Francisco Torres García

La estantería del historiador

Categoría: El régimen de Franco (Página 1 de 2)

El Plan Badajoz, una obra de Franco

Desde hace unos meses, trascendiendo desde los memes de las redes sociales, o mejor dicho saltando desde ellos a los grandes medios, se ha desatado una curiosa polémica con respecto a la política social y de obras de Francisco Franco y a los grandes proyectos hechos realidad durante su gobierno.

Con mayor o menor exactitud en la cita –no están hechas por especialistas sino por españolitos de a pie que no buscan la exactitud conceptual– circulan relaciones, con conjugación verbal diversa, de los “logros de Franco”, que a algunos les soliviantan recordando aquellos eslogans de los primeros años de la Transición de que “con Franco vivíamos mejor”. Es fácil encontrar en estas relaciones logros como la Seguridad Social, las pagas extra, los subsidios/prestaciones familiares, la construcción de viviendas sociales y de protección oficial, las pagas de beneficios, las indemnizaciones por despido y un largo etcétera, que tienen el efecto –temido por algunos dado lo visto– sobre no pocos de hacer recapacitar sobre algunos de los tópicos al uso que son hoy habituales con respecto al Generalísimo. Algo de cierto debe de haber, por la efectividad del mensaje, cuando los medios, especialmente en algunos programas televisivos de debate político, han dedicado espacio al tema para intentar difuminar la realidad y negar las evidencias con argumentos tan pueriles como ajenos a todo basamento empírico. En realidad lo que hacen es refugiarse en el léxico para transmitir la idea de que los logros no fueron obra de Franco, porque ya estaban antes; que Franco no inventó –algo que por otra parte nadie afirma– por ejemplo la Seguridad Social y que esta existía en España desde las primeras décadas del siglo XX, aunque por lo visto pocos se enteraran por aquel entonces.

Lo único interesante, aunque a los difusores de la manipulación se les haya pasado por alto, es el hecho constatable, y su argumentario es la mejor prueba, de que Francisco Franco, lejos de ser un sectario, recuperó leyes no aplicadas, declaraciones sin efecto y propuestas que habían quedado en el cajón de los republicanos y de los socialistas porque entendía que eran positivas para España y los españoles. No cabe mayor halago.

En ese debate sobre si Franco hizo esto o no lo hizo se ha introducido la referencia al afamado Plan Badajoz, puesto en marcha en 1952, tras su aprobación en las Cortes, que para estos comentaristas, algunos hasta con título-, tampoco debería computarse en el haber de Francisco Franco.

En realidad pocos investigadores o historiadores serios, antifranquistas o ecuánimes, entrarían en tal despropósito, aunque sí se centren en valorar si el Plan fue un acierto, si fue positivo o fue un fracaso producto de la “egolatría y de la política intervencionista franquista”. 

Anotemos, como punto de partida, que rara vez un Plan se cumple en toda su extensión o se alcanzan todos sus objetivos, máxime si es de aplicación tan extensa en el tiempo como lo ha sido el Plan Badajoz, cuyas últimas obras, aunque ya no reconozcan su paternidad, casi se prolongan hasta hoy, también con críticas por insuficientes. Más aún si en ese transcurso temporal se producen las grandes variaciones económicas que España comenzaba a experimentar cuando las primeras obras del Plan mostraban sus efectos o los cambios en una agricultura que demandaba modernidad.

Por otra parte, no olvidemos que no pocas de las habituales consideraciones negativas que refieren los autores son similares en todos los procesos de esta índole: no existe modelo de crecimiento sin desequilibrios ni errores en su caminar. 

Algunos autores prefieren centrarse, para afianzar su visión negativa de cuanto se refiera a las obras de Franco, en aquellos aspectos que el Plan no se desarrolló acertadamente para hablar de fracaso o expresarse en términos similares –Barciela, López y Melgarejo para la industria vinculada al proyecto–, por no entrar en los críticos por razones medioambientales, consumos de agua; dejemos a un lado a los que se empeñan en cambiar el designio del tiempo y creer posible, por ejemplo, modelos de industrialización equilibrada en procesos de desarrollo industrial acelerado. 

Queda por referir el último refugio de los “antifranquistas” económicos, con sus valoraciones sobre  la eficacia económica o la rentabilidad de la inversión por kilómetro cuadrado, lo que aplicado a la realidad nos llevaría a la conclusión de que se haría casi imposible corregir desequilibrios territoriales si solo se valora la rentabilidad (y en el caso del Plan Badajoz, ya puestos a cuestionar cálculos, los datos serían cambiantes si en vez de sobre la provincia nos centraramos en el área de la provincia afectada por el Plan). Quedarían a un lado los que apuntan las insuficiencias en el sentido de que se pudo ir más allá si se hubieran tomado otras decisiones, lo que abre vías de interpretación interesantes. 

Por otra parte están las consideraciones de quienes, saltando por encima del prejuicio, ofrecen valoraciones más ajustadas como Carlos Romero Cuadrado (Tesis Doctoral: Aspectos económicos ligados a las explotaciones creadas por el Plan Badajoz), Artemio Baigorri (Plan Badajoz. Un cuento de la lechera con final feliz”), Manuel Martín Lobo (El Plan Badajoz, ¿éxito o fracaso?). Lo que sí podría afirmarse es que el Plan Badajoz se quedó corto al no transformarse, como de hecho pedían en la época no pocos, en un Plan de Desarrollo Regional completo.

La decisión de Franco.

Si se atiende a la realidad general de Extremadura y concretamente de Badajoz hace 90 años, la imagen más ajustada sería la de una zona deprimida, dedicada a la agricultura y la ganadería, con manufacturas relacionadas con ese medio, con una escasísima clase media, pletórica de yunteros y jornaleros. Recordemos que no muy lejos, en Cáceres, se situaba la comarca de las Hurdes, ejemplo del atraso en el medio rural en los años treinta. 

El Plan Badajoz, obra del Ministro Rafael Cavestany,  resucitaba el largo sueño de sacar del atraso a una región deprimida, dedicada a una agricultura con deficiencias y que tenía que afrontar la necesaria regulación del río Guadiana. Crear en aquellas tierras grandes zonas de regadío que dieran en una España agraria trabajo y riqueza. Un proyecto que debería haber comenzado años antes, pero los condicionantes negativos de los años cuarenta no pueden ser ignorados a la hora de la valoración. 

Recordemos que los atisbos de esta necesidad tienen unos antecedentes en los proyectos de actuación en el Cíjara de 1902, en el mero relato de necesidades conocido como el Plan Gasset. Los gobiernos de Alfonso XIII trazaron planes de obras sin mayor efectividad hasta el Plan de Obras Hidráulicas de Lorenzo Pardo de 1933 que se quedó en eso y el Plan del azud de Montijo de 1934. Casi 22 años habían transcurrido. El plan de Lorenzo Pardo preveía crear 108.000 hectáreas de regadío en la zona de Badajoz con su plan. Los proyectos que abrirían ese cambio sobre el Cíjara y el Montijo a duras penas si estaban en su primera fase al iniciarse la guerra siendo afectadas las obras por la misma. 

Extremadura, y en especial Badajoz, podría ser un laboratorio para la aplicación de las propuestas teóricas que se amontonaban para una posible política agraria del régimen de Franco, muy condicionada en estos primeros años por la necesidad de incrementar la producción para cubrir la subsistencia. Badajoz ofrecía ese espacio, ya que se acumulaban tierras, zonas susceptibles de cambio, yunteros y jornaleros en situación de pobreza, un incremento de población derivado de la ruralización de posguerra… El Servicio Nacional de Defensa Económica y Social de la Tierra tenía no pocas tierras y allí podían llevarse a cabo las actuaciones del Instituto Nacional de Colonización al amparo de la Ley de Bases para la colonización de grandes zonas (1940). Convertir campesinos en empresarios, los colonos, entraba dentro de los márgenes del difuso programa agrario que preconizaban los falangistas. Los resultados de una primera colonización en secano fueron pobres en relación con el número de jornaleros al asentarse unas 7.000 familias, aunque ello equivalía a unas 35.000/40.000 personas. Lo que sí se extendieron fueron los “huertos familiares” que ofrecían un complemento a campesinos sin tierra.

Franco estuvo en Extremadura durante la guerra y visitó Badajoz en 1941 y 1945 quedando, según algunos relatos, impactado por la pobreza de la zona (en 1951 hablaba de una zona que “teniendo grandes posibilidades, la gente vivía miserablemente y se contaba por muchas decenas de miles los parados”). 

En 1946 existía ya la Secretaría General para la Ordenación Económico Social, cuyo norte debía de ser el desarrollo regional. De la mano del gobernador civil Joaquín López Tienda se elaboró un informe reclamado por Franco sobre la realidad de la provincia que no pudo ser más demoledor, cien mil familias vivían en la pobreza. Desde los sectores falangistas se reivindicaba la necesidad de recuperar las obras hidráulicas y que el gobierno realizara una fuerte intervención social. Sobre la mesa del gobierno estaba el Plan de Obras Públicas culminado por el Ministro Alfonso Peña Boeuf y el  Plan de Necesidades Provinciales de 1948. La primera actuación sería la aprobación del Plan General de la zona de Montijo (1949) que abría la recuperación y elaboración de un nuevo Plan Badajoz. Con la llegada del también ingeniero Rafael Cavestany al Ministerio de Agricultura, que abre una nueva política agraria, mucho más realista, en julio de 1951, comienza el camino que conducirá a la aprobación el 5 de abril de 1952 por las Cortes del ambicioso Plan de Obras, Colonización, Industrialización y Electrificación de la Provincia de Badajoz, que será modificado en 1959, 1961 y 1966. El Plan fue preparado por una Comisión Técnica. El gran y olvidado protagonista de su ejecución sería el Secretario del Plan Enrique Martín. Quienes han trabajado monográficamente sobre la historia del proyecto y su ejecución indican que se podría hablar de tres planes o de tres fases del plan que cubrirían su desarrollo hasta casi la actualidad. Las referentes al régimen de Franco serían dos: la primera, desde 1952 a la aprobación del I Plan de Desarrollo; la segunda, hasta la muerte de Franco. A este plan habría que añadir las actuaciones en los embalses de Borbollón, Rosarito y Gabriel y Galán.

Las dimensiones del Plan Badajoz.

Balances y valoraciones a un lado, lo que el Plan Badajoz implicaba era el intento de cambiar la estructura económica de la zona creando un pulmón, un eje de desarrollo, en las Vegas del Guadiana. Lo hacía en una coyuntura económica aún complicada, cuando comenzaba a atisbarse el fin de las cartillas de racionamiento, porque la serie de buenas cosechas lo iba a permitir aunque las dificultades de financiación en la época continuaran e influyeran durante un tiempo en la marcha de las obras.

Nadie puede eludir que los objetivos planteados en 1952 eran sumamente ambiciosos: conseguir la regulación del Guadiana, lo que obligaba a la construcción de diversas presas, y el aprovechamiento para riego y producción eléctrica de sus aguas; tener capacidad para embalsar 3.8 millones de metros cúbicos; la conversión en regadío de 130.000 hectáreas; la creación de las necesarias infraestructuras para el riego; repoblar forestalmente 50.000 hectáreas; impulsar un proceso de industrialización vinculado a la nueva agricultura; crear infraestructuras de comunicación y asentar a unos 9.000 colonos (más de 44.000 personas). Todo ello implicaba una altísima inversión por parte del Estado en la zona. Según los datos presentados en 2003 en el Congreso Nacional sobre el Desarrollo Rural y Agrario en las Vegas Altas, la inversión ascendió a unos 1.200 millones de euros actuales.

Las obras.

La enumeración de las obras acometidas es ya de por sí significativa. Las presas del Cíjara, García Sola, Orellana, Zújar y Montijo junto con los canales de Orellana, Zújar y Montijo a los que se añaden unos 4.000 kilómetros de canales. Estas obras se complementan con las que se hicieron en el nunca denominado “plan Cáceres”, con los embalses de Rosarito, Gabriel y Galán, Valedobispo, Borbollón. A las obras hidraúlicas se sumaría la construcción de 42 pueblos para el asentamiento de los colonos desde Valdecalzada, inaugurado por Franco en 1951, hasta Torrefresneda (1971). Eran los pueblos blancos: Alonso de Ojeda, Valdivia, Novelda del Guadiana, Guadiana del Caudillo, Vivares, Vegads Altas, Villafranco del Guadiana, Conquista, Hernán Cortes, Sagrajas, San Rafael de Olivenza, Pueblonuevo, Alvarado, Zurbarán, Puebla de Alcollarín… Como es conocido las familias recibían, con una financiación muy asequible y unos precios reducidos, una casa en función del número de componentes de la unidad, una parcela de tierra, una vaca y el acceso a semillas, abonos y maquinaria.

Los resultados.

En 1975 el total de tierras transformadas en regadío alcanzaba las 96.706 hectáreas. Número que seguiría expandiéndose tanto por las obras como por la optimización de los regadíos hasta las 155.000 que alcanzarán las 203.000 regables según los cálculos más actualizados. No solo es el impresionante número de hectárea, sino también el cambio en la producción con la expansión de nuevos cultivos (hortalizas, frutales, plantas industriales), la desaparición del barbecho y el retroceso del monocultivo.

Los colonos y obreros agrícolas asentados se sitúan en las 7.000 familias, aunque tras su paralización a mediados de los sesenta, los colonos continuarían estableciéndose hasta los años 80. En los sesenta los colonos poseían unas 34.000 hectáreas de cultivo de las 44.000 que el Estado se había quedado frente a las 52.000 que fueron a parar a manos de los propietarios. Los nuevos propietarios impulsarían la expansión de una clase media agraria y, a la vez, asentarán otra clase media vinculada indirectamente a las demandas de los nuevos “oasis demográficos”. La repoblación forestal acabó situándose en las 68.500 hectáreas. 

Pese a la no generación de una industrialización importante, lo que no implica que no se pusieran en marcha numerosas industrias vinculadas a la producción agraria pero insuficientes para un proceso de expansión industrial pese, a las ventajas que se daban, se creó el gran pulmón dinámico de Badajoz en las Vegas del Guadiana que además es un valladar contra los procesos de desertificación al crear una gran mancha verde en zonas de tipo estepario.

El Plan Badajoz supuso un impulso que continúa hasta la actualidad y no son pocos los que abogan hoy en Extremadura por una continuada expansión selectiva de los regadíos, tras la disminución de proyectos como el canal de Barros e incluso la recuperación de los modelos urbanísticos de los poblados de colonización.

Para Artemio Baigorri su gran aportación vista desde la actualidad es que “encendió la mecha del dinamismo en la región”. Para  Cipriano Juárez y Manuel Rodríguez la línea abierta por el Plan Badajoz puede ser una vía en la actualidad para “impulsar el definitivo y deseado desarrollo socioeconómico de la región”, juzgando el balance como positivo, “pese a las sombras que acompañan a una planificación de semejante envergadura y duración temporal”. Según los datos de Romero Cuadrado los balances entre 1952 y 1972 presentan cifras de desviación positiva en un 85%. En definitiva la Extremadura actual sería incomprensible sin el Plan Badajoz y las actuaciones en Cáceres.

Francisco Torres García.

Y Franco, con una sonrisa, legalizó el bikini en 1953

Mira que si me da por hacer una encuesta y preguntar a los españoles de filas que si les parece bien que en España sea legal utilizar el célebre bikini.

No, no me he vuelto loco, aunque no sé si alguno de mis ojipláticos encuestados pensaría que le estoy tomando el pelo. Además de la aplastante respuesta afirmativa, en mi cocinado estado de opinión, les inquiriria por su consideración con respecto a quien lo legalizó. Me imagino que la respuesta también sería muy positiva y hasta alguno propondría que se le pusiera una estatua y un homenaje en las grandes localidades playeras por su contribución al desarrollo de la gran industria nacional. Pero…

Claro está que, con la nueva inquisitorial, totalitaria y liberticida propuesta de Ley de Memoria Histórica de Sánchez y el PSOE y el afán carcelario de Garzón y los restos de IU, acabaríamos todos, opinantes y encuestador, en un campo de concentración por exaltación del franquismo, porque el señor que lo legalizó, antes que lo hicieran otros países liberales y demócratas y con la oposición eclesiástica, se llamaba don Francisco Franco. ¿Cómo…?

Lo explicó, como tantas otras cosas, en mi libro “Franco Socialista. La revolución silenciada”. Y es que que en 1953 la encerrada, aislada, oscura e integrista -esa era la caricatura habitual que muchos sostienen aún hoy- don Francisco hiciera esas cosas deja atontados a no pocos rojiprogres y a los fans del recuerdo a la censura. Andan los periódicos recordándolo porque se cumplen 65 años de la famosa autorización de Benidorm -ya antes se utilizaba, el primero dicen que en Santander en 1948, pero siempre el Gobernador Civil de turno podía mandar a la Guardia Civil a poner unas multas difíciles de cobrar con tan exigua prenda-. A finales de los cuarenta ya pululaban por Ibiza, Benidorm y Marbella. Y andan como locos los periodistas tratando de explicar lo que no tiene mucho misterio y cómo torear la alabanza a Franco (un sapo para Susana Griso o Ana Rosa); porque la caricatura de Franco y la España oscura y retrógrada queda muy mal con estas cosas.

Pero es que los hechos dicen mucho de cómo era en realidad aquel dictador odioso y tiránico según lo retrata, entre otros con menor altura, el supremo sacerdote de la verdad, mi admirado profesor Ángel Viñas.

Así que el famoso alcalde de Benidorm -seguro que los sociatas, los podemitas y los de la memoria quieren quitarle honores y calle-, Pedro Zaragoza Orts, que había legalizado el bikini por bando municipal en 1952, pero al que le multaban a las turistas, franquista hasta su muerte, no como los franquistas hasta la muerte de Franco, se montó en 1953 en su Vespa y se presentó en las puertas del palacio del Pardo para hablar con el terrible y sanguinario Caudillo -Benidorm no era más que un pueblo de pescadores que descubría el turismo-. Y Franco, el dictador aterrador, hermético, frío, distante, el de la suntuosidad del monarca según nos cuenta ahora Juan Pablo Fusi -hay que ser innovador-, le dice al alcalde, que llega cubierto de polvo, grasa y oliendo a gasolina, pase, pase… como si estuviera en su casa (¡Ah, esos alcaldes que le decían “camarada Franco” y hasta le tuteaban!).

Imagínese mi querido lector que a usted se le ocurre irse de tal guisa a las puertas de la Zarzuela o la Moncloa… o a ver a cualquier dirigente cuando no tocan besos y abrazos de campaña.

Lo cierto es que don Pedro no tuvo que esforzarse mucho en convencer a Franco, pese a que su Ministro Arias Salgado estaba en guerra con el bikini, y salió del Pardo como amigo personal de don Francisco, cuando días antes el arzobispo de Valencia, Marcelino Olaechea, lo quería excomulgar -¡Qué cosas!-; y con con un aval sin firma: “si tiene algún problema no hable con el Gobernador Civil, me llama directamente”. Así que don Francisco estaba dispuesto a poner firme a quien hiciera falta por teléfono con respecto al bikini. Lo que nunca contó don Pedro, que yo sepa, es la cara que se les debió quedar al Gobernador Civil y Jefe del Movimiento así como al arzobispo cuando conocieran el resultado de la gestión. Sobre todo porque Franco, con un gesto que valía más que un papel escrito que nunca existió, envío a su mujer y su hija de visita al Benidorm de los bikinis unos días después. Franco se había acostumbrado a expresar su opinión mediante gestos.

No sé si las turistas de Benidorm gritarían aquello de “¡Franco, Franco, Franco!” al celebrar la dictatorial decisión de Franco, pero lo cierto es que el turismo se convirtió en un gran invento. Los turistas playeros llegaron por millones sin que nadie notara que España era un país aislado y odiado. Es más, se lo pasaban pipa en la dictadura de Franco, una dictadura cuanto menos algo rarita

MITOS Y MENTIRAS EN TORNO A FRANCO Y EL 18 DE JULIO

Los manuales de historia con los que aprendimos la generación de la EGB, producto de la Ley Educativa de 1970, hacía mucho que habían dejado atrás las lecturas patrióticas propias de los años cuarenta. Aprendíamos que la guerra civil tuvo causas estructurales de índole socioeconómico que no se habían solventado, que la II República fracasó en su intento reformista precisamente por su cariz jacobino, por su deseo manifiesto de expulsar de la vida pública a media España y por la persecución desatada contra la religión católica -entonces todos éramos católicos-, lo que hizo inevitable la guerra civil. Había poco de maniqueísmo en aquellos planteamientos. Hoy, sin embargo, cuando se ojea alguno de los manuales con los que estudian nuestros escolares, nos sería complicado encontrar algo tan sencillo como las causas de la guerra. Corrijo, lo que encontraremos será básicamente una versión maniquea en la que un puñado de ambiciosos generales dieron un golpe de estado calificado como fascista contra la democracia.
Alguien escribió con acierto que a la guerra de las armas siguió la guerra del papel y que en este terreno los vencidos con las armas llevan varias décadas ganando batallas para cambiar la historia. El proceso ha sido largo. Dejemos a un lado lo acontecido antes de los sesenta para situarnos en aquellos tiempos en los que arribaron a la historiografía los hispanistas, tipo Gabriel Jackson o H.R. Southworth, por no entrar en las líneas de interpretación difundidas por editoriales como Ruedo Ibérico, o en el alimento de la progresía que deseaba reescribir la historia a las ubres de negacionistas de la verdad como Tuñón de Lara -probablemente hoy ya pocos sepan quién fue este sujeto- y sus Encuentros de Pau donde mamaron doctrina una parte de las nuevas generaciones de estudiantes de historia, desde entonces hemos asistido a una mitificación de la II República de tal calibre que hoy es casi una herejía afirmar que en 1936, con la victoria del Frente Popular, la mediodemocracia que era aquel régimen solo para republicanos había dejado de existir. En la España de 1936 los partidarios del régimen burgués de democracia liberal eran una minoría muy exigua, aunque hoy no se quiera reconocer.
Aunque el “gran camuflaje”, denunciado inútilmente por Bollonten, sea una realidad incuestionable no es menos cierto que hoy pocos se atreven a recordar que el PSOE no era en 1936 un partido democrático, sino un partido que mayoritariamente contemplaba la República como un peldaño en el camino de la revolución y que, como marxista declarado, su objetivo era realizar la revolución e instalar la dictadura del proletariado en España. Y ya se sabe que para la ensoñación revolucionaria de la izquierda todo es legítimo salvo que alguien ose defenderse ante ella utilizando, simplemente, las mismas armas.
Naturalmente la izquierda, pero también una parte de la derecha acomplejada, ha hecho suyo el mito de una democracia rota por la ambición de unos generales que perpetraron un golpe de Estado un 18 de julio de 1936 para instaurar una feroz dictadura. De hecho, antes de que se aprobara la mal llamada “ley de la memoria histórica”, ya todos los grupos parlamentarios habían condenado la sublevación cívico-militar de aquel verano catalogándola de golpe fascista. Un segundo mito que complementara aquel otro de la impoluta democracia que fue la II República.
Tanto la izquierda como la derecha han querido borrar su vinculación histórica a lo acontecido en 1936. La izquierda, para camuflar su posición antidemocrática y su deseo de acabar con aquel sistema y acabar convirtiéndose en la defensora de la democracia frente a la pérfida derecha. La derecha, preñada de complejos, para evitar que la izquierda la señale con el dedo acusador que tanto les preocupa. Por ello, la nueva verdad oficial, porque políticamente a todos conviene, nos dice que el 18 de julio los generales, por ambición personal, dieron un cruento golpe de estado, y entre ellos el más ambicioso era Francisco Franco.
¡Qué más da que sea verdad o no cuando a todos les conviene! El ambicioso general quería el poder y por ello protagonizó el golpe con un solo objetivo perpetuarse en ese poder. Así pues, en esta línea, la guerra civil no tendría más causa que esa ambición borrando de un plumazo la realidad.
Ahora bien, la “verdad oficial”, impuesta desde arriba, rara vez tiene algo que ver con la verdad o con los hechos. El 18 de julio de 1936, se ha repetido aunque inútilmente y hoy es casi un delito afirmarlo, hubo un intento de golpe de estado pero, al mismo tiempo, una auténtica sublevación popular y sin esa eclosión es casi seguro que la victoria nacional hubiera sido imposible. Decenas de miles de voluntarios se aprestaron a combatir a la República del Frente Popular desde el minuto uno de los hechos, nutriendo unidades de milicias políticas pero también unidades militares, desde regimientos a banderas de la Legión. Igualmente todos los partidos de la oposición al Frente Popular apoyaron o se sumaron a la sublevación: desde la Falange a la CEDA, pasando por los carlistas, Renovación Española, la Lliga o los radicales de Lerroux. Y lo hicieron porque eran conscientes de la amenaza real para la libertad y sus creencias que representaba la república del Frente Popular. La prueba indirecta es que la democracia formal dejó de existir en la mal llamada zona republicana -ambas zonas eran republicanas- siendo la derecha perseguida y aniquilada en ella.
El ambicioso Francisco Franco no existía en julio de 1936. Es de sobra conocido que su asentimiento definitivo a la sublevación fue tardío y que en vano intentó que el gobierno adoptara medidas apoyándose en el Ejército para no entregarse al radicalismo frentepopulista. Es menos conocido que su nombre no figuraba entre los integrantes de un futuro directorio militar y que el único puesto pedido, la única ambición, era la de desempeñar el Alto Comisariado en Marruecos que no pudo asumir al ser llamado al Estado Mayor Central, lo que era acorde a su propia biografía. Fueron las circunstancias, el propio fracaso del golpe rápido deficientemente diseñado por el general Mola, pues no calibró la profunda división del ejército, la misma que sacudía la sociedad española, las que llevaron a Franco a la Jefatura del Estado, cuando ni tan siquiera formó parte desde el principio de la Junta de Defensa que se hizo cargo de la situación en la zona rebelde tras la muerte del general Sanjurjo. Y Franco ganó una guerra que de antemano los sublevados tenían con los datos en la mano perdida el 20 de julio de 1936.
Mayor silencio se suele guardar ante una realidad para mí altamente significativa: todos esperaban que el general Franco, antes de la sublevación de julio de 1936, les abriera la puerta del poder. En 1935, José Antonio Primo de Rivera, en un informe sobre la situación política española, anotaba que Franco era el “primer prestigio militar”; pocos meses después le sondearía en persona. En la crisis que supuso el fin del gobierno radical-cedista el propio Gil Robles instaría a Franco a protagonizar un golpe de Estado desde la Jefatura del Alto Estado Mayor y los radicales de Portela Valladares barajaron mantenerse en el poder con el apoyo de Franco y del ejército. Y poco después sería Calvo Soleto quien presionaría para que Franco se decidiera. Como anotaba Javier Tusell, Franco se convirtió entre 1935 y 1936 en el “árbitro de la circulación política y militar”. Fueron todos los políticos de la época los que trataron de atraer a Franco a sus posiciones o a que este les abriera las puertas del poder.
Cuando la lógica se impuso y los generales se inclinaron por la necesidad de un mando único sólo una candidatura era posible, la de Franco. Dudo mucho que en octubre de 1936 Francisco Franco tuviera un proyecto político definido cuando lo único importante era la guerra. Eso sí, en sus primeras intervenciones lo que se trasluce era la necesidad de que la guerra que ya tenía un por qué tuviera un para qué. Y resulta curioso que lo primera que destacara fuera el mensaje de que era necesario un orden social más justo en España.

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Francisco Torres García & Blog personal