La estantería del historiador

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En torno a la polémica sobre Juan de la Cierva y su relación con Franco (II)

Francisco Torres García

A raíz de mi anterior artículo sobre la polémica desatada ante la continuidad del merecido nombre de Juan de la Cierva en el frontispicio del aeropuerto de su tierra, Murcia, algunos lectores me han escrito precisando, pidiéndome alguna ampliación o transmitiéndome algún testimonio como el hijo del exministro Pedro González-Bueno, quien fuera compañero de promoción y amigo de Juan de la Cierva.

Se ha escrito que Juan de la Cierva ni tan siquiera llegó a conocer a Franco, lo que a tenor de los testimonios no es cierto. Ya precisaba en mi anterior artículo que Juan de la Cierva había estado en Burgos a finales de noviembre visitando el Cuartel General del Generalísimo. Se ha escrito, para difuminar la realidad, que hasta los republicanos reconocieron, al referir brevemente su muerte, que «tuvo la gran virtud de encerrarse en los límites de su ciencia sin intervenir en las luchas políticas. Es indudable que se trataba de un hombre de derechas; pero ello no constituía obstáculo para que sus actividades estuvieran enmarcadas dentro de una neutralidad exquisita», sin olvidar, eso sí, mencionar que era «hijo de uno de los caciques clásicos que más han envilecido a España». Pero entonces nada sabían de su actuación a favor de los nacionales ni de su intervención en la compra del Dragon Rápide. De saberlo la crónica de este periódico hubiera sido distinta.

Revisemos el testimonio en sus memorias de su compañero Pedro González-Bueno, ambos eran amigos desde sus estudios y en 1935 «reverdeció» la relación cuando este viajó a Londres. Al menos registra dos ocasiones en las que Juan de la Cierva voló a Burgos para ver a Franco. En la primera, le indicó que «estaba en contacto con el Generalísimo para tratar de facilitarle aviación y me pidió autorización para poder enviarme telegramas cifrados al hotel Madrid-Londres, y que yo los entregara en el Cuartel General. Así lo hicimos en alguna ocasión».

En la segunda ocasión, Pedro acompañó a Juan de la Cierva al palacio de la Isla para entrevistarse con Franco. Le comentó que Franco le iba a preguntar si «podía facilitar alguna divisa más para continuar ayudando a la Aviación nacional». Textualmente anota que añadió: «Tengo gran preocupación porque no dispongo de más dinero y si no me facilitan nuevos medios tendría que comprometerme en créditos personales. Eso podría ser la ruina de mi familia».

Por el fragmento que incluimos en el anterior artículo de una carta a Franco de Pilar de Hoces, esposa de Ricardo de la Cierva, asesinado por los frentepopulistas, sabemos que Juan comprometió cuanto tenía. Añade Pedro González-Bueno que en esa reunión Franco le pidió a Juan de la Cierva que le recomendara algunos nombres para figurar en la Junta Técnica del Estado y este le dio el nombre de Pedro González-Bueno.

Si añadimos a lo relatado el testimonio reflejado en el artículo anterior de una visita al Cuartel General en esos días, debemos estimar que se refería a otra distinta a la que realizó con Pedro González-Bueno.

Lógicamente la actuación de Juan de la Cierva al servicio de los rebeldes primero y de Franco, como Jefe del Estado, después permaneció en secreto y, como señalamos, emergió entre líneas al fallecer en accidente. De la misma forma se hizo referencia a ella en algunos artículos publicados en el primer aniversario de su muerte, indicando que los diversos viajes que realizó entre julio y diciembre de 1936 fueron en «misión especial»:

«Gloria para su Patria y gloria para la Ciencia universal había sabido conquistar por sus talentos, y así respondía a los apellidos que sus progenitores habían hecho ilustres en el servicio a España, otros estímulos, de elevado patriotismo también,  movían su actividad en la ocasión que le era arrebatada la vida.

Por esta circunstancia, por la fecha en que ocurrió su muerte y asociada esta al motivo que le llevaba a cruzar los espacios, militante en la Cruzada, con milicia eficacísima para España, como héroe de la guerra, hemos de considerarle, si quiera no sea más que para añadir a los laureles que se disciernen a los sabios los que se otorgan a los que luchan en el campo de batalla».

Poco más se puede decir. Por valorar esas gestiones y para brindar apoyo a la familia, el 8 de diciembre  de 1937 Franco firmaba un interesante decreto que hay que leer entre líneas:

«Don Juan de la Cierva Codorníu, muerto el 9 de diciembre de 1936, después de prestar eminentes servicios a la Patria, pertenecía al Cuerpo de Ingenieros Civiles y dio renombre a España con sus investigaciones científicas en el extranjero, no escatimando nunca servir a la Patria en cuantas ocasiones fue requerido para hacerlo.

Queriendo premiar estos servicios y teniendo en cuenta que después de su gran amor a España todo su cariño era para el Cuerpo de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, al que pertenecía, dispongo:

Artículo primero: Para hacer honor al ingeniero don Juan de la Cierva y Codorníu, se le considera permanentemente en el escalafón del Cuerpo de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, para todos los efectos administrativos, en el primer lugar del escalafón, gozando de todos los ascensos que le pudieran corresponder en vida.

Artículo segundo. El sueldo que pudiera corresponderle será entregado, como pensión extraordinaria, a su viuda, doña María Luisa Gómez-Acebo y Varona, y a su fallecimiento, a sus hijos don Juan, don Jaime, don Luis, don Manuel, doña Ana María y, don Carlos».

La Historia, la amnesia, la proscripción y la persecución. El caso de Juan de la Cierva.

Francisco Torres García.- El pasado jueves escuché al Consejero de Presidencia de Turismo y Deportes de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia, el popular Marcos Ortuño, hablar, a cuenta de la decisión del gobierno de prohibir que el aeropuerto Juan de la Cierva continúe llevando el nombre de un insigne hombre de ciencia, pionero de la ingeniería aeronáutica e inventor del autogiro. Ello lo hacía el ejecutivo en virtud de la euforia censora que lleva aparejada la aplicación de la  «memoria histórica/democrática». 

Me ha sorprendido que Marcos Ortuño hable del sectarismo y del intento de la izquierda, a través de esa ley, de reescribir la historia. Básicamente porque si esa ley continua en pie es porque el Partido Popular no la derogó teniendo mayoría absoluta cuando Mariano Rajoy se había comprometido a ello. Sorprende la candidez, por ser suave en la expresión, del señor Marcos Ortuño cuando argumenta que la Ley de Memoria Histórica «no puede ser una herramienta para reescribir la historia al antojo de los socialistas». Tengo la impresión de que el señor Marcos Ortuño o no sabe de lo que habla o simplemente no se ha leído la ley. Ha prometido, eso sí, «luchar con todos los recursos» para que se mantenga el nombre. Tengo la impresión de que el nombre está sentenciado y que la línea de argumentación que se asoma va a ser contraproducente.

Don Juan de la Cierva se merece que el aeropuerto murciano lleve su nombre por los méritos contraídos con la investigación, la ciencia y la historia de la aviación española; poco más se puede decir, por ello se le honra. Y eso es lo que hay que mantener. 

Juan de la Cierva es un nombre digno, reputado, gloria de España, al que se honra en calles, plazas, centros de investigación, colegios, institutos… Y poco más hay que decir. Pero el gobierno ya tiene previsto que los nombres de brillantes intelectuales, esos que acompañan como apellido a los Premios Nacionales de Investigación, sean eliminados. Esta va a ser la gran contribución del ministro Pedro Duque a la historia de la ciencia española. Ramón Menéndez Pidal, Gregorio Marañón (es de suponer que recordarán que su hijo lucho como oficial con los nacionales y él mismo, desde su autoexilio, realizó una dura condena a la República del Frente Popular en 1937), Santiago Ramón y Cajal y Juan de la Cierva, entre otros, van a ir desapareciendo. Cabría pensar que al socialismo le molesta el homenaje a los científicos si estos no son socialistas.  

Craso error es tratar de esfumar la historia como coartada para hacerse perdonar. En esta línea no dejan de sorprender pronunciamientos como los del profesor Roberto Villa de la Universidad Rey Juan Carlos, argumentando obviedades del tipo «Juan de la Cierva nunca fue un fascista»  o que sus ideas estaban muy «cercanas a las de su padre, que era un monárquico». ¿Y? Igual que afirmar que no fue «franquista», porque murió en diciembre de 1936. Porque lo que a Juan de la Cierva no le van a perdonar es que estuviera entre quienes se enfrentaron a la España del Frente Popular.

Mal van si se empeñan en argumentar que vivió aislado de la guerra civil, refugiado en Londres, y que su papel se limitó, se ha escrito que hasta por razones de interés empresarial, a indicar qué tipo de avión podía alquilarse para un viaje. 

Mal van, porque a buen seguro que alguien va a recordar que el 1 de octubre de 1954, el «Día de la Exaltación del Caudillo», Franco le concedía a título póstumo el Condado de la Cierva (que me parece que en breve pasará a ser otro de los que Sánchez pretenderá retirar en aplicación de la memoria histórico/democrática; al tiempo); o que cuando las provincias elaboraron unos voluminosos informes, que en formato de libro contenían las necesidades estructurales para el desarrollo de la zona, que eran presentados a Franco en El Pardo por comisiones de políticos locales, en el de Murcia ya se señalaba la necesidad de un aeropuerto proponiéndose que se llamara Juan de la Cierva. 

Mal van si se empeñan en centrar su defensa en combatir el sectario informe del profesor Viñas (sectario por sus extrapolaciones interpretativas o por sus calificativos/descalifictivos y su afán por ver peligrosos fascistas por todas partes, no por gran parte de los hechos que narra) que anda empeñado en descubrir el Mediterráneo para ilustrarnos sobre una realidad conocida, pero muy incómoda hoy: que en 1936 no solo se sublevó una parte del ejército, sino que este contó con apoyos previos o inmediatos de las fuerzas políticas de derechas. No ya los «fascistas» oficiales, los falangistas o los carlistas, que no sé cómo los calificaría Viñas; sino de los monárquicos alfonsinos/juanistas y ahí cabría incluir a miembros de la familia de la Cierva. Pero también de la CEDA. Aunque Viñas acabará, en su anunciado próximo libro, haciéndose un lío léxico y dialéctico entre el golpe de estado, la conspiración civil, la trama monárquica… que en el fondo viene a dar la razón a Ricardo de la Cierva, sobrino de Juan de la Cierva, cuando anotaba que el 18 de julio acabó produciéndose en España un alzamiento cívico militar. El problema es que el PP condenó, si no recuerdo mal, ese hecho en sede parlamentaria al viento de la sumisión a la «superioridad moral» de la izquierda: de aquellos polvos se acaba en estos lodos.

Afirma el profesor Roberto Villa que todo lo que se ha escrito sobre la vinculación de Juan de la Cierva a la sublevación de 1936 y su posterior colaboración con los rebeldes, son conjeturas. Mal va, o más bien desconoce la historiografía desde la publicación de la Historia de la Cruzada Española en 1940 (una voluminosa y archicitada fuente para la historia de la guerra civil). Durante décadas ha habido coincidencia en dos hechos: primero, la colaboración de Juan de la Cierva en la compra del avión que llevaría a Franco desde Canarias a Marruecos para asumir el mando del Ejército de África; segundo, su actuación como agente de los nacionales en Europa. Otra cosa son las lógicas razones que le empujaron a abrazar esa causa, tanto ideológicas como coyunturales y familiares. 

Desde 1940, al menos, seguro que antes, la versión sobre la participación de Juan de la Cierva en la contratación del Dragon Rapide se ha reproducido sin que yo conozca que, hasta hoy, haya sido reputada como conjetura o limitada a un mero e inocente consejo.

El general Mola, a principios de junio, asumiendo que su proyecto inicial era inviable, que no contaba con los apoyos necesarios, varió su plan para un golpe de estado; pasó a ser necesario el traslado urgente de las tropas de África a la península para asegurar el éxito. Ello condujo a que lo que en principio era un papel secundario para estas tropas y para el propio Franco pasara a ser fundamental. Las tropas de África eran remisas a actuar en bloque si no las dirigía su leyenda, el general Franco. Para trasladar al general desde Canarias es Alfredo Kindelán quien se pone en contacto con Francisco Herrera, quien enlaza con Juan Ignacio Luca Tena, el dueño del ABC. Este llama a uno de sus hombres en Londres, el periodista Luis Bolín, para que contrate un avión capaz de realizar el vuelo. Los fondos para ello llegarían a la Banca Kleinwort. Bolín se pone al habla con Juan de la Cierva. Según Arrarás, en 1940, también periodista y con información directa recabada entre los protagonistas: «El señor La Cierva se comprometió en el acto a prestar la colaboración solicitada; sabía el fin a que se destinaba el avión, lo que el vuelo significaría para el Alzamiento que se proyectaba y, sin más se entregó con pasión patriótica a la tarea». Los hechos se desarrollaron entre el 5 y el 11 de julio de 1936. La Cierva se dirige al Director de la Compañía de Seguros de Aviación, quien le recomendó el contacto con la empresa Olley Air Service de Croydon. Esta le brinda un De Havilland DH.89 Dragon Rapide, dotado con dos potentes motores y con capacidad para 7 viajeros.

Salvo alguien que viviera alejado de toda información política, salvo alguien que no tuviera contactos con los círculos monárquicos, salvo alguien que no tuviera familia entre los dirigentes de Renovación Española, a estas alturas era imposible que no sospechara que un avión para una misión secreta y reservada, para volar de Canarias a Marruecos, solo podía tener un pasajero, Franco.

Con el avión y el piloto contratado estiman necesario camuflar el vuelo de viaje turístico, en ello va a colaborar otro personaje de los círculos londinenses que será partidario de los nacionales. Douglas Jerrold es quien se encargaría de buscar los pasajeros recurriendo al comandante Hugh Pollard. Y Luis Bolín y Juan de la Cierva se entrevistarán con él en Sussex para ultimar los detalles.

Para todo lo anterior no es necesario recurrir a Viñas, sino simplemente conocer lo publicado hace 80 años. 

¿Concluyó allí la actividad a favor de los rebeldes  por parte de Juan de la Cierva una vez que estimó que esa causa era la suya, como no podía ser de otro modo? No. Y tampoco hace falta recurrir a Viñas, aunque en sus investigaciones haya precisado algunas actuaciones a favor de los nacionales que no pueden despreciarse.

Dejemos al profesor Viñas y recurramos al prolífico historiador Ricardo de la Cierva, sobrino del inventor del autogiro. Nunca puso en duda la participación de su familiar al lado de los nacionales, asumiendo que su tío realizaba, según los textos de la época, «menesteres y embajadas sutiles» a favor de los rebeldes. Recordando que la documentación alemana indicaba que había sido «el principal agente secreto de Franco en Europa». No descartando que su muerte en un sospechoso accidente de aviación (de las 17 personas que iban en el avión sobrevivieron 5), en el que viajaba hacia Amberes, tuviera algo que ver con el hecho de que iba a entrevistarse con Wilhem Canaris. Por otra parte,  el Jefe del Estado Mayor de la Armada Nacional, Juan Cervera, en sus Memorias de Guerra, lo definirá como «nuestro gran agente».

Que actuó como «agente» para los sublevados y para Franco, que en octubre pasa a ser Jefe del Estado, es un hecho. Viñas, con la publicación de una carta de Juan de la Cierva, ha precisado que inicialmente trabajó para hacer llegar a Mola aviones de transporte y que estuvo en Italia para negociar el envío de aviones a los sublevados con intermediación de Alfonso XIII. A ello se añadiría su actuación posterior en Berlín, actuando en la adquisición de suministros (armas y munición). Ha señalado Viñas otra obviedad, que en Londres existía un importante lobby contrario a la República del Frente Popular, con notoria influencia de los monárquicos hispanos. Pero esto tampoco es algo desconocido. Basta con revisar la prensa, el Times y la campaña de cartas de personalidades a favor de Franco de diciembre de 1936.

Así, el 8 de diciembre de 1936, firmándola en la Cámara de los Comunes, varios diputados británicos encabezados por el general de división sir Alfred Knox, el capitán Alan Graham (exsecretario particular del lord canciller) y Víctor Raikes, presentan una carta ante las informaciones sobre los bombardeos nacionales sobre Madrid defendiendo a Franco: «nos consta que el general Franco es un militar caballeroso. Actúa no por ambición personal, sino por haber sido testigo de los ultrajes que sufría España bajo un Gobierno que se negaba a gobernar por puro servilismo a las izquierdas. Su movimiento solo precedió por  pocos días a la proyectada revolución roja, y ha hecho todo lo posible para salvar a los no combatientes, delimitando una extensa zona que se ha comprometido a no  bombardear». También a favor de los nacionales escribía, por ejemplo,  Francisco de Zulueta, catedrático de Derecho Civil en Oxford. Pero no solo en ese medio de comunicación, porque una parte importantísima de la opinión pública conservadora británica estaba con los mal llamados «franquistas».

Era lógico que en diciembre de 1936 se hiciera referencia de un modo críptico a las actividades secretas de Juan de la Cierva. Pero volvamos un poco atrás. Su hermano Ricardo de la Cierva y Codorníu había seguido la carrera política de su padre, siendo diputado conservador en 1920 y 1923 (también el inventor del autogiro llegó a ser diputado, pero abandonó la tentación política). Al constituirse Renovación Española, tras la proclamación de la República, entró en sus filas, siendo uno de los impulsores de la revista de pensamiento Acción Española, claramente posicionada contra la República desde su primer número (entre sus lectores figuraba Francisco Franco). Su familia había salido de España dirigiéndose a Francia, pero a él el estallido de la guerra le sorprende en Madrid. Es delatado y detenido, mientras su padre consigue esconderse de la muerte en la legación Noruega (si lo hubieran encontrado los frentepopulistas lo hubieran asesinado). Las autoridades noruegas obtienen promesas de que Ricardo no sufrirá daño alguno, pero pasará meses en la Cárcel Modelo para ser asesinado por los frentepopulistas en Paracuellos del Jarama. De lo que estaba sucediendo estaba puntualmente informado su hermano Juan, tal y como revelan los interesantes párrafos de una carta dirigida a Franco por su viuda Pilar de Hoces el 1 de octubre de 1952:

«Yo creo poder asegurarle, y quizás no lo desconozca V.E. que con el corazón traspasado, pero con legítimo orgullo, oí a las pocas horas de nacer mi hija póstuma de caridad en un hotel, que a mi cuñado Juan le habían pedido a Londres divisas en rescate de su hermano, y él en nombre suyo habíase negado a rescatarle así, y en el de su hermano conociendo no le hubiera perdonado tener su vida pagada a los enemigos de Dios y de la Patria. Sabe V.E. como este dio su vida en acto de servicio y como empleó aquellas divisas. Pero claro, ni a él ni a nadie pudo ocurrírsenos dejar pruebas de esto que solo se hizo en natural consecuencia de corresponder como español y cristiano, como se haría cien mil veces únicamente por estos santos amores a Dios y a la Patria».

Leyendo la carta no sería extraño conjeturar el conocimiento que de sus actividades tuvieran desde la zona republicana y el posible intento desde allí de evitar que siguiera operando, con las divisas que tenía a su disposición, a favor de la causa nacional, lo que nos llevaría a «conjeturar» que su muerte en diciembre de 1936 pudiera no ser un accidente (Viñas que es bueno fabricando conspiraciones mortales ya tiene argumento). El asesinato de su hermano no haría sino reafirmar su decisión de hacer cuanto fuera posible para que Franco ganara la guerra.

Es probable que en esta correspondencia, más amplia de lo citado, esté el origen de la decisión de Franco de crear el Condado de la Cierva en 1954 como reconocimiento tanto al inventor como al sacrificio familiar. Reproduzcamos, en este sentido, el testimonio de Santiago Hevia Gutiérrez del Castillo, cautivo en la modelo y capellán, que también acabó en la mesa de Franco:

«Certifico y declaro,

Que conocí y traté mucho a DON RICARDO DE LA CIERVA en los meses que estuvimos juntos en la Cárcel Modelo de Madrid de septiembre a noviembre de 1936; y me consta de ciencia cierta su patriotismo incondicional y entusiasta adhesión a nuestro Caudillo y su resolución de morir por defender nuestros ideales, manifestada varias veces en forma ostensible e inequívoca, negándose a prestar sus servicios a los rojos, por los que mereció el insigne honor de ser mártir por la Patria».

A nadie puede extrañar cuál era el alineamiento familiar (el objetivo de los monárquicos fue siempre derrocar la república mediante las urnas o mediante un pronunciamiento militar), sobre todo porque meses más tarde sería el propio Juan de la Cierva y Peñafiel, varias veces ministro con Alfonso XIII, figura clave en la política de esa época, con una salud delicada, soportando las privaciones y la falta de atención médica en su refugio en la embajada Noruega, quien fallecería. A ello debió de contribuir la muerte trágica de sus dos hijos. Según la amplia consideración de víctima que, para dar visos a cifras imposibles, se hace en la letra de la memoria histórica/democrática también este sería víctima de la represión del Frente Popular. Ello implicaría sumar en varios miles los muertos causados por esta represión.

Se ha escrito que Juan de la Cierva era el franquista que no conoció a Franco. No sabemos a ciencia cierta si lo llegó a conocer, pero evidentemente sabía quién era Franco. Ahora bien, quedan las hemerotecas. 

Al filo de su muerte escribía un interesante artículo su amigo de la infancia Tomás de Martín Barbadillo, vizconde de Casa González, en el que rememoraba el último encuentro de ambos en Salamanca, en el Cuartel General del Generalísimo, a finales de noviembre de 1936. No es difícil estimar qué hacía allí Juan de la Cierva. Al encontrarse Tomás le preguntó sobre sus actividades y este le contestó: «Mira, hasta que termine la guerra, no me hables del autogiro…» Y completa el recuerdo de sus últimos días del siguiente modo: «el hombre, finalmente, que dejó incontestada una carta del ministro del Aire de Inglaterra, por no hallar unos minutos que distraer a su formidable labor abrumadora, supo abandonar la obra de sus amores cuando la Patria en peligro le llamaba. Si en la paz glorificó el nombre de España ante el mundo, en la guerra la sirvió en altas misiones que  no puedo especificar hoy».

Y, después de lo escrito, me reitero: mal van si pretenden defender el merecimiento de que el aeropuerto murciano lleve el nombre de Juan de la Cierva, uno de los murcianos ilustres de la historia, amparándose en el uso del eufemismo conceptual o borrando parte de la historia. Se equivocarán. 

El problema no es la biografía de Juan de la Cierva. El problema es la ley de la memoria histórica/democrática que el PP no quiso derogar cuando pudo y ante la que, en su versión moderna, anda refugiado en la comodidad de la abstención. Y ahora se quejan porque no habían leído a Berthold Brecht.

Frías divagaciones (Las gentes del cine en la División Azul)

Francisco Torres García

Los historiadores suelen abusar de los tópicos, especialmente cuando se presentan como innovadores. Desde hace unos años se incide en la trascendencia sociocultural de los hechos y no es extraño que, en la proliferación de TFGs y demás elementos de los másteres al uso, aparezcan referencias a estos aspectos referidos a la División Azul como planteamiento novedoso. A veces lo hacen con un conocimiento muy somero de la bibliografía y prescindiendo –solo los nombran cuando no les queda otro remedio–  de determinados estudios que, evidentemente, no sintonizan con las idas previas de estos autores, sugeridas o autónomas, con las que abordan unas investigaciones que casi siempre deben estar en sintonía con el “director”.

La vertiente sociocultural de la División Azul o, mejor dicho, de los voluntarios de la División Azul, es algo a lo que hemos dedicado espacio en nuestros trabajos de investigación, aunque algunos traten ahora de descubrir “la Mar Océana”. Desde la primeriza aportación de Carlos Caballero y Rafael Ibáñez sobre los “escritores en las trincheras”, nos ha llamado la atención esa vertiente sociocultural del “hecho divisionario”: el peso de los guripas en el mundo de las letras o la medicina, pero también de la política o la empresa durante los cuarenta o cincuenta años siguientes al retorno de los combatientes; por no entrar en lo que ha significado el “hecho divisionario” dentro de las filas del ejército español entroncado en el concepto de “la familia militar”. 

En este tiempo, nos hemos cansado de repetir, a veces con escaso éxito si nos atenemos a opiniones próximas y ajenas, que los divisionarios constituyeron un elemento a tener en cuenta en la sociedad española del régimen de Franco por su cualificación política o profesional. En este momento de la investigación es, por ejemplo, un mito el hablar de la “marginación” de los divisionarios cuando ellos ocuparon centenas de cargos políticos en el régimen de Franco, tanto a nivel municipal como sindical, y algunos ejemplos vamos a traer a colación.

Cierto es que nuestra visión no va a coincidir, por eso tratan de difuminarla, con estos “nuevos” estudios, que a veces arrancan en su explicación conceptual-teórica alguna sonrisa, y que como elemento descalificador apriorístico abusan definiéndonos como “historiadores prodivisionarios”. Lo que además de ser una majadería implica que ellos, con una falsa vitola de academicismo objetivo, asumen, sin decirlo, el papel de “historiadores antidivisionarios”.

En nuestros trabajos, sin embargo, no hemos obviado las referencias a la literatura o al cine, o la presencia en la sociedad civil por méritos propios, de los divisionarios. Quien firma estas líneas ha dedicado amplias referencias a ello porque es un tema que me interesa particularmente y en el que hace tiempo Carlos Caballero, que ejerce casi de director de investigaciones “prodivisionarias” en el inasumible lenguaje de los citados,  me anima a escribir pese a mis muchos compromisos.

Viene al caso el recuerdo y la digresión sobre el debate historiográfico (en realidad algunos lo que ejercen es un monólogo disfrazado) porque hace unas semanas, trabajando en una publicación inminente sobre un gran éxito del cine patrio en los años cuarenta, reparé en la presencia entre los voluntarios de, como a veces se dice, “gentes del cine” de la época. Jóvenes que habían iniciado prometedoras carreras antes de marchar a combatir en la cruzada anticomunista. A uno de ellos copio en parte del título de estas páginas que además fue el motivo de este trabajo, Juanchu Arrabal. Estoy seguro que los hallados son solo una  fracción y que conforme continúe investigando encontraré más casos.

No vamos a abusar, en estas líneas, de quienes, tras ser guripas, desarrollaron una carrera conocida en el mundo del cine. Ahí brillan directores y guionistas como  Pedro Lazaga Sabater (director de una película con tema divisionario como La Patrulla y de cintas como La Fiel Infantería, o las muy recomendables El frente infinito o Posición avanzada, que aportan un discurso muy interesante sobre la guerra civil en los cincuenta y en los sesenta y que deberían revisar quienes reconstruyen biografías), combatiente en Rusia en la 1ª Batería, calificado como distinguido en Krasny Bor y condecorado con la Cruz de Hierro de 2ª clase (conviene recordar que Lazaga rodará en 1956 Torrepartida abordando el tema de los maquis a los que presenta como crueles bandoleros). Dejemos a un lado las manidas y torcidas referencias a Luis García-Berlanga Martí (combatiente en la 4ª Batería del II Grupo Artillero), ya de sobra puntualizadas por Carlos Caballeros. También nos conformamos solo con la cita de actores como Luis Ciges (combatiente, según su imaginativa definición, en un grupo de asalto y caza-tanques). No nos vamos a detener, más allá de la mención precisa, en los que, tras pasar por la División, escribieron un guión  cinematográfico sobre la epopeya. El primero, Alberto Crespo Villoldo, combatiente en la 2ª/269 (RutaIX en colaboración con José García de Ubieta e Igor Perchine Posnak; este último era un soldado ruso alistado en la DEV), quien además se integró en el Círculo de Escritores Cinematográficos. El segundo, Demetrio Castro Villacañas (Cautivos, 1954 escrito en colaboración con Antonio González Saez y Juan González García). 

En el mismo sentido, no resulta tan extraño encontrar divisionarios vinculados a RTVE. Entre ellos mencionemos al coronel y profesor en la Academia de Artillería (autor de un manual sobre tiro y topografía), Roque Pro Alonso (teniente provisional en la 4ª Batería del II Grupo Artillero y abogado), que además ocupó la Secretaría Nacional de la Organización Sindical, siendo también procurador en Cortes (vicepresidente de la Comisión de Trabajo). Según parece hizo pinitos con los guiones y fue Director General de TVE entre 1962 y 1964.

El menos conocido de los directores de cine que antes estuvieron en la División Azul, combatiendo en la 1ª Batería, fue el madrileño Pío Ballesteros Ledesma, usualmente citado como uno de los “malditos” de la cinematografía hispana, pues sus películas son hoy ilocalizables (un incendio en la productora parece ser que las destruyó). Este madrileño, frecuentador de tertulias, amigo de Camilo José Cela, se inició en el mundo de la dirección en 1946 con una obra perdida con textos del Nobel de Literatura (Cela también tuvo pasión por el cine en ese tiempo y hasta intervino haciendo cameos). Solo dirigió 3 películas a la que se suma otra documental y no alcanzó el éxito. Sin embargo, tuvo mayor fortuna como guionista o productor ocasional. En los sesenta entró como redactor del célebre NO-DO y ahí permaneció. Es decir que Pio Ballesteros fue el coautor de los textos que acompañaban al noticiario, algo que el lector no debe pasar por alto a la hora de calibrar su posición política. Ballesteros se puso ante las cámaras como locutor y conductor en 1982 del documental dedicado a la División Azul en la serie de televisión España, historia inmediata

Algunos divisionarios llegaron a participar como extras representándose a sí mismos como prisioneros en los campos de concentración soviéticos, en Embajadores en el infierno. Fue el caso de Carlos Juncos, Desiderio Morlán, Félix Alonso Gallardo o Victoriano Rodríguez. El sargento en Rusia Ángel Salamanca Salamanca estuvo como puntilloso asesor, de ahí el realismo escénico del campo de concentración recreado. Pero también hubo divisionarios que hicieron carrera como actores de teatro y cine.

Hoy, probablemente, pocos recuerden al actor asturiano José Suárez (José Liardo Suárez Sánchez). Su vocación en el cine comenzó al volver de Rusia. Antes de la guerra la muerte de su padre colocó a su familia en una situación de estrecheces económicas. En 1938 se presentó voluntario para luchar con los nacionales, lo hizo en una unidad de infantería con la que luchó en el Ebro, pasó a la Legión y se hizo falangista. No fue suficiente y en 1941 se alistó como voluntario en la DEV, tenía 22 años y volvió a España en 1943 con el grado de Sargento. Como a tantos otros fue, sin duda, su físico y la fotogenia lo que le abrió las puertas del cine, según las críticas de la época “parecía un galán americano”.  En 1944 rodaba su primera película, Altar Mayor. Sin embargo, su paso por el cine está ligado a su papel protagonista en la  célebre Calle Mayor de Juan Antonio Bardem o en el de Brigada Criminal.  Fue uno de los grandes actores de la década de los cincuenta. Nunca renunció a sus ideales. A principios de los 70 ejercía de alcalde del pueblo asturiano de Aller, también había sido presidente de la sección de actores del Sindicato Nacional del Espectáculo y de la Mutualidad Laboral de Artistas, lo que nos deja el rastro de sus inclinaciones sociales. En Trubia, su pueblo natal, le dedicaron en 2018 una placa y un parque. Unas semanas después  amparándose en la “ley de la memoria histórica”, se pidió su retirada por su pasado franquista, pero los vecinos votaron por mantener el homenaje.

Más difícil sería pensar en el murciano José García Guardiola, actor y actor de doblaje (fue la voz de Charlton Heston en español: ¡Quién podría imaginar que cuando oímos a Ben-Hur o a Moisés probablemente escuchamos a un divisionario!). En los créditos solía aparecer como José Guardiola, lo que puede confundir con el cantante del mismo nombre pues también hizo algunos pinitos en la canción. Su familia emigró desde Jumilla a Barcelona, al estallar la guerra tenía 16 años y por razones lógicas se apuntó a unas milicias hasta que pudo volver a su pueblo. Al acabar la guerra fue encarcelado, pero el gobernador civil, Elías Querejeta (padre del director de cine del mismo apellido), le puso en libertad. Estaba haciendo la mili en África cuando se alistó en la División Azul. Inició su carrera teatral en 1948. En 1951 participaría en la película Surcos del falangista Nieves Conde y a partir de ahí formaría en el reparto de numerosas películas.

Dejemos atrás estos ejemplos posteriores y volvamos a aquel momento iniciático de 1941. La División estuvo pletórica de jóvenes de una generación que podía haber sido más fértil desde el punto de vista profesional o cultural. Muchos estudiantes marcharon a Rusia en un tiempo en el que estudiar no estaba al alcance de todos, pero parte de aquella generación quedó para siempre en las tierras rusas. Forman parte de ellos estos a los que me refería en las motivaciones de este artículo. Breve encuentro casual de un tipo de voluntario que anda aún perdido entre los borradores del recuerdo.

Entre esos divisionarios perdidos, relacionados con el mundo del cine, he encontrado, en la que para mí es una faz desconocida del personaje, a Vicente Gaceo del Pino, que dejó la vida y su futuro en los alrededores de Udarnik el 27 de diciembre de 1941, combatiendo en la 2ª/269ª cuando una ráfaga le segó las piernas. Es usual indicar que, además de ser abogado y de su papel político, entonces escribía en el falangista diario ARRIBA y en HAZ. En 1946 Franco le concedió la Palma Roja. Lo que hasta ahora me resultaba desconocido es que entre sus escritos en diversos medios encontramos los vinculados al cine y a la propuesta de un cine nacional en el que se aunara lo plástico, lo literario y lo misional, pero también que ejercía como crítico cinematográfico. Formó parte del prestigioso Círculo Cinematográfico Español, siendo el organizador de su biblioteca. Al caer en Rusia la revista Primer Plano se sumó al luto “por la pérdida de uno de sus más puros, jóvenes y prometedores valores” en “esta hora del Cine español”. 

No solo Gaceo del Pino cultivaba entonces la crítica cinematográfica, también lo hacía en Primer Plano un joven periodista, que también formaría en las filas de la División Azul, José Luis Gómez Tello (sirvió en la Compañía de Radio divisionaria), aunque su larga y fructífera carrera periodística se centraría en las relaciones internacionales.

El segundo de estos divisionarios vinculados al mundo del cine sería el murciano Pío García Viñolas, hermano del director Manuel Augusto García Viñolas, Jefe Nacional de Cinematografía fundador del NODO y autor de varios documentales de guerra. Ambos hermanos eran falangistas. Pío era responsable de la sección Positivo sin revelar de la revista cinematográfica, de la que era fundador, Primer Plano, en la que se ocupaba, semana a semana, de lo que se estaba rodando o estrenando en España. Había sufrido la persecución y la prisión durante la guerra en la zona frentepopulista. Miembro del SEU en 1940 era Secretario del Distrito Universitario de Murcia. En 1941 acudió presuroso a alistarse; para asegurarse la plaza decidió inscribirse en varios banderines de enganche (lo hizo en Madrid y en Murcia). Al volver de Rusia siguió con su vinculación al mundo del cine, iniciando su actividad directa en películas con la superproducción de 1944 Inés de Castro. Fue director de segunda unidad en películas como Héroes del Aire o El tigre de Chamberí y como secretario de producción estuvo vinculado a la filmación de Embajadores en el infierno. En 1945 fue uno de los fundadores del Círculo de Escritores Cinematográficos, cuyo objetivo era y es “la defensa y divulgación del arte cinematográfico” al que también pertenecía Pío Ballesteros (ambos formaban parte del jurado de sus primeras medallas junto con el también divisionario Alberto Crespo), y jurado en las primeras ediciones del Festival Internacional de Cine de San Sebastián. En los años sesenta sería director general de NO-DO.

Llegados a este punto conviene enmarcar adecuadamente el ambiente intelectual-cinematográfico en que se movían estos guripas, pero también la influencia que pudieron ejercer en quienes después se dedicaron a la dirección cinematográfica con ese vínculo inmaterial. Las definiciones sombrías, las caracterizaciones como “época oscura y represiva”, alejada de toda “creación”, de la posguerra y en especial de los años cuarenta, convertidas en tópico descalificativo, suelen ocultar un rico mundo de actividad cultural. Sorprende a quien arranque con esas premisas, aunque lo calle, la calidad editorial de las revistas de estos años, muchas vinculadas al falangismo como corriente renovadora. Hay que tener presente que antes de la guerra la Falange tenía un cine club dentro de su programa de actividades. En el mundo del cine, en 1941, brillaban con gran despliegue revistas como Radiocinema. Revista cinematográfica española y Primer Plano. Revista Española de Cinematografía, a las que se uniría Cámara. En torno a las dos primeras se movieron nuestros guripas y algunos de sus ejemplares llegarían al frente de combate. No eran solo revistas divulgativas, sino difusoras de la necesidad de crear un nuevo tipo de cine nacional, defensoras del cine hispano, impulsoras de la huida de algunos tópicos que se derivaban de la eclosión de la producción cinematográfica desde los finales del reinado de Alfonso XIII, que planteaban que el cine que debía nacer no solo sería cauce de entretenimiento sino también de educación en los valores de un discurso político como el que ellos representaban. Revistas que además prestan atención a los aspectos técnicos y al intramundo del cine. Ahí está la evolución rápida de los primeros cuarenta con respecto a la teorización del cine y la guía que, de algún modo, abrían las propuestas de los directores (Arévalo, Sáenz de Heredia, Antonio Román, Luis Lucia, Rafael Gil, Catellví, Neville, Quadreni…) que conducirían a Berlanga o Bardem, por más que algunos estudiosos traten de presentarlos como abrupta ruptura. Corriente de publicaciones sobre las películas que se continuaría. Así en 1944 comenzaría a publicarse Cine experimental en la que trabajaría Pedro Lazaga.

Pese a su temática monográfica, estas revistas dedicaron algunas de sus páginas a la División Azul en esos años. Revisando las dos primeras nos encontramos con la petición de madrinas para algunos divisionarios que siguen las revistas o la inclusión de referencias a actos vinculados a la DEV. Destaquemos: el reportaje ilustrado titulado “Los hechos heroicos de la División Azul en la pantalla” sobre la gran exposición organizada por la Vieja Guardia en el Círculo de Bellas Artes con proyecciones de documentales alemanes (Primer Plano, nº 68); la reseña del acto que se realizó por “los camaradas del distrito universitario” en Madrid en el cine Metropolitano con la presencia del actor y locutor Fernando Fernández de Córdoba (Fernández de Córdoba había sido el narrador de la película documental La División Azul. La gloriosa epopeya de los voluntarios españoles en la lucha contra el bolchevismo. Estrenada en 1942 es  la primera película sobre la DEV, aunque también debiera incluirse la readecuación de la trama realizada sobre la obra de Luca de Tena, estrenada ese año, titulada La condesa María), en el que los hijos de varios voluntarios pudieron hablar en directo por radio con sus padres que estaban en el frente (Primer Plano, nº 82); poemas de Ridruejo; reportaje de las actuaciones en el hospital de Konisberg para el entrenamiento de los guripas realizadas dentro del programa Tardes de Música y Atracciones organizado a través de la AO, que era la asociación para los alemanes que estaban en el extranjero (Radiocinema, nº79).  

El tercero de estos guripas de la primera hora es Juanchu Arrabal, hijo del escritor Bonifacio Arrabal, quien bajo el seudónimo de Labarra, ejercía de crítico cinematográfico para la revista Radiocinema.

Cuando se abrieron en 1941 los banderines de enganche Juanchu aún no había cumplido 20 años. Volvió a España en el verano de 1942 con congelaciones y en la estación le esperaba su madrina de guerra, la gran artista de la época Estrellita Castro, para acudir a una pequeña recepción en la redacción de la revista. Desde Rusia envió diversas cartas a sus compañeros. En una de ellas se  puede leer: “No os preocupéis por mí, y lo mismo  puedo deciros de mis camaradas. Estoy tan gordo y fuerte como cuando salí de casa, y con mucho entusiasmo.  Se me olvidaba deciros que el día de mi cumpleaños lo pasé muy bien, pero no me fue posible comulgar, claro que recé con más fervor que nunca”.

Labarra, como tantos voluntarios, era falangista y católico. Lo curioso es que no muchos escribieron entonces sobre lo que estaban viviendo en Rusia para publicarlo en las revistas y periódicos donde colaboraban. Algo que ha subrayado Carlos Caballero en su estudio sobre la figura de Demetrio Castro Villacañas (2017), pues la nómina de escritores y periodistas fue muy larga en la División pero no escribieron en la Hoja de Campaña, básicamente porque fueron a Rusia a “servir en primera línea”; tampoco los 20 miembros de la plantilla de ARRIBA que marcharon a Rusia en 1941 aprovecharon para mandar con regularidad crónicas desde el frente, lo que no deja de ser significativo. 

Por lo que fuera, un día, Juanchu decidió mandar un artículo a su revista de cine, Radiocinema. Lo hizo no para hablar del frente sino para hablar de  cine; del cine nacional que prefería y que postulaban las páginas de esas revistas vinculadas al falangismo. Sus divagaciones afloran en una conversación entre dos voluntarios, entre él y su sargento, caminando entre las trincheras que vamos a reproducir titulado “Frías divagaciones cinematográficas de un aficionado, voluntario en la División Azul” y que nos da, cuanto menos, una imagen curiosa de la vida en el frente y la costumbre de hablar mucho entre ellos y sobre muchas cosas. Artículo que como cierre de este trabajo vamos a reproducir:

“El lugar donde se ha efectuado esta charla es, acaso, lo único que tiene de original, y lo que puede darle algún valor. Por regla general, desde los primeros días en la historia del periodismo, las interviús se realizan en amplios vestíbulos, en acogedoras habitaciones, o sentados ante cosas olorosas de vino español en Madrid, en un restaurante de la Avenida José Antonio.

Pues bien, este reportaje tiene como escenario una estrecha y blanca trinchera del frente ruso, y como fondo musical: el estallido discorde de algunas granadas de mortero.

¿Es esto original?  Pues lo único original que puede ofrecer esta charla. Lo demás, como siempre; preguntas y respuestas y casi idénticas las contestaciones.

Fue anoche cuando surgió, y sin ninguna intención de realizarlo. Conservaba yo mi puesto de centinela que había montado hacía rato, vigilante, frente a las trincheras soviéticas. 

Unos pasos sobre la nieve me obligaron a volver la cabeza y reconocí, en la silueta que se acercaba, Monje, el sargento de servicio.

–A tus órdenes. Sin novedad –dije.

–¿Fío? –me peguntó.

–No mucho. Un aire molesto por la izquierda pero nada más. ¿Qué dice el termómetro?

–Ahora 39 grados  bajo cero –contestó.

Y agregó. 

–Es la hora de tu relevo

Efectivamente, sobre la extensa llanura nevada se perfilaba ya la silueta del cabo de cuarto y el centinela entrante. A pesar de la baja temperatura, la noche estaba aceptable, en comparación con otras anteriores. Una mirada a las estrellas que brillaban en la nítida atmósfera me recordó esas otras que derrochan su arte frente a las Cámaras en nuestros Estudios Cinematográficos. Fue entonces cuando concebí la posibilidad de un reportaje. Y con el mismo sargento dialogué, camino de la trinchera, entre matorrales, ciénaga y fango.

–…

–Camarada Labarra, me pones entre la espada y la pared con tu ocurrencia, porque a estas horas y con el frío que hace la charla va a salir hecha un “sorbete”,  pero, en fin contestaré a tus preguntas. Yo creo que el cine puede definirse como una necesidad nacional, aunque también sea admisible la definición de “narcótico”. Es, de necesidad nacional cuando la cinta tiene la alteza de miras y el sentido histórico de Sin novedad en el Alcázar y “narcótico” cuando exhiben cintas mediocres. En este caso el cine es mucho más eficaz e inofensivo que el opio, para dormirse plácidamente en la butaca.

– ¿Qué cine prefieres?

– Rotundamente, el nacional

– ¿Por qué?

– Por ser nuestro y, además, porque es más fácil “digerir” un paquete de largo metraje de marca hispánica que breves rollos yanquis sin argumentos, pies, ni cabeza, como los que desgraciadamente hemos tenido que soportar en las pantallas españolas.

– …

– Prefiero las películas no musicales –nos dice el sargento Monje– y creo que esta preferencia es consecuencia de mi desmedida afición por la música.

– ¿Y qué opinas de los film de cowboys?

– Que me llenan de asombro como a todos los que vamos al cine. Esos maravillosos pistolones de los vaqueros…, que no necesitan cargarse para dar tiros a discreción… Estas películas ofrecen la ventaja de que no hay que esperar hasta el final para conocer el desenlace. Es poco más o menos el siguiente: el chico salva a la chica contra los bandidos capitaneados por el cacique del lugar, los cuales la secuestraron en el asalto a la diligencia. La chica obsequia al apuesto vaquero con un abrazo rural ante el sheriff, que se hace el distraído, en tanto el caballo lanza relinchos de satisfacción. Este detalle del noble bruto, “viste mucho” en los finales de las películas del lejano Oeste, afortunadamente ya tan olvidado.

– ¿Quieres definirme humorísticamente lo que es un Estudio?

– Puede considerarse como una casa de locos, poco ingeniosos, que saben hacer hermosa a la estrella que ya conoció sus éxitos en los tiempos del cine mudo y hacer creer al público que el galán se mata desesperado en el interior de un magnífico coche

– ¿Y un contrato, qué es?

– El sueño dorado de un moderno amante de la fama.

– ¿Qué me dices de la popularidad?

En Campaña. Rusia, 1942”

– Desde luego, es algo muy divertido. Halaga la vanidad que todos llevamos dentro.

Cuéntame algo de cine en que hayas sido protagonista…

– Mi padre me vio en un noticiario de la UFA de la División, en el Cine Bilbao de Madrid, y como es natural lo dijo en casa. Aquí tienes a mi madre, enemiga  del cine como buena aficionada al teatro, recorriendo todas las salas, pues cuando fue al Bilbao ya habían retirado del programa aquel Noticiario… ¡hasta que lo localizó!… ¡Y me tomaba el pelo cuando yo metía prisa por la cena para irme al cine…!

Reímos. Pero hasta la trinchera llega el tableteo de una ametralladora que nos recuerda al enemigo. Arriba las estrellas, que también se ven desde España, nos hablan de los nuestros

LABARRA”

(Artículo publicado en Blau División)

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