviético. Pero, la División Azul no se hundió y pese a su inferioridad, como subraya Bellamy, resistió y, como anota Beevor, “contribuyó enormemente al fracaso de la ofensiva soviética”.

El general Salvador Fontenla subraya que la acción de los españoles en Krasny Bor debe considerarse una “victoria heroica”, que, como ya en 2003 subrayaba Carlos Caballero, frustró en gran medida la ambiciosa Estrella Polar. Cierto es que la línea española ante Krasny Bor cedió entre tres y cuatro kilómetros, pero en ese pequeño espacio el avance soviético quedó empantanado perdiendo en los combates un tercio de sus hombres. Cuando en la tarde-noche del diez de febrero las unidades que aún resistían salieron de línea para que se hiciera cargo del subsector la 212.ª División de Infantería los alemanes habían podido llevar a la zona las reservas suficientes para acabar con el avance soviético en el sector. Los españoles volvían a guarnecer su sector original apostados a las orillas del Ishora y volvieron a aguantar los ataques rusos entre el once y el quince de febrero.

Es de sobra conocido que el ataque soviético se realizó con una superioridad de fuego (95.000 proyectiles fueron lanzados sobre la División Azul) aplastante y con una masa de maniobra en proporción de 7/8 hombres a uno; además los soviéticos dispusieron de 40/80 carros T-26, T-34 y KV-1 frente a los que los antitanques divisionarios poco o nada podían hacer. Sin embargo, como años atrás había escrito el propio Franco: “si la acción de una masa de tanques aparece como impresionante por su potencia y efectos morales, sin embargo, esa acción, temible ante una fuerza desmoralizada, cambia totalmente ante una Infantería bien dotada y con elevada moral”. Y, aunque carecían de armas eficaces, en Krasny Bor sobró el valor personal  para contenerlos (como el del soldado Ponte Anido que obtuvo por ello la Cruz Laureada de San Fernando). A pesar de ello la pregunta que debemos hacernos es: ¿ante tal superioridad cómo es posible que resistieran?

Además del juego de las circunstancias que se da en todo combate (falta de adecuada utilización de la artillería soviética, conversión del terreno en un barrizal que dificultaba el avance enemigo, error táctico al empeñarse en destruir los núcleos de resistencia…), el general Fontenla destaca entre las razones que explican la victoria defensiva de Krasny Bor la “voluntad de vencer” de los españoles y el mantenimiento, pese al castigo artillero, de la capacidad de combate de las unidades que se transformó en resistencia heroica -¡hasta el final, hasta agotar la munición!- una vez iniciada la batalla.

Ahora bien, lo que permitió ese triunfo fue, sin duda, la aplicación de la Doctrina de la batalla defensiva de los españoles. Un análisis detenido, que excedería los límites de este trabajo, nos indicaría que el general Esteban Infantes y sus jefes y oficiales consiguieron, con las correcciones que hicieron a las posiciones alemanas heredadas, optimizar al máximo sus armas y aprovechar el terreno. En muchos lugares la disposición de las compañías (por ejemplo en las de Oroquieta, Arozarena, Campos y Aramburu) mejoraba la defensa y la capacidad de repliegue por lo ondulado del terreno o permitía batir el avance enemigo formando una triangulación mejorando el sistema de fuegos (Huidobro, Palacios, Iglesias); además todos los oficiales, siguiendo el reglamento táctico, dispusieron sus ametralladoras para obtener el máximo rendimiento tanto desde la posición propia como de la distancia entre las posiciones, minimizando errores que también se produjeron. Todo ello causó enormes pérdidas a la infantería contraria minando su moral de combate. Finalmente, pese a la falta de efectivos, sobre Krasny Bor las unidades se distribuyeron en profundidad (los españoles formaban tres líneas) creando una zona de resistencia que permitió recuperar hombres y lanzar contraataques locales. Todo ello potenció un elemento clave en la batalla defensiva, el factor psicológico. Es imposible que la “voluntad de vencer” que demostraron los divisionarios se hubiera dado, teniendo en cuenta el enorme castigo recibido en la primera fase de la batalla, sin la alta moral de combate que prestaba el hecho de que se trataba de tropas voluntarias con una vertebración ideológica nucleada en los voluntarios falangistas, sin la cohesión de las unidades y sin la existencia de una más que demostrada capacidad de liderazgo ejercida por los oficiales impulsando el heroísmo individual y colectivo.

En su empeño por detener a los soviéticos los españoles perdieron algo más de un tercio de los efectivos comprometidos en los combates: algo más de 1.200 muertos y desaparecidos y sobre un millar de heridos a los que habría que sumar varios centenares de enfermos derivados de los combates. Tal y como ha analizado Carlos Caballero los oficiales pagaron un alto precio ya que el 25% cayó en combate (el 47% de los capitanes). De muchas de las heroicidades de aquel día no quedó testimonio y la mayor parte de los caídos aún permanecen en ignoradas fosas comunes en un campo de batalla que aún no ha sido abierto y sigue siendo una zona peligrosa por la cantidad de proyectiles intactos que aún guarda aquella tierra.

Quienes se han acercado a la realidad de la batalla están de acuerdo a la hora de reseñar la insuficiencia en las recompensas concedidas, pálido espejo del heroísmo de la jornada. A pesar de ello los vencedores de Krasny Bor obtuvieron tres Laureadas de San Fernando (Palacios, Huidobro y Ponte Anido) y once Medallas Militares individuales (Oroquieta, Altura, Rosaleny; Molero, Castillo, Moreno, Cavero, Salamanca, Pestaña y Rodríguez); pero fueron muchas las denegadas o no cursadas. Un ejemplo, el capitán Jesús María Andújar no pudo recibir la Medalla Militar porque ya tenía dos. Y los partes de las unidades publicados por el general Fontenla revelan el valor de aquellos combatientes pues son increíbles las relaciones de distinguidos y muy distinguidos en los combates. Ellos, en definitiva, con sus armas y su valor frenaron a los rusos y empantanaron la ofensiva.

Tal y como ha pedido Pablo Sagarra los combates de Krasny Bor debieran justificar, setenta años después, la concesión de una condecoración colectiva para la División Azul. Una unidad que consiguió la última gran victoria del ejército español.

UNA MIRADA CRÍTICA SOBRE LOS QUE MIRAN CRÍTICAMENTE LA HISTORIA DE LA DIVISIÓN AZUL

La revista Cuadernos de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid, en su volumen 34, dedica centenar y medio de páginas a lo que pretende ser una “mirada crítica” sobre la División Azul. En realidad, el conjunto desigual de artículos incluidos, firmados por José Luis Rodríguez Jiménez, Xosé María Nuñez Seixas, Xavier Moreno Juliá, David Alegre Lorenz y Jorge Martínez Reverte, no es más que la trascripción de alguna de las ponencias presentadas a un mini-congreso universitario, de escasa trascendencia y menor resonancia, bastante huérfano de público según algún conocido de quien firma estas líneas que asistió pacientemente al mismo, realizado en la Universidad de Tarragona. Un encuentro casi “semiclandestino” que evitó así tanto el debate como la presencia contestataria de quienes tienen una visión y una perspectiva muy distante, y a tenor de lo leído mucho más científica, de lo que en realidad fue la División Azul. Un encuentro que quedó acomplejado frente a la sombra del Congreso celebrado con motivo del mismo aniversario en la Universidad San Pablo-CEU de Madrid.

Nos anuncia el historiador Joan María Thomas que, con estos trabajos, por fin recibe “la División Azul desde la historia una mirada crítica, porque la Historia si no es crítica no es”. Lástima que Thomas no haya aplicado esa misma mirada crítica a los trabajos que prologa y se entretenga en lanzar descalificaciones a esos otros encuentros en los que no se analiza críticamente, por ejemplo, la “literatura divisionaria” o que huyeron de ofrecer “reinterpretaciones de la Historia de la Azul a la luz de los más que evidentes progresos de la historiografía española y extranjera sobre el Régimen de Franco durante la Segunda Guerra Mundial, su política interior y sus relaciones exteriores –diplomáticas, militares, económicas, culturales o políticas en general–”. Lo que me lleva a preguntarme si Thomas conoce el contenido de esos encuentros. Cierto es que Nuñez Seixas y David Alegre ponen todo su empeño en presentarnos esa otra visión sobre la División Azul, mientras que Rodríguez Jiménez y Martínez Reverte se contentan con repetir lo escrito anteriormente, pero en conjunto el resultado es científicamente decepcionante, aproximándose en algún párrafo más al panfleto, envuelto un lenguaje de sociólogo y antropólogo de salón, que a la ecuanimidad del historiador realmente independiente. Todo ello, eso sí, orlado en algunos casos con sonoros títulos que acaban decepcionando y que más parecen pensados para poder dar realce al currículo que para resumir esas pretendidas nuevas aportaciones trascendentales para la historiografía. Así pues, en este marco, cuando se concluye la lectura se obtiene la imagen de una División Azul de escasa importancia bélica en el frente ruso, menos particularista de lo que se ha dicho, que, en mayor o menor medida, formó parte del proyecto nazi de Europa contribuyendo a su posible victoria, formada en parte significativa por combatientes fascistas de precario equilibrio psíquico, por hombres que en menor escala que otros también compartieron las brutalidades de aquel frente pero que han disfrutado hasta hoy de una leyenda favorable que es preciso revisar.

Excede con mucho el límite de un artículo la revisión crítica de este conjunto disjunto de artículos. Ahora bien, bastarían al lector una serie de comentarios al hilo de lo planteado por estos autores para evaluar la trascendencia de este pretendido nuevo discurso sobre la División Azul.

No me resisto a comenzar por el texto de Jorge Martínez Reverte quien, bajo el título de “Por qué fueron a Rusia”, se limita a tomar prestadas unas cuantas páginas de su lamentable, deficitario y acientífico libro, harto alejado de la historia, a las que quitar unos párrafos hasta cuadrar el número de palabras necesarias para cubrir el expediente. Y la tesis de Martínez Reverte puede ser cualquier cosa menos crítica y novedosa. En su descargo cabría argumentar que Martínez Reverte no es un historiador y que, desde luego, revisando su trabajo, difícilmente se puede afirmar que conozca esos progresos de la historiografía española y extranjera a la que alude como suprema legitimación científica de estas aportaciones Thomas.

Detengámonos ahora en la colaboración de Alegre Lorenz de la Universidad Autónoma de Barcelona y su pretencioso texto “Coser y desgarrar, conservar y arrojar. Visiones del enemigo y estrategias de supervivencia psíquica en la División Azul”. Alegre, se ha inspirado en un par de textos, los trabajos de Theweleit y Littell, para presentarnos sociológica, psicológica y antropológicamente el perfil del “combatiente fascista” que es el divisionario, que como tal muestra una “extrema brutalidad en el combate”, mantiene “políticas de ocupación marcadas por los excesos” y como fascista padece un “precario equilibrio psíquico” en el que el miedo y los sentimientos pueden llevarle a la perdición al perder así la “armadura física del fascista”. No le era necesaria a Alegre la lectura de los dos trabajos anteriormente citados, a cualquier niño que haya visto Star Wars le sonaría aquello a una reinterpretación de lo de que la “ira y el miedo conducen al reverso tenebroso de la fuerza”. No sé si es que Alegre quiere hacer honor a su apellido, pero ni es serio ni es científico que alguien, disfrazando la falta de estudio con la intertextualización de unas pocas citas teóricas, pretenda hacer un análisis sociológico o antropológico sobre los divisionarios a partir de sus textos en base al análisis parcial, desenfocado, obviando el lícito recurso literario de un relato de guerra que por fuerza contiene posiciones extremas, de las memorias de un solo divisionario, José María Sánchez Diana, ¡ Uno solo! Y, o una de dos, o David Alegre desconoce los relatos existentes -que evidentemente piensa evaluar abstrayéndose de toda coordenada de género- o, simplemente, manipula la realidad. Una pena que Thomas, cuando nos prometía la revisión crítica de las memorias de los divisionarios, que ha hecho con notorio desenfoque Nuñez Seixas, no nos advirtiera que en algún caso sería la revisión de las memorias de un único divisionario.

Abundantes son las perlas que se pueden leer esbozando una sonrisa en el texto de Alegre. Lástima, por ejemplo, que pese a su sesuda disertación sobre la identificación de Rusia con el comunismo y con el enemigo, a su peregrina teorización sobre las palabras de Serrano Suñer, ignore u olvide que, por ejemplo, las memorias de otro divisionario se titulaban, curiosamente, “Rusia no es culpable”. Su análisis sobre las estrofas del Cara al Sol o del Himno de la División Azul es de un candor admirable al ilustrarnos sobre el sentido del recurso a la palabra cielo como “necesidad primordial del fascista dirigida a recuperar el dosel sagrado”. Y así nos va desgranando sus peculiares teorías sobre la “agorafobia que el fascista siente ante lo desconocido” o sobre “la retaguardia como espacio de disolución” porque el “fascista tiene miedo de sí mismo”.

Dejando a los divisionarios caracterizados como “combatientes fascistas”, aunque en el orden de los textos este es el último cerrando así el círculo de la mirada crítica, entra en liza otro pretendido teórico, Nuñez Seixas dispuesto a poner en su sitio la “leyenda tan favorable” que han tejido los divisionarios -a ello lleva dedicados algunos artículos con notorios desenfoques-  dejando como premisa, en un texto que lleva por título “La Cruzada europea contra el bolchevismo: Mito y realidad”, que la importancia estratégica de la División Azul fue “casi irrelevante” y que estuvo dedicada a “labores defensivas en un frente estático”. Y eso lo dice alguien que debiera conocer, ya que ha sido un divulgador de las aportaciones no editadas en España sobre el conflicto germano-soviético, el valor de los combates librados en torno a Leningrado; de la pugna de carneros que entre el otoño de 1941 y los primeros meses de 1944 se libró en ese frente estático que se cobró centenares de miles de vidas en ofensivas y contraofensivas.

Dejo a un lado el mito y la realidad de la cruzada europea, porque una cosa, en lo que no entra Nuñez Seixas, es la propaganda y los objetivos del Tercer Reich y otra lo que llevó a combatir a anticomunistas de muchos países en el Frente Este y especialmente a los españoles. Me asombran las contradicciones de Nuñez Seixas que además es capaz de ponerlas por escrito, como si quisiera ponerse al mismo tiempo la herida y la venda. No es de recibo, por ejemplo, que primero nos diga que la División Azul no tuvo esa aureola de bajas que le da el tinte heroico, porque estuvieron por debajo de la media alemana (olvida que no sólo debe computar los muertos sino también los heridos y congelados que son las bajas reales) y después apunte que no es menos cierto que las bajas alemanas fueron más altas porque estuvieron combatiendo más tiempo y sobre todo porque fue a partir de 1944 cuando el Ejército Rojo causó bajas de verdad a la Wehrmacht pero los españoles ya no estaban allí. ¿En qué quedamos?

Nuñez está obsesionado, esa es mi opinión, con trasladar la particular guerra de los historiadores alemanes a España. Anda empeñado en demostrar que al igual que no existió la limpia Wehrmacht la actuación divisionaria no fue tan limpia y la unidad española, aun dentro de su singularidad, fue menos particular de lo que parece; fue menos brutal porque tuvo menos oportunidades para ello. Para Nuñez lo que de verdad preocupa para situar a la División Azul en sus justos términos es contestar a preguntas del siguiente tipo: “¿Qué ocurrió con los judíos: vieron o percibieron algo los soldados españoles del proceso de persecución que llevó a su exterminio? ¿Cuál fue el trato otorgado a la población civil? ¿En qué medida pudo la DA ser corresponsable, copartícipe o simple bystander de lo que era una guerra de exterminio diseñada y ejecutada por el Alto Mando de la Wehrmacht? ¿Cuál fue la experiencia de guerra de los divisionarios, y cuáles sus rasgos específicos, si los hubo, al respecto? ¿En qué medida la DA fue una excepción dentro del amplio panorama de las fuerzas invasoras en el frente del Este? No se trata de debatir acerca de su “honor” o de su ejecutoria bélica desde presupuestos normativos, sino de historizar en términos comparativos y necesariamente transnacionales la experiencia de la DA en su marco europeo”. Y así, de un plumazo, Nuñez se refiere a esos otros historiadores que como Negreira, Caballero, Sagarra o quien suscribe mantenemos posiciones críticas con respecto a Nuñez o Rodríguez Jiménez.

Interesa mucho a Nuñez, además de otros temas, precisar: “a) las actitudes hacia la población judía; b) la brutalización de sus condiciones de combate; c) la imagen del enemigo y su evolución, y c) el trato hacia la población civil rusa y los prisioneros del ejército soviético”. Nos dice Nuñez que los españoles no realizaron actos de protección a los judíos, pero no es ese el testimonio de los judíos de Grodno, los únicos con los que realmente tuvieron contacto; nos habla, como Reverte, de los judíos que estaban en los hospitales, pero existen decenas de testimonios de la actuación de los españoles con respecto a ellos. Y, naturalmente, busca sembrar la duda al escribir que “no hay constancia de su participación en matanzas”, pero que en todo caso “pudieron ser testigos” y prefirieron mirar para otro lado. Una muestra clara de la objetividad en el manejo de las fuentes.

En ocasiones tengo la impresión de que Nuñez no llega ni a darse cuenta de lo que escribe. Disiento de su aseveración de que la lucha guerrillera o partisana no fuera importante en el sector divisionario y en la zona de Leningrado; pero es curioso que no repare en lo que significa que los alemanes no encargaran a los españoles actividades antipartisanas porque no confiaban en ellos. Y supongo que no confiaban en su eficacia porque difícilmente utilizarían la represalia y otros medios similares. Llega el dislate y la manipulación a extremos difícilmente comprensibles -¡hasta qué punto puede la servidumbre ideológica torcer la objetividad del historiador!- cuando nos comenta que “los indicios indirectos también sugieren que la orden de los comisarios (que suponía su ejecución inmediata) fue cumplida por la DA de modo similar al conjunto de las unidades del Eje”. Como demostración de la evidencia indirecta nos refiere una instrucción del mando divisionario del verano de 1942 que en realidad contradice las órdenes alemanas  y establece un modelo de comportamiento distinto: “Se instruirá a la tropa sin pérdida de tiempo la prohibición de fusilar a los comisarios Políticos hechos prisioneros o pasados voluntariamente a nuestras filas. Estos Comisarios serán objeto del mismo trato que se da a los demás prisioneros”. ¡Asombroso!

No quiero cerrar este ya de por sí largo comentario sin una referencia a Rodríguez Jiménez para quien la División Azul, formó parte de la maquinaría del mal, por encima de cualquier otra consideración, al “dar relevo a tropas alemanas y vida al proyecto nazi de una Europa dominada por el pueblo ario”. Y se ha quedado tan contento.

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