Francisco Torres García

La estantería del historiador

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Los días después del aniversario del 11M

Se ha cumplido un aniversario más, bastante silencioso por otra parte -la instrumentalización política por la izquierda realizada entonces ha dejado de interesar y nadie lo quiere recordar-, de los atentados, del asesinato en masa, del 11-M. Aquel siniestro ataque que sirvió para derruir una victoria cantada del Partido Popular (¿lo interiorizó Mariano como una advertencia de que no debía molestar?), abrió la reconstrucción de un PSOE que aún lamía las heridas de su descrédito tras la corrupción sistémica del socialismo felipista y por su utilización de las alcantarillas del Estado. Esas que Felipe González se encontró e hizo suyas y que desde entonces dominan los socialistas -Aznar renunció a poner orden en la Casa y lo pagó-, aunque aún quede por aclarar todo el asunto Villarejo y sus connivencias con el aparato socialista. El 11-M abrió también la puerta al nuevo PSOE, el de las ideologías sustitutorias (feminismo, memoria, género y LGTBXYZ..) y de la entrega a los separatistas impulsada por el PSC para dinamitar España. ¿Pura casualidad?

Ahora bien, nada de eso estaba en los cálculos de aquella mañana que recuerdo a la perfección. Que se produjera un atentado en vísperas electorales estaba cantado, lo que nadie esperaba era su magnitud. No creo que nadie dudara  al principio de la autoría de ETA, los socialistas estaban desolados: para ellos estaba claro que habían perdido la remota posibilidad de ganar las elecciones. Sin embargo, en las horas siguientes alguien decidió cambiar el guión y a la inversión de la situación iba a contribuir la torpeza informativa del PP ante el aparato de propaganda de la izquierda encabezado por la cadena SER y las futura estrellas mediáticas de nuestro mini-Soros particular, el muchimillonario Roures. El gobierno picó y cayó en la trampa informativa que todos sospechamos que existió, aunque sea necesario oficializarla con la documentación que sin duda existe. Después era preciso que nada contradijera la nueva versión oficial que marcó la irrupción de los escraches como arma política y la difusión de la tesis de que sólo la izquierda, defensora única de la democracia y la libertad, está legitimada para gobernar.

No soy adicto a las teorías conspirtivas. Es más, muchas me parecen una soberana estupidez desde los tiempos de la afamada mano negra. No creo en los hilos invisibles, pero sí en el saber aprovechar convenientemente las circunstancias por parte del poder. Lo que siempre me llama la atención es la conjunción de las casualidades. No me sugestiona el recurso a los planes maquiavélicos, que dudo que sean tan posibles como los diseños que a posteriori se hacen sobre el papel, ni los ataques de “falsa bandera” que hacen agua por todas partes, incluyendo la intención de quienes los difunden, pero sí la hábil utilización en beneficio propio de lo sucedido. Y en esta línea de interpretación me parece más factible incardinar lo que sucedió el 11-M y, fundamentalmente, lo que aconteció después, que es lo realmente importante desde un punto de vista político.

Como cada cual tengo mi propia teoría, pero lo que la mayoría está asumiendo, por debajo del silencio impuesto al convertirse  el 11-M en un caso juzgado y convenientemente cerrado, es que casi nada de lo que se ha convertido en una verdad oficial, más allá de los hechos en sí, se ajusta a la realidad. 

Resulta cuanto menos sospechoso que aquellas asociaciones de víctimas, alguna, la más oficiosa, tan próxima al PSOE, después de tantas cosas como se han ido conociendo, después de tantos puntos oscuros, de tantos agujeros negros en la investigación, no hayan insistido, salvo honrosas excepciones, en que esto no es un caso cerrado tal y como mantienen, contra viento y marea, ese puñado de periodistas de investigación empeñados en conocer la verdad. 

También resulta cuanto menos sorprendente que el primer damnificado político, el PP, cuando volvió al poder de la mano del inútil y melifluo Rajoy, no asumiera la necesidad de investigar la trama que se puso en marcha unas horas después de los atentados para dejar clara su honestidad, aunque ello rompiera la verdad oficial. ¿Por qué el PP se conformó? ¿Quizás porque eso implicaba algo tan posible como probable como es la interconexión de los grupos terroristas? Algo que haría imposible la viabilidad de la nueva política con respecto a ETA. Esa que pasó por el ostracismo definitivo de las asociaciones de víctimas del terrorismo tras la victoria inútil de Mariano que  habían sido utilizadas por el PP como una de sus puntas de lanza en la calle contra el gobierno de Rodríguez Zapatero. Recordemos que hace unos días, en un encuentro público entre Zapatero y Rajoy, el dirigente socialista explicó que los debates a cara de perro entre los dos de aquellos años eran puro teatrillo.

Al cumplirse este aniversario, y he querido escribir sobre esto cuando pasarán unos días para otear la situación, algunas voces disidentes, ante el argumento de “caso cerrado”, de que los terroristas murieron en aquel piso que voló por los aires en el cinturón de Madrid y de que hay un individuo en prisión condenado a unos miles de años, pero que en unos cuantos saldrá a la calle -¡Ya lo verán!-, han pedido, subrayando las incoherencias y los errores de la investigación, la reapertura del caso. Petición que, dada la información de que disponemos, me parece más que necesario hacer viable ante lo que se me antoja una posible verdad incómoda.

Con todo lo dicho y leído en la mano es evidente algo huele a podrido en Dinamarca. Algo es oscuro cuando el nuevo PP, ávido de votos, ha dicho que si llega al poder desclasificará documentos, lo que no es decir mucho si no se ha compromete a reabrir el caso (lo de tirar la piedra para esconder la mano y no hacer realmente nada es una tradición que me parece que Casado va a respetar). Y es un caso, insisto, que es necesario reabrir. Pero todos sabemos que el PP cuando llega al poder es reacio a levantar las alfombras y mucho más si su socio forzoso es Ciudadanos. No me parece que, en este sentido, lo que está sucediendo en Andalucía sea una muestra de cambio, sobre todo porque el PP ansía restaurar el bipartidismo reconstruyendo el PSOE de siempre.

Nada me hace pensar que el atentado no fuera materialmente obra del terrorismo islámico, aunque entonces este no tuviera las dimensiones de hoy o de hace unos años, pero entonces era una amenaza evidente. España es uno de sus objetivos, entonces y hoy, pero en España no eran tan fáciles atentados como los del 11-M dentro de las operaciones que entonces propugnaban estos terroristas. Nadie duda de que si esa fue la mano ejecutora necesitó ayuda, como la necesitó, de forma más escandalosa, el comando que asesinó al almirante Carrero Blanco. ¿Que también hubiera omisión de acción es algo que siempre quedará en la nebulosa?

La clave, como ha señalado la investigación independiente, mucho más eficaz, entre comillas, que la oficial, pero que, estoy seguro, se ha nutrido de filtraciones, está en los explosivos. Esos explosivos cuyas pruebas fueron convenientemente destruidas. ¿Por qué? La respuesta es sencilla: porque el tipo de explosivo utilizado realmente no es de fácil acceso y mucho menos para los terroristas oficialmente responsables que tenían nivel de aficionados, a no ser que se les facilitara. Un explosivo militar que solo ETA podía pasar: otras hipótesis son descabelladas. Las mochilas artesanales, como la que se encontró, no podían haber ocasionado los daños que se produjeron en los trenes. Y así podríamos seguir, pero casi todos los lectores interesdos están al tanto de lo referente a la inexistente metralla, a los restos, pese al borrado, del explosivo Titadine y demás. 

No solo se tambalea todo lo referente al elemento clave, el explosivo. También lo que afecta a los autores materiales y a los testigos, según todos hemos podido leer y es que el comando suicida de Leganés, la furgoneta y tantas otras cosas estaban cogidas con alfileres a la verdad oficial. Mi gran duda, más retórica que real, es si ha existido un pacto en el poder ente unos y otros para asumir lo sentenciado y pasar página, por lo que dudo que, pese a las investigaciones periodísticas, el caso se vuelva a abrir. Pero también parecía que el caso GAL no llegaría a donde llegó aunque, eso sí, nunca quisieran despejar la X.

Y Franco, con una sonrisa, legalizó el bikini en 1953

Mira que si me da por hacer una encuesta y preguntar a los españoles de filas que si les parece bien que en España sea legal utilizar el célebre bikini.

No, no me he vuelto loco, aunque no sé si alguno de mis ojipláticos encuestados pensaría que le estoy tomando el pelo. Además de la aplastante respuesta afirmativa, en mi cocinado estado de opinión, les inquiriria por su consideración con respecto a quien lo legalizó. Me imagino que la respuesta también sería muy positiva y hasta alguno propondría que se le pusiera una estatua y un homenaje en las grandes localidades playeras por su contribución al desarrollo de la gran industria nacional. Pero…

Claro está que, con la nueva inquisitorial, totalitaria y liberticida propuesta de Ley de Memoria Histórica de Sánchez y el PSOE y el afán carcelario de Garzón y los restos de IU, acabaríamos todos, opinantes y encuestador, en un campo de concentración por exaltación del franquismo, porque el señor que lo legalizó, antes que lo hicieran otros países liberales y demócratas y con la oposición eclesiástica, se llamaba don Francisco Franco. ¿Cómo…?

Lo explicó, como tantas otras cosas, en mi libro “Franco Socialista. La revolución silenciada”. Y es que que en 1953 la encerrada, aislada, oscura e integrista -esa era la caricatura habitual que muchos sostienen aún hoy- don Francisco hiciera esas cosas deja atontados a no pocos rojiprogres y a los fans del recuerdo a la censura. Andan los periódicos recordándolo porque se cumplen 65 años de la famosa autorización de Benidorm -ya antes se utilizaba, el primero dicen que en Santander en 1948, pero siempre el Gobernador Civil de turno podía mandar a la Guardia Civil a poner unas multas difíciles de cobrar con tan exigua prenda-. A finales de los cuarenta ya pululaban por Ibiza, Benidorm y Marbella. Y andan como locos los periodistas tratando de explicar lo que no tiene mucho misterio y cómo torear la alabanza a Franco (un sapo para Susana Griso o Ana Rosa); porque la caricatura de Franco y la España oscura y retrógrada queda muy mal con estas cosas.

Pero es que los hechos dicen mucho de cómo era en realidad aquel dictador odioso y tiránico según lo retrata, entre otros con menor altura, el supremo sacerdote de la verdad, mi admirado profesor Ángel Viñas.

Así que el famoso alcalde de Benidorm -seguro que los sociatas, los podemitas y los de la memoria quieren quitarle honores y calle-, Pedro Zaragoza Orts, que había legalizado el bikini por bando municipal en 1952, pero al que le multaban a las turistas, franquista hasta su muerte, no como los franquistas hasta la muerte de Franco, se montó en 1953 en su Vespa y se presentó en las puertas del palacio del Pardo para hablar con el terrible y sanguinario Caudillo -Benidorm no era más que un pueblo de pescadores que descubría el turismo-. Y Franco, el dictador aterrador, hermético, frío, distante, el de la suntuosidad del monarca según nos cuenta ahora Juan Pablo Fusi -hay que ser innovador-, le dice al alcalde, que llega cubierto de polvo, grasa y oliendo a gasolina, pase, pase… como si estuviera en su casa (¡Ah, esos alcaldes que le decían “camarada Franco” y hasta le tuteaban!).

Imagínese mi querido lector que a usted se le ocurre irse de tal guisa a las puertas de la Zarzuela o la Moncloa… o a ver a cualquier dirigente cuando no tocan besos y abrazos de campaña.

Lo cierto es que don Pedro no tuvo que esforzarse mucho en convencer a Franco, pese a que su Ministro Arias Salgado estaba en guerra con el bikini, y salió del Pardo como amigo personal de don Francisco, cuando días antes el arzobispo de Valencia, Marcelino Olaechea, lo quería excomulgar -¡Qué cosas!-; y con con un aval sin firma: “si tiene algún problema no hable con el Gobernador Civil, me llama directamente”. Así que don Francisco estaba dispuesto a poner firme a quien hiciera falta por teléfono con respecto al bikini. Lo que nunca contó don Pedro, que yo sepa, es la cara que se les debió quedar al Gobernador Civil y Jefe del Movimiento así como al arzobispo cuando conocieran el resultado de la gestión. Sobre todo porque Franco, con un gesto que valía más que un papel escrito que nunca existió, envío a su mujer y su hija de visita al Benidorm de los bikinis unos días después. Franco se había acostumbrado a expresar su opinión mediante gestos.

No sé si las turistas de Benidorm gritarían aquello de “¡Franco, Franco, Franco!” al celebrar la dictatorial decisión de Franco, pero lo cierto es que el turismo se convirtió en un gran invento. Los turistas playeros llegaron por millones sin que nadie notara que España era un país aislado y odiado. Es más, se lo pasaban pipa en la dictadura de Franco, una dictadura cuanto menos algo rarita

Cuando quedarse en lo aparente no es suficiente

Seguramente alguien, como ha sucedido en estos días, podría objetar a mis palabras no haber leído con detenimiento la extensa sentencia del caso de “la manada” (larga por el voto particular de uno de los magistrados); solo una reveladora lectura en diagonal. Dejando a un lado el contenido y la tipificación de los hechos -recordemos que los artículos del Código Penal vigente son resultado de la reforma socialista-, lo cierto es que en la sentencia más que error judicial lo que hay es una derrota judicial de la instrucción, la acusación y la fiscalía; probablemente todos ellos en exceso confiados en la “pena del telediario”, en unos hechos que ya estaban masivamente tipificados por la opinión pública, pero es que la defensa también juega el partido. Más valiera a la acusación, ante los recursos anunciados, armar mejor el caso que confiar en la presión popular precedente y en la protesta desatada.

Los grupos feministas, que son un lobby muy heterogéneo, más sociológico que militante cuando se dan casos como este, se han echado a la calle apoyados por la lógica indignación ante los insuficientes 9 años de prisión de condena y la tipificación de los hechos; en su cola llevan su alineación con la izquierda, con los podemitas y la siempre oportunista y demagógica palabra de Pedro Sánchez (recordemos a Sánchez que lo que quiere reformar es obra de PSOE).

He contemplado una de esas manifestaciones pletóricas de las frases usuales y las he seguido por televisión, pero… ¿qué reivindican? Desde mi punto de vista lo que conviene, lo que es políticamente correcto y en concordancia con las tesis penales de la izquierda y de parte del centro derecha en consonancia con el “espíritu” de la cada vez más viejuna Constitución de 1978. Solo definiciones teóricas y abstractas… pero poca o ninguna referencia a las penas y a la consideración de la misma como elemento disuasorio, y es aquí donde radica una de las bases del problema. No por el juicio de “la manada” sino por el incremento de los delitos sexuales en general y de las violaciones en particular (un incremento del 6% en los últimos datos anuales conocidos).

No he visto entre las reivindicaciones peticiones de endurecimiento de las penas, ni de cumplimiento íntegro de las penas en esas manifestaciones, ni en todo el aparato mediático-propagandístico que las acompaña. Orgánicamente, los manifestantes, más del sexo femenino que masculino, son los mismos que están contra la prisión permanente -que en el fondo es un brindis al sol porque, al ser revisable, hecha la ley hecha la trampa-.

Es lógico que más allá de la sentencia, ante lo que se conoce de los hechos, no pocos españoles estén indignados; pero hubo delito y los integrantes de “la manada” han sido condenados a 9 años de prisión, algo que se está obviando. Defensa y acusación ya han anunciado un recurso que se iba a producir de todas maneras: unos, ahora contando con el poderoso, desde un punto de vista jurídico y mi particular lectura, voto particular, para conseguir reducir la pena o incluso la absolución (que pudiera darse si la acusación es inferior a la defensa); la acusación, para cambiar la tipificación del delito y dar peso a los agravantes, consiguiendo, en función de la vista, unos pocos años más de condena. Y que nadie se sorprenda si ahora comienzan a filtrarse fotos que al no tener voz pueden ser un arma terrible.

Más allá de ello, de este caso en particular, lo que nadie saca a debate es que en España este tipo de delitos tiene las posibles condenas que tiene. De forma muy escueta, apuntemos que el abuso, el atentado a la libertad sexual y la violación se castigan con penas de 1 a 12 años (las agravantes las pueden ampliar). Así pues un violador puede ser condenado a una mínima de 6 años, a menos si no llega a penetrar, y a 15 en la máxima si hay penetración y pocos agravantes. Pero se trata de penas irreales porque ya se sabe cómo es el cumplimiento real en España; pero en el caso de este tipo de delitos el tercer grado, a partir de 5 años, solo se alcanza tras cumplir la mitad de la condena. Y lamentablemente todos tenemos en la memoria cuáles han sido las condenas de violadores en serie o cómo han sido puestos en libertad para volver a violar (pero en estos casos en vez de sacar a la calle la indignación se ha guardado silencio).

Los autores del delito, porque la sentencia indica que lo hubo, los individuos de “la manada”, han sido condenados a 9 años en vez de a 15 o 16, por lo que pasarán 5 años en prisión. Y esto es lo que de verdad produce indignación, aunque se tenga buen cuidado a la hora de ocultarlo: la sensación que tienen los españoles de que, más allá de este caso, nuestro modelo fomenta la sensación de impunidad, de que el delincuente tiene más derechos que la víctima en nuestro Código Penal y en las disposiciones penitenciarias. Impunidad que es un acicate para el delincuente al perder la pena parte de su carga disuasoria.

El caso de “la manada” tiene ese otro componente, para mí fundamental, sobre el que nadie se pronuncia y es el grado de depravación, de embrutecimiento y de destrucción del andamiaje moral del individuo y la sociedad que, más allá de la tipificación y de cómo sucedieron los hechos, este caso muestra. Y en ese camino no estamos en el final sino en el principio por lo que los delitos, denunciados o no, se incrementarán. Ante ello de poco vale rasgarse las vestiduras por la sentencia de un caso, montar protestas según qué casos, para, al mismo tiempo, mirar para otro lado cuando se señalan las causas de que hayan manadas o individuos o cuando algunos sostenemos que no todo es moralmente aceptable como normal independientemente de si el consentimiento existe es pasiva o es fruto de la coacción voluntario (concepto este último que recomiendo que revise la acusación).

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