Francisco Torres García

La estantería del historiador

Categoría: Memoria histórica Página 1 de 12

Juan de la Cierva y Franco

En torno a la polémica sobre Juan de la Cierva. Agente de Franco y de Mola (III)

Tengo más que sospechas para pensar que Juan de la Cierva fue asesinado mediante un sabotaje en el avión que debía llevarle a Amsterdam para trasladarse después a Berlín. Básicamente porque, como vamos a confirmar documentalmente, era un agente al servicio de España, de Mola y de Franco.

Juan de la Cierva puso su dinero al servicio de la causa y debió reunir fondos (divisas) para la adquisición en el extranjero de aviones, armas y munición como indica la documentación; siendo vital su actuación para la gestión de la adquisición de 20 millones de cartuchos de 7 m/m e incluso, probablemente, participar en el boicot a envíos a la república.

Precisemos que en el verano de 1936 ambos bandos necesitaban desesperadamente esos suministros, aunque la República del Frente Popular tenía a su disposición las fábricas de armas.

Tampoco podemos prescindir de la situación internacional y el proceso de posicionamiento de los países ante la guerra española junto con la posibilidad de intervenir en el conflicto. Hasta ese momento Stalin se había decantado por un apoyo interpuesto a los frentepopulistas. Quizás la prueba más temprana de ello sea un radiotelegrama que el dictador comunista remite el 6 de septiembre a Kaganovich y al Comité Central del Partido Comunista de la URSS. En este plantea lo siguiente: “Convendría vender a México cincuenta aviones de bombardeo de alta velocidad para que México los revendiese a España. Asimismo se debería seleccionar a unos veinte buenos pilotos nuestros para que cumplan funciones militares y al mismo tiempo instruyan a los aviadores españoles en vuelos de bombardeo de alta precisión. Hace falta preparar esto rápidamente. Sería útil vender 200.000 fusiles, 1000 ametralladoras y unos 20 millones de cartuchos por el mismo procedimiento”.

El 18 de septiembre la Internacional Comunista procedería a organizar las Brigadas Internacionales que, aunque presentadas como un gran éxito, el contingente no indica que fuera una recluta tan popular como el mito pretende, pues por esta unidad reclutada en medio mundo solo pasaron unos 35.000/40.000 hombres; sus primeros contingentes llegarían a España en octubre. Señalemos que, sin duda, esta recluta influyó/aceleró el envío de fuerzas a la España nacional. En octubre llegaban a Cádiz los primeros combatientes italianos de lo que sería el CTV, pero hasta noviembre no saldría de Alemania la Legión Cóndor con su importante escalón de tierra.

En estos meses la actividad para conseguir pertrechos, aviones, armas y munición por parte de los rebeldes fue incesante dada su manifiesta inferioridad y ahí Juan de la Cierva tuvo un importante papel. En nuestros anteriores artículos aportamos testimonios de los viajes a la España nacional de Juan de la Cierva y de sus encuentros con Franco y/o visitas al Cuartel General del Generalísimo. Ángel Viñas citaba la existencia documental de una de las cartas remitidas por el inventor del autogiro al general Mola publicada hace tiempo por los herederos del que fuera “secretario civil” del general, Félix Maíz. Se trata de un texto definitivo, una prueba incontestable, de los servicios de Juan de la Cierva a la causa nacional. En ella, como apuntamos, el mismo declara estar actuando al servicio de los generales Franco y Mola. Esta carta dirigida al general Mola está fechada en Londres el 19 de septiembre de 1936, cuando las necesidades de los rebeldes eran acuciantes. Vamos a transcribirla sin comentarios para que sea el lector quien juzgue:

“Mi querido y respetado amigo: anoche llegué de Berlín, según la telegrafía, y según prometí desde allí, me apresuro a mandarle detalles completos del cumplimiento de mi misión.

No fue posible llegar a Berlín el miércoles, por llegar el tren a París demasiado tarde para enlazar con el aeroplano de la mañana, por lo cual seguí en el tren de la noche. Por cierto que en el coche-cama intentaron robarme mientras dormía, no sé si el dinero o los documentos, sin éxito.

Me puse en contacto inmediatamente con el Almirante Canaris, que es el que se encarga de la ayuda al movimiento. Me recibió muy bien y le expliqué la situación después de enseñarle la carta que V. me dio. Le hice presente estoy al corriente de todos los arreglos, tanto los hechos en Berlín directamente como los de la Hisma, etc. para que se halase con toda libertad.

El Almirante me puso en contacto con otras personas y en definitiva dejé arregladas las cosas como sigue:

1.- Las Marismas había encargado 5.000.000 de cartuchos 7 m/m. El creía le habían prometido entrega fin de agosto, pero los de allí dicen es un error, la entrega prometida era fin de septiembre.

Pensaba embarcarlas a mediados de la semana próxima en el barco que viene cargado de cobre. Ante mi resistencia, quedó arreglado el embarque hoy, sábado, en otro barco que fletamos, cuantos cartuchos se pudieran embalar y transportar a Hamburgo en camiones, trabajando día y noche. Al principio creían poder llegar a las 3 unidades, pero ayer por la mañana creían serían solo dos, pues si no, se perdería algún tiempo. Así se lo telegrafío a V.

Así pues, en el vapor Camerún salen hoy para Vigo:

2.000.000 (aproximadamente) cartuchos 7 m/m

2.000 fusiles calibre 7,92

875.000 cartuchos 9m/m para las pistolas ametralladoras que ya fueron.

Sólo quedaban por mandar, del encargo que el Comandante Génova hizo, 1750 fusiles alemanes, pero me pidieron permiso, que di, para completar la cifra hasta 2.000.

Los gastos extra, pues el barco especial, transporte en camiones y los 250 fusiles con 1.000 cartuchos cada uno se los pagué desde aquí. Todo lo demás estaba ya pagado (salvo una pequeña cantidad) con los envíos que hicimos desde aquí y que figuran en la relación que le dejé.

2.- El miércoles o jueves próximos saldrán los cartuchos restantes (probablemente 3 millones) para Vigo. Con el fin de aprovechar el viaje, he ordenado completar el cargamento con unas 1.500 toneladas de carbón.

3.- Esos cinco millones corresponden, repito al pedido hecho a la industria privada, que hay que pagar a tocateja. De todos modos, y en vista del plazo pedido por la fábrica austriaca (no polaca como me habían dicho los representantes polacos) ordené por el mismo conducto otros cinco millones en Alemania. Plazo máximo de embarque 3 semanas, casi seguro 2, pues ya tienen todo montado para la fabricación. Así pues, podemos contar con esos 5 millones hacia el 5-10 de Octubre en Vigo. Los pagaremos desde aquí.

4.- Todo esto no tiene nada que ver con los arreglos hechos por el general Franco con la Hisma. Tuve otra conferencia con Canaris y otros sobre este asunto. El Almirante me dijo podría confirmar a Franco que le enviarán 5 millones semanales. Según pidió, pero al principio decían tardarían 10 a 15 días en hacer el primer envío. Seguí instando sobre la necesidad absoluta de acelerar y entonces me dijeron que si tuvieran una muestra de nuestra cartuchería se ahorrarían 2 – 3 días pues pensaban mandar un aeroplano a España a recogerla. Saqué del bolsillo la que V. me dio y entonces dijeron que estaban casi seguros de poder hacer el primer envío en una semana de plazo, o sea hacia el 25 ó 26 del corriente, siguiendo luego cada semana.

5.- En vista de esto, que me fue solemnemente prometido, creí era innecesario el pedido a Austria, ya que además me di cuenta no les hacía mucha gracia a los alemanes, a quienes se había pedio les dieran tránsito y transporte desde Hamburgo. Sin embargo, a llegar aquí anoche y encontrar su telegrama, volví a avisar a los polacos, aceptando el plazo de 20 días para entrega de 7 millones. No amplié el pedido a 10, pues de todas maneras no podrán entregar más de 7 en ese plazo y si queremos más podremos encargarlos, sin retraso, dentro de unos días. Espero sus órdenes a este respecto”.

Entra aquí la misiva en el resumen de los embarques que van a realizarse probablemente en Hamburgo entre el 19 de septiembre y el 12 de octubre de cartuchería, que alcanzarían la cifra de 27 millones de cartuchos de 7 m/m suministrados por Alemania, Austria, la industria privada y la Hisma. La mayoría serían desembarcados en Vigo, destinándose 10 millones de cartuchos al ejército del sur. Continuemos con la reproducción de la carta:

“7.- La industria privada alemana, por conducto del Sr. Veltjens, está dispuesta a suministrar luego unos 5.000.000 cada 2 semanas si se les encargan y pagan. V. me pasará sus instrucciones, aunque yo creo que con las promesas recibidas no necesitaremos gastar más dinero en cartuchería. Los encargos hechos a Veltjens y a Austria, por 12 millones en total, constarán unas 65.000 libras, que pagaremos desde aquí.

8.- Veltjens, que es en realidad un agente oficial, me ha dicho que los rojos han comprado en Finlandia 1.000 ametralladoras, en 2 millones de dólares. Los de allí, de acuerdo con los alemanes, se las han vendido y exigen pago total antes de enviar nada. Han recibido una sexta parte del dinero y en cuanto hayan cogido todo, mandarán las 1.000 piezas sin algunas partes esenciales del mecanismo, así que nos les servirán de nada. Es un buen servicio que nos prestan.

Con esto termino la relación del cumplimiento de la misión que V. me encargó. Sólo debo añadirle que mis colegas de Londres han estado buscando stocks disponibles por todas partes y no queda nada en ningún país. Además están tratando de conseguir que unas 190 toneladas de mercancía sospechosa que hay en Hamburgo para envío a China, de procedencia austriaca y finlandesa, sean inspeccionadas para ver si se trata de cartuchos 7 m/m con destino al enemigo. Ese material está ahora detenido, por orden del Gobierno Alemán, y sería un buen golpe que nos lo enviaran a nosotros. Creo nada le pene que el General Franco diga algo sobre esto por medio de la Hisma.

Voy ahora a ocuparme de las otras misiones que V. y Franco me encargaron y que daré cuenta.

Hasta pronto espero. Quedo a sus órdenes. Le envío un fuerte abrazo. ¡Viva España!

Juan de la Cierva”.

Leída la carta anterior pocas dudas pueden quedar de cuál fue la actuación de Juan de la Cierva como agente de Mola y de Franco, ya que él mismo –insistimos– lo recalca en el texto. Era en este campo una de las piezas clave de la negociación en Berlín. Por otra parte, la carta confirma que manejaba unos fondos sitos en Londres con los que se pagaban parte de los envíos. Lo que dejamos para el último capítulo, como ya sugerimos en el anterior, es que en aquel otoño de 1936 comenzaron a llegar alertas sobre la necesidad de protegerle, porque otros agentes estaban operando a favor de los republicanos y conocían su actividad.

El texto de memorias póstumas de Féliz Maíz nos revela o confirma, además, algunos de los movimientos de Juan de la Cierva desde los primeros días de la rebelión. En primer lugar, que Mola lo consideraba como uno de los agentes internacionales de la rebelión: “Goicoechea en Roma. La Cierva en Londres. Ponte en Lisboa [general Ponte y Manso de Zúñiga]”. En segundo lugar, que La Cierva voló a Burgos para llegar el día 22 de julio, a partir de ahí los viajes se sucederían como ya señalamos. En tercer lugar, las gestiones del inventor con Berlín debieron iniciarse a finales de julio o principios de agosto (es Juan de la Cierva quien informa a Mola de la marcha de las negociaciones en Berlín indicando que se enviarán 24 Junkers y 9 Heinkel). En cuarto lugar, confirma que va bien su actividad en Berlín a través de  Veltjens (utilizaba un piloto inglés que llevaba sus mensajes a Burgos).

Por otra parte, merced a sus contactos, también actuaba como informador de Mola sobre la situación en Londres y en otros lugares. Así, por ejemplo, en septiembre le indicó lo que había averiguados sobre la recluta para las futuras Brigadas Internacionales que se realizaba en las oficinas abiertas por el partido comunista en París, Lyon y Marsella. También queda constancia de un nuevo viaje de Juan de la Cierva a Valladolid a finales de septiembre para entrevistarse con Cabanellas y con el propio Mola.

Poco más se puede añadir, pero no ponemos punto final.

En torno a la polémica sobre Juan de la Cierva y su relación con Franco (II)

Francisco Torres García

A raíz de mi anterior artículo sobre la polémica desatada ante la continuidad del merecido nombre de Juan de la Cierva en el frontispicio del aeropuerto de su tierra, Murcia, algunos lectores me han escrito precisando, pidiéndome alguna ampliación o transmitiéndome algún testimonio como el hijo del exministro Pedro González-Bueno, quien fuera compañero de promoción y amigo de Juan de la Cierva.

Se ha escrito que Juan de la Cierva ni tan siquiera llegó a conocer a Franco, lo que a tenor de los testimonios no es cierto. Ya precisaba en mi anterior artículo que Juan de la Cierva había estado en Burgos a finales de noviembre visitando el Cuartel General del Generalísimo. Se ha escrito, para difuminar la realidad, que hasta los republicanos reconocieron, al referir brevemente su muerte, que «tuvo la gran virtud de encerrarse en los límites de su ciencia sin intervenir en las luchas políticas. Es indudable que se trataba de un hombre de derechas; pero ello no constituía obstáculo para que sus actividades estuvieran enmarcadas dentro de una neutralidad exquisita», sin olvidar, eso sí, mencionar que era «hijo de uno de los caciques clásicos que más han envilecido a España». Pero entonces nada sabían de su actuación a favor de los nacionales ni de su intervención en la compra del Dragon Rápide. De saberlo la crónica de este periódico hubiera sido distinta.

Revisemos el testimonio en sus memorias de su compañero Pedro González-Bueno, ambos eran amigos desde sus estudios y en 1935 «reverdeció» la relación cuando este viajó a Londres. Al menos registra dos ocasiones en las que Juan de la Cierva voló a Burgos para ver a Franco. En la primera, le indicó que «estaba en contacto con el Generalísimo para tratar de facilitarle aviación y me pidió autorización para poder enviarme telegramas cifrados al hotel Madrid-Londres, y que yo los entregara en el Cuartel General. Así lo hicimos en alguna ocasión».

En la segunda ocasión, Pedro acompañó a Juan de la Cierva al palacio de la Isla para entrevistarse con Franco. Le comentó que Franco le iba a preguntar si «podía facilitar alguna divisa más para continuar ayudando a la Aviación nacional». Textualmente anota que añadió: «Tengo gran preocupación porque no dispongo de más dinero y si no me facilitan nuevos medios tendría que comprometerme en créditos personales. Eso podría ser la ruina de mi familia».

Por el fragmento que incluimos en el anterior artículo de una carta a Franco de Pilar de Hoces, esposa de Ricardo de la Cierva, asesinado por los frentepopulistas, sabemos que Juan comprometió cuanto tenía. Añade Pedro González-Bueno que en esa reunión Franco le pidió a Juan de la Cierva que le recomendara algunos nombres para figurar en la Junta Técnica del Estado y este le dio el nombre de Pedro González-Bueno.

Si añadimos a lo relatado el testimonio reflejado en el artículo anterior de una visita al Cuartel General en esos días, debemos estimar que se refería a otra distinta a la que realizó con Pedro González-Bueno.

Lógicamente la actuación de Juan de la Cierva al servicio de los rebeldes primero y de Franco, como Jefe del Estado, después permaneció en secreto y, como señalamos, emergió entre líneas al fallecer en accidente. De la misma forma se hizo referencia a ella en algunos artículos publicados en el primer aniversario de su muerte, indicando que los diversos viajes que realizó entre julio y diciembre de 1936 fueron en «misión especial»:

«Gloria para su Patria y gloria para la Ciencia universal había sabido conquistar por sus talentos, y así respondía a los apellidos que sus progenitores habían hecho ilustres en el servicio a España, otros estímulos, de elevado patriotismo también,  movían su actividad en la ocasión que le era arrebatada la vida.

Por esta circunstancia, por la fecha en que ocurrió su muerte y asociada esta al motivo que le llevaba a cruzar los espacios, militante en la Cruzada, con milicia eficacísima para España, como héroe de la guerra, hemos de considerarle, si quiera no sea más que para añadir a los laureles que se disciernen a los sabios los que se otorgan a los que luchan en el campo de batalla».

Poco más se puede decir. Por valorar esas gestiones y para brindar apoyo a la familia, el 8 de diciembre  de 1937 Franco firmaba un interesante decreto que hay que leer entre líneas:

«Don Juan de la Cierva Codorníu, muerto el 9 de diciembre de 1936, después de prestar eminentes servicios a la Patria, pertenecía al Cuerpo de Ingenieros Civiles y dio renombre a España con sus investigaciones científicas en el extranjero, no escatimando nunca servir a la Patria en cuantas ocasiones fue requerido para hacerlo.

Queriendo premiar estos servicios y teniendo en cuenta que después de su gran amor a España todo su cariño era para el Cuerpo de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, al que pertenecía, dispongo:

Artículo primero: Para hacer honor al ingeniero don Juan de la Cierva y Codorníu, se le considera permanentemente en el escalafón del Cuerpo de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, para todos los efectos administrativos, en el primer lugar del escalafón, gozando de todos los ascensos que le pudieran corresponder en vida.

Artículo segundo. El sueldo que pudiera corresponderle será entregado, como pensión extraordinaria, a su viuda, doña María Luisa Gómez-Acebo y Varona, y a su fallecimiento, a sus hijos don Juan, don Jaime, don Luis, don Manuel, doña Ana María y, don Carlos».

La Historia, la amnesia, la proscripción y la persecución. El caso de Juan de la Cierva.

Francisco Torres García.- El pasado jueves escuché al Consejero de Presidencia de Turismo y Deportes de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia, el popular Marcos Ortuño, hablar, a cuenta de la decisión del gobierno de prohibir que el aeropuerto Juan de la Cierva continúe llevando el nombre de un insigne hombre de ciencia, pionero de la ingeniería aeronáutica e inventor del autogiro. Ello lo hacía el ejecutivo en virtud de la euforia censora que lleva aparejada la aplicación de la  «memoria histórica/democrática». 

Me ha sorprendido que Marcos Ortuño hable del sectarismo y del intento de la izquierda, a través de esa ley, de reescribir la historia. Básicamente porque si esa ley continua en pie es porque el Partido Popular no la derogó teniendo mayoría absoluta cuando Mariano Rajoy se había comprometido a ello. Sorprende la candidez, por ser suave en la expresión, del señor Marcos Ortuño cuando argumenta que la Ley de Memoria Histórica «no puede ser una herramienta para reescribir la historia al antojo de los socialistas». Tengo la impresión de que el señor Marcos Ortuño o no sabe de lo que habla o simplemente no se ha leído la ley. Ha prometido, eso sí, «luchar con todos los recursos» para que se mantenga el nombre. Tengo la impresión de que el nombre está sentenciado y que la línea de argumentación que se asoma va a ser contraproducente.

Don Juan de la Cierva se merece que el aeropuerto murciano lleve su nombre por los méritos contraídos con la investigación, la ciencia y la historia de la aviación española; poco más se puede decir, por ello se le honra. Y eso es lo que hay que mantener. 

Juan de la Cierva es un nombre digno, reputado, gloria de España, al que se honra en calles, plazas, centros de investigación, colegios, institutos… Y poco más hay que decir. Pero el gobierno ya tiene previsto que los nombres de brillantes intelectuales, esos que acompañan como apellido a los Premios Nacionales de Investigación, sean eliminados. Esta va a ser la gran contribución del ministro Pedro Duque a la historia de la ciencia española. Ramón Menéndez Pidal, Gregorio Marañón (es de suponer que recordarán que su hijo lucho como oficial con los nacionales y él mismo, desde su autoexilio, realizó una dura condena a la República del Frente Popular en 1937), Santiago Ramón y Cajal y Juan de la Cierva, entre otros, van a ir desapareciendo. Cabría pensar que al socialismo le molesta el homenaje a los científicos si estos no son socialistas.  

Craso error es tratar de esfumar la historia como coartada para hacerse perdonar. En esta línea no dejan de sorprender pronunciamientos como los del profesor Roberto Villa de la Universidad Rey Juan Carlos, argumentando obviedades del tipo «Juan de la Cierva nunca fue un fascista»  o que sus ideas estaban muy «cercanas a las de su padre, que era un monárquico». ¿Y? Igual que afirmar que no fue «franquista», porque murió en diciembre de 1936. Porque lo que a Juan de la Cierva no le van a perdonar es que estuviera entre quienes se enfrentaron a la España del Frente Popular.

Mal van si se empeñan en argumentar que vivió aislado de la guerra civil, refugiado en Londres, y que su papel se limitó, se ha escrito que hasta por razones de interés empresarial, a indicar qué tipo de avión podía alquilarse para un viaje. 

Mal van, porque a buen seguro que alguien va a recordar que el 1 de octubre de 1954, el «Día de la Exaltación del Caudillo», Franco le concedía a título póstumo el Condado de la Cierva (que me parece que en breve pasará a ser otro de los que Sánchez pretenderá retirar en aplicación de la memoria histórico/democrática; al tiempo); o que cuando las provincias elaboraron unos voluminosos informes, que en formato de libro contenían las necesidades estructurales para el desarrollo de la zona, que eran presentados a Franco en El Pardo por comisiones de políticos locales, en el de Murcia ya se señalaba la necesidad de un aeropuerto proponiéndose que se llamara Juan de la Cierva. 

Mal van si se empeñan en centrar su defensa en combatir el sectario informe del profesor Viñas (sectario por sus extrapolaciones interpretativas o por sus calificativos/descalifictivos y su afán por ver peligrosos fascistas por todas partes, no por gran parte de los hechos que narra) que anda empeñado en descubrir el Mediterráneo para ilustrarnos sobre una realidad conocida, pero muy incómoda hoy: que en 1936 no solo se sublevó una parte del ejército, sino que este contó con apoyos previos o inmediatos de las fuerzas políticas de derechas. No ya los «fascistas» oficiales, los falangistas o los carlistas, que no sé cómo los calificaría Viñas; sino de los monárquicos alfonsinos/juanistas y ahí cabría incluir a miembros de la familia de la Cierva. Pero también de la CEDA. Aunque Viñas acabará, en su anunciado próximo libro, haciéndose un lío léxico y dialéctico entre el golpe de estado, la conspiración civil, la trama monárquica… que en el fondo viene a dar la razón a Ricardo de la Cierva, sobrino de Juan de la Cierva, cuando anotaba que el 18 de julio acabó produciéndose en España un alzamiento cívico militar. El problema es que el PP condenó, si no recuerdo mal, ese hecho en sede parlamentaria al viento de la sumisión a la «superioridad moral» de la izquierda: de aquellos polvos se acaba en estos lodos.

Afirma el profesor Roberto Villa que todo lo que se ha escrito sobre la vinculación de Juan de la Cierva a la sublevación de 1936 y su posterior colaboración con los rebeldes, son conjeturas. Mal va, o más bien desconoce la historiografía desde la publicación de la Historia de la Cruzada Española en 1940 (una voluminosa y archicitada fuente para la historia de la guerra civil). Durante décadas ha habido coincidencia en dos hechos: primero, la colaboración de Juan de la Cierva en la compra del avión que llevaría a Franco desde Canarias a Marruecos para asumir el mando del Ejército de África; segundo, su actuación como agente de los nacionales en Europa. Otra cosa son las lógicas razones que le empujaron a abrazar esa causa, tanto ideológicas como coyunturales y familiares. 

Desde 1940, al menos, seguro que antes, la versión sobre la participación de Juan de la Cierva en la contratación del Dragon Rapide se ha reproducido sin que yo conozca que, hasta hoy, haya sido reputada como conjetura o limitada a un mero e inocente consejo.

El general Mola, a principios de junio, asumiendo que su proyecto inicial era inviable, que no contaba con los apoyos necesarios, varió su plan para un golpe de estado; pasó a ser necesario el traslado urgente de las tropas de África a la península para asegurar el éxito. Ello condujo a que lo que en principio era un papel secundario para estas tropas y para el propio Franco pasara a ser fundamental. Las tropas de África eran remisas a actuar en bloque si no las dirigía su leyenda, el general Franco. Para trasladar al general desde Canarias es Alfredo Kindelán quien se pone en contacto con Francisco Herrera, quien enlaza con Juan Ignacio Luca Tena, el dueño del ABC. Este llama a uno de sus hombres en Londres, el periodista Luis Bolín, para que contrate un avión capaz de realizar el vuelo. Los fondos para ello llegarían a la Banca Kleinwort. Bolín se pone al habla con Juan de la Cierva. Según Arrarás, en 1940, también periodista y con información directa recabada entre los protagonistas: «El señor La Cierva se comprometió en el acto a prestar la colaboración solicitada; sabía el fin a que se destinaba el avión, lo que el vuelo significaría para el Alzamiento que se proyectaba y, sin más se entregó con pasión patriótica a la tarea». Los hechos se desarrollaron entre el 5 y el 11 de julio de 1936. La Cierva se dirige al Director de la Compañía de Seguros de Aviación, quien le recomendó el contacto con la empresa Olley Air Service de Croydon. Esta le brinda un De Havilland DH.89 Dragon Rapide, dotado con dos potentes motores y con capacidad para 7 viajeros.

Salvo alguien que viviera alejado de toda información política, salvo alguien que no tuviera contactos con los círculos monárquicos, salvo alguien que no tuviera familia entre los dirigentes de Renovación Española, a estas alturas era imposible que no sospechara que un avión para una misión secreta y reservada, para volar de Canarias a Marruecos, solo podía tener un pasajero, Franco.

Con el avión y el piloto contratado estiman necesario camuflar el vuelo de viaje turístico, en ello va a colaborar otro personaje de los círculos londinenses que será partidario de los nacionales. Douglas Jerrold es quien se encargaría de buscar los pasajeros recurriendo al comandante Hugh Pollard. Y Luis Bolín y Juan de la Cierva se entrevistarán con él en Sussex para ultimar los detalles.

Para todo lo anterior no es necesario recurrir a Viñas, sino simplemente conocer lo publicado hace 80 años. 

¿Concluyó allí la actividad a favor de los rebeldes  por parte de Juan de la Cierva una vez que estimó que esa causa era la suya, como no podía ser de otro modo? No. Y tampoco hace falta recurrir a Viñas, aunque en sus investigaciones haya precisado algunas actuaciones a favor de los nacionales que no pueden despreciarse.

Dejemos al profesor Viñas y recurramos al prolífico historiador Ricardo de la Cierva, sobrino del inventor del autogiro. Nunca puso en duda la participación de su familiar al lado de los nacionales, asumiendo que su tío realizaba, según los textos de la época, «menesteres y embajadas sutiles» a favor de los rebeldes. Recordando que la documentación alemana indicaba que había sido «el principal agente secreto de Franco en Europa». No descartando que su muerte en un sospechoso accidente de aviación (de las 17 personas que iban en el avión sobrevivieron 5), en el que viajaba hacia Amberes, tuviera algo que ver con el hecho de que iba a entrevistarse con Wilhem Canaris. Por otra parte,  el Jefe del Estado Mayor de la Armada Nacional, Juan Cervera, en sus Memorias de Guerra, lo definirá como «nuestro gran agente».

Que actuó como «agente» para los sublevados y para Franco, que en octubre pasa a ser Jefe del Estado, es un hecho. Viñas, con la publicación de una carta de Juan de la Cierva, ha precisado que inicialmente trabajó para hacer llegar a Mola aviones de transporte y que estuvo en Italia para negociar el envío de aviones a los sublevados con intermediación de Alfonso XIII. A ello se añadiría su actuación posterior en Berlín, actuando en la adquisición de suministros (armas y munición). Ha señalado Viñas otra obviedad, que en Londres existía un importante lobby contrario a la República del Frente Popular, con notoria influencia de los monárquicos hispanos. Pero esto tampoco es algo desconocido. Basta con revisar la prensa, el Times y la campaña de cartas de personalidades a favor de Franco de diciembre de 1936.

Así, el 8 de diciembre de 1936, firmándola en la Cámara de los Comunes, varios diputados británicos encabezados por el general de división sir Alfred Knox, el capitán Alan Graham (exsecretario particular del lord canciller) y Víctor Raikes, presentan una carta ante las informaciones sobre los bombardeos nacionales sobre Madrid defendiendo a Franco: «nos consta que el general Franco es un militar caballeroso. Actúa no por ambición personal, sino por haber sido testigo de los ultrajes que sufría España bajo un Gobierno que se negaba a gobernar por puro servilismo a las izquierdas. Su movimiento solo precedió por  pocos días a la proyectada revolución roja, y ha hecho todo lo posible para salvar a los no combatientes, delimitando una extensa zona que se ha comprometido a no  bombardear». También a favor de los nacionales escribía, por ejemplo,  Francisco de Zulueta, catedrático de Derecho Civil en Oxford. Pero no solo en ese medio de comunicación, porque una parte importantísima de la opinión pública conservadora británica estaba con los mal llamados «franquistas».

Era lógico que en diciembre de 1936 se hiciera referencia de un modo críptico a las actividades secretas de Juan de la Cierva. Pero volvamos un poco atrás. Su hermano Ricardo de la Cierva y Codorníu había seguido la carrera política de su padre, siendo diputado conservador en 1920 y 1923 (también el inventor del autogiro llegó a ser diputado, pero abandonó la tentación política). Al constituirse Renovación Española, tras la proclamación de la República, entró en sus filas, siendo uno de los impulsores de la revista de pensamiento Acción Española, claramente posicionada contra la República desde su primer número (entre sus lectores figuraba Francisco Franco). Su familia había salido de España dirigiéndose a Francia, pero a él el estallido de la guerra le sorprende en Madrid. Es delatado y detenido, mientras su padre consigue esconderse de la muerte en la legación Noruega (si lo hubieran encontrado los frentepopulistas lo hubieran asesinado). Las autoridades noruegas obtienen promesas de que Ricardo no sufrirá daño alguno, pero pasará meses en la Cárcel Modelo para ser asesinado por los frentepopulistas en Paracuellos del Jarama. De lo que estaba sucediendo estaba puntualmente informado su hermano Juan, tal y como revelan los interesantes párrafos de una carta dirigida a Franco por su viuda Pilar de Hoces el 1 de octubre de 1952:

«Yo creo poder asegurarle, y quizás no lo desconozca V.E. que con el corazón traspasado, pero con legítimo orgullo, oí a las pocas horas de nacer mi hija póstuma de caridad en un hotel, que a mi cuñado Juan le habían pedido a Londres divisas en rescate de su hermano, y él en nombre suyo habíase negado a rescatarle así, y en el de su hermano conociendo no le hubiera perdonado tener su vida pagada a los enemigos de Dios y de la Patria. Sabe V.E. como este dio su vida en acto de servicio y como empleó aquellas divisas. Pero claro, ni a él ni a nadie pudo ocurrírsenos dejar pruebas de esto que solo se hizo en natural consecuencia de corresponder como español y cristiano, como se haría cien mil veces únicamente por estos santos amores a Dios y a la Patria».

Leyendo la carta no sería extraño conjeturar el conocimiento que de sus actividades tuvieran desde la zona republicana y el posible intento desde allí de evitar que siguiera operando, con las divisas que tenía a su disposición, a favor de la causa nacional, lo que nos llevaría a «conjeturar» que su muerte en diciembre de 1936 pudiera no ser un accidente (Viñas que es bueno fabricando conspiraciones mortales ya tiene argumento). El asesinato de su hermano no haría sino reafirmar su decisión de hacer cuanto fuera posible para que Franco ganara la guerra.

Es probable que en esta correspondencia, más amplia de lo citado, esté el origen de la decisión de Franco de crear el Condado de la Cierva en 1954 como reconocimiento tanto al inventor como al sacrificio familiar. Reproduzcamos, en este sentido, el testimonio de Santiago Hevia Gutiérrez del Castillo, cautivo en la modelo y capellán, que también acabó en la mesa de Franco:

«Certifico y declaro,

Que conocí y traté mucho a DON RICARDO DE LA CIERVA en los meses que estuvimos juntos en la Cárcel Modelo de Madrid de septiembre a noviembre de 1936; y me consta de ciencia cierta su patriotismo incondicional y entusiasta adhesión a nuestro Caudillo y su resolución de morir por defender nuestros ideales, manifestada varias veces en forma ostensible e inequívoca, negándose a prestar sus servicios a los rojos, por los que mereció el insigne honor de ser mártir por la Patria».

A nadie puede extrañar cuál era el alineamiento familiar (el objetivo de los monárquicos fue siempre derrocar la república mediante las urnas o mediante un pronunciamiento militar), sobre todo porque meses más tarde sería el propio Juan de la Cierva y Peñafiel, varias veces ministro con Alfonso XIII, figura clave en la política de esa época, con una salud delicada, soportando las privaciones y la falta de atención médica en su refugio en la embajada Noruega, quien fallecería. A ello debió de contribuir la muerte trágica de sus dos hijos. Según la amplia consideración de víctima que, para dar visos a cifras imposibles, se hace en la letra de la memoria histórica/democrática también este sería víctima de la represión del Frente Popular. Ello implicaría sumar en varios miles los muertos causados por esta represión.

Se ha escrito que Juan de la Cierva era el franquista que no conoció a Franco. No sabemos a ciencia cierta si lo llegó a conocer, pero evidentemente sabía quién era Franco. Ahora bien, quedan las hemerotecas. 

Al filo de su muerte escribía un interesante artículo su amigo de la infancia Tomás de Martín Barbadillo, vizconde de Casa González, en el que rememoraba el último encuentro de ambos en Salamanca, en el Cuartel General del Generalísimo, a finales de noviembre de 1936. No es difícil estimar qué hacía allí Juan de la Cierva. Al encontrarse Tomás le preguntó sobre sus actividades y este le contestó: «Mira, hasta que termine la guerra, no me hables del autogiro…» Y completa el recuerdo de sus últimos días del siguiente modo: «el hombre, finalmente, que dejó incontestada una carta del ministro del Aire de Inglaterra, por no hallar unos minutos que distraer a su formidable labor abrumadora, supo abandonar la obra de sus amores cuando la Patria en peligro le llamaba. Si en la paz glorificó el nombre de España ante el mundo, en la guerra la sirvió en altas misiones que  no puedo especificar hoy».

Y, después de lo escrito, me reitero: mal van si pretenden defender el merecimiento de que el aeropuerto murciano lleve el nombre de Juan de la Cierva, uno de los murcianos ilustres de la historia, amparándose en el uso del eufemismo conceptual o borrando parte de la historia. Se equivocarán. 

El problema no es la biografía de Juan de la Cierva. El problema es la ley de la memoria histórica/democrática que el PP no quiso derogar cuando pudo y ante la que, en su versión moderna, anda refugiado en la comodidad de la abstención. Y ahora se quejan porque no habían leído a Berthold Brecht.

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