Francisco Torres García

La estantería del historiador

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¿Casualidad o providencia? Releyendo a Onésimo Redondo.

¿Casualidad o providencia? No estaba previsto que un libro centrado en un tema local, aunque escrito, como es usual en mi trabajo sobre grupos, como muestra nacional, La vida por José Antonio. Entre la represión y el olvido (Ediciones Barbarroja, 2016), acabara presentándose en varias ciudades. Así, lo que en principio fue concebido como un trabajo de recuperación de la verdadera memoria histórica, coincidente con el aniversario de los hechos, el asesinato de más de 200 falangistas en la provincia de Alicante por el Frente Popular, pese a no ser un libro de distribución a librerías y ser un libro silencioso, lleva camino de tener en breve una segunda edición dada la acogida que le están dispensado mis lectores.

¿Casualidad o providencia? Incluía en este libro, como muestra de lo que fue la participación activa y no pasiva, prevista y no a resultas de unos hechos, de la Falange y los falangistas en la sublevación cívico-militar de julio de 1936 (algo que ya había desarrollado en mi anterior trabajo El último José Antonio, donde se abordaba la participación directa del fundador de la Falange en la fracasada sublevación de Alicante), un olvidado discurso pronunciado por Onésimo Redondo en Valladolid en la noche del 19 de julio de 1936: “Y al lado del Ejército -¡anotadlo todos!-, anótenlo sobre todo los que alimentan la esperanza de resurgir, está Falange Española de las JONS. Estas camisas que se han ofrecido por millares, albergan pechos que ya no se retirarán sino con el triunfo o con la muerte. Estamos entregados totalmente a la guerra y ya no habrá paz mientras el triunfo no sea totalmente completo”.

¿Casualidad o providencia? El pasado 4 de marzo, LXXXIII aniversario de la fusión de FE con las JONS, la reconstituida Hermandad de la Vieja Guardia de Valladolid me invitó a presentar este libro, La vida por José Antonio. Evidentemente, por razones fácilmente comprensibles, esta presentación conllevaba el recuerdo a Onésimo Redondo, caído al iniciarse la guerra en un enfrentamiento con anarquistas en Labajos, enlazado con las razones que me mueven a realizar este tipo de investigaciones. No pocos me pidieron después del acto que, al menos, recogiera, de algún modo, en un escrito esa parte de mi intervención. Siendo este el motivo de este artículo.

Anotaba Onésimo Redondo -decía en esa presentación-, uno de esos españoles grandes injustamente olvidados hasta por quienes se presentan como sus continuadores, una figura que políticamente pocos suelen reivindicar, coincidiendo con el pensamiento de no pocos intelectuales en la época, que en “el fondo de toda lucha política late una lucha por la cultura”. Vienen al caso estas palabras porque en ocasiones, por la temática de muchos de mis libros y escritos, cuando voy más allá del frío de lo estrictamente académico, cuando salto por encima del discurso histórico políticamente correcto, me han preguntado o incluso teorizado sobre la conveniencia, actualidad y valor político de actos de presentación o conferencias como los que habitualmente realizo, como este; sobre la aparente inutilidad de recorrer España para trasladar estas páginas de la historia a unas decenas de españoles -en ocasiones algunas centenas, conviene subrayarlo-, cuando debiera centrarme en cuestiones mucho más actuales que realmente interesen a los españoles de hoy y no insistir en lo que aconteció hace 70, 80 o 50 años. Temas que incluso, para algunos que debieran estar interesados en que el olvido no borre las páginas, llegan para estos a convertirse en un recuerdo “molesto” ante las necesidades que plantea el necesario aggiornamento con los tiempos, cuando no, directamente, la subordinación de la historia a un discurso político teóricamente renovado.

Ante este planteamiento yo siempre suelo, en mi reflexión, estimar que se equivocan. Difícilmente se puede ser coherente cuando se ignora o no se asume la historia propia y, aún en la sociedad actual, actos que explican esa realidad histórica son necesarios pues difunden la auténtica memoria histórica. En esta línea de pensamiento afirmo, invirtiendo la frase de Onésimo Redondo, al menos en mi caso, que en el fondo de todo combate cultural aparece una lucha política. Y, por tanto, este el modo en el que un profesor más que un político, que es como ahora me siento, trabaja en la defensa y difusión de unos ideales y unos valores. Por ello parte de mis libros o mis artículos, que son objetivos, porque se basan en la búsqueda abusiva de una documentación que los sustente y que ha sido hurtada, consciente o inconscientemente, ni son neutros, ni buscan la equidistancia, ni se avergüenzan, ni reniegan, ni se escudan en perdones permanentes o descafeínan un pasado del que algunos nos sentimos orgullosos, de la vida de unos hombres, como los en este libro biografiados colectivamente, a los que tenemos la obligación de homenajear y reivindicar.

Lo anteriormente apuntado es la simiente que ha dado luz a La vida por José Antonio. No ha sido, y debo subrayarlo, por decisión y mérito mío, sino del editor, de Miguel Ángel Vázquez, que con premura y poco tiempo para realizarlo, me encargó este libro sobre los falangistas asesinados, sobre los que dieron la vida por José Antonio, no solo por sus ideas sino también físicamente al intentar liberarlo de su prisión alicantina.

Vuelvo a esas preguntas que en ocasiones me han hecho para que se comprenda mejor aquello que trato de transmitir con estas palabras que, a veces, hay que escuchar más allá de su enunciado: ¿Qué falta hacía hoy desenterrar estas historias? ¿Para qué tratar de ir contra la corriente y escribir un libro sobre héroes sencillos y azules, sobre todo azules, que según algunos de sus teóricos seguidores, aunque de forma mínima, combatieron en el bando equivocado, en una guerra equivocada que vitolan, desconociendo o no queriendo asumir sus razones, en lenguaje del adversario, como “incivil”? ¿Para qué escribir este libro heterodoxo, que además te va a marginar, cuando se debiera estar mirando a las preocupaciones de los españoles de hoy?

Y mi respuesta, ante estos recurrentes interrogantes, vuelve a ser la misma: quienes así opinan están, a mi juicio, equivocados. Por edad, aunque yo haya pasado por ello con la velocidad de un leve sarampión, muchos de aquellos con los que comparto generación, ingenuamente -¡Ah, la ardorosa ingenuidad, que diría José Antonio!-, cayeron en aquello de la necesaria desmitificación. Compraron, y muchos perseveran en el error, el mensaje envenenado del adversario ideológico; asumieron que tener héroes es malo; bajaron del pedestal, o al menos lo intentaron, a  Onésimo, a Ledesma, con la misma fruición con la que otros bajaban del mismo a los héroes de nuestra historia, sin darse cuenta de que sin héroes que lo sustenten y encarnen hasta perece el propio concepto de España, y sobre todo quisieron, y en ello andan no pocos, bajar de la altura heroica a José Antonio y lo importante, que es el mensaje, dejó paso a cosas que tienen escaso interés. Compraron el mensaje de que la mitificación, mejor dicho la conversión del hombre en arquetipo, es de por sí mala y solo conduce a la tergiversación y a la irrealidad.

Ahora, desde la altura del tiempo, tras haber contemplado los efectos demoledores de ese proceso, yo suelo oponer algunas preguntas: ¿Qué ha hecho el adversario? ¿Ha renunciado a los mitos, a los arquetipos, a los héroes que encarnan sus presupuestos ideológicos? El adversario ha hecho precisamente lo contrario. Ahí tenemos el ejemplo del Che Guevara, mitificado hasta la saciedad y convertido en icono permanente de la izquierda y también, por qué no decirlo, de parte de la derecha. El adversario ha hecho precisamente lo contrario de lo que nos proponía, porque lo que aspiraba era a sustituir los mitos, los héroes y los arquetipos por los suyos. El resultado: la Ley de Memoria Histórica. Y ha funcionado a la perfección. En el caso que nos ocupa, mientras algunos de los continuadores actuales de Onésimo, Ledesma o José Antonio, y de tantos otros como los protagonistas de este libro, los desmitificaban, los olvidaban (en algunos casos se convertían casi en una memoria molesta) y, sobre todo, se peleaban con su propia historia para borrar su contribución a la modernización social de España durante el régimen de Francisco Franco, el adversario jamás se peleaba con su historia y vivía en una permanente reivindicación de su pasado.

No es que yo sea un seguidor de Carlyle, ni del modo histórico del XIX, pero es evidente que la política, las ideas, también se encarnan en hombres; que ahora que tan de moda está en algunos ambientes eso de lo “identitario”, algunos no perciben que esa identidad se encarna también en hombres, que en toda construcción ideológica los arquetipos humanos son necesarios para la aproximación sensitiva, aproximación al ejemplo que conduce a la reflexión y a la interiorización del mensaje. Aunque se pretenda ignorar constituyen esos arquetipos, esos héroes, el primer escalón de identificación. Y por ello el adversario ha contribuido y buscado la demolición y la autodemolición de esos arquetipos. ¿Es que no vemos ante nuestros ojos, como se han utilizado esos “héroes”, esos “luchadores por la libertad”, que ha creado la “memoria histórica”, para atraer a importantes sectores de jóvenes españoles a una serie de ideas partiendo de algo que no conocieron y no vivieron? Por ello, yo estimo, aunque algunos insistan en que estoy equivocado, que nado contracorriente, que nosotros también tenemos derecho a reivindicar, en actos como este, con libros como este, nuestra Memoria Histórica, que es la de estos jóvenes que dieron la vida por José Antonio.

¿Tiene sentido político hoy esta reivindicación que hago de nuestra historia? La respuesta es simple y os la convierto en pregunta: ¿acaso no estamos cansado de escuchar que la crisis nacional que vivimos es una crisis de identidad nacional y que su origen está en la desaparición de todo aquello que transmite la idea y el concepto de España?

Volvamos, brevemente, las palabras hacia los escritos de Onésimo Redondo que cobran en mi relectura una interesante actualidad. Pedía Onésimo Redondo la constitución de un movimiento juvenil. Y no es baladí ese “juvenil”, porque asumía que la mayor parte de las generaciones posteriores a este estaban contaminadas por las tesis del adversario. La misión fundamental, angular, primigenia, de ese movimiento juvenil tenía que ser la de “rehabilitar el patriotismo”. ¿No vemos cómo hoy también existe una juventud, mínima, pequeña si queréis, que, de un modo u otro, por una vía u otra, tiene ansia de patriotismo, que se define simplemente como patriota?

Rehabilitar el patriotismo, desde la retórica hermosa, es la misión. Pero eso lo proponía cuando aún el patriotismo era en España, al menos, “una gloria de museo”. A diferencia de hoy, al menos estaba en los museos. Y continuaba: “¿qué nos han enseñado a nosotros, jóvenes amigos, de la Patria?”. Nada -contestaba-, salvo ese museo. Al menos, reitero, entonces, tenían el museo de héroes y gestas que encarnan la Patria y solo quedaba desempolvarlo, ponerlo al día, sacarlo de los estantes, para con él dar base -volvamos a Onésimo- a un “patriotismo robusto de FE y henchido de afirmaciones constructoras”. El patriotismo constructivo frente al patriotismo sensitivo. El patriotismo activo, el de la patria que se ama porque no gusta, el patriotismo perfectivo frente al patrioterismo en el que no pocos se embanderan.

En el fondo de las páginas de este libro lo que late es esta razón. Aun asumiendo que vamos contracorriente hemos querido sacar, no ya del museo en el que no están, sino del olvido más absoluto, a estos héroes que son ejemplo y acicate para preguntarnos: ¿Quiénes fueron? ¿Por qué entregaron su vida? ¿Cómo murieron? A estas tres preguntas respondemos, en esta presentación, de forma sintética con el escalón siguiente, con el objetivo práctico de ese movimiento juvenil que debía de rehabilitar el patriotismo, con palabras de Onésimo, basándose en el ideal de “reincorporar el pueblo [la gente que se dice ahora] a lo nacional” y por la necesidad de “construir un Estado que solo se justifica si sirve para fijar y mantener la España grande, libre y única”.

Ese movimiento de rehabilitación se instrumentalizó entonces en FE de las JONS y para su desarrollo, y con esto quisiera cerrar estas palabras, debía de asumir, según Onésimo Redondo, dos recomendaciones que, a mi juicio, tienen una permanente actualidad: primera, “lo que ocurre fuera es bueno para aprender y malo para importarlo”; segunda, “expulsemos a los bastardos que han hecho su fortuna política sobre la ruina del patriotismo”.

Defendemos el derecho a que sus nombres permanezcan en las cruces, las lápidas y las calles.

Me invitaron los organizadores, La Falange, a intervenir al finalizar la manifestación que el pasado 21 de enero, habían convocado en Callosa de Segura en homenaje a los falangistas de la localidad asesinados por los republicanos y para defender el derecho a que la “Cruz de los Caídos” continúe en la plaza delante de la iglesia. No pocos me han felicitado por mis palabras y me han pedido que publicara  el texto del discurso. No suelo escribir mis intervenciones aunque sí lleve un esquema desarrollado. Además, los discursos, y más en este caso donde por fuerza se tiene que ser breve, presentan siempre del problema de incurrir en las  simplificaciones o del exceso de síntesis  que limitan el necesario desarrollo de lo que se quiere transmitir. Me tomo la libertad de rehacer mis palabras e incluso ampliarlas en algún párrafo para mejorarlo. Después del acto, y es necesario subrayarlo, hemos sabido que tanto el alcalde, que estaba dentro del Ayuntamiento que está en la misma plaza, como algún representante de Izquierda Unida, el partido que presiona para la retirada del monumento con más ahínco, pudieron escuchar estas palabras.

“Hace casi 83 años, en unas circunstancias que invitan al paralelismo histórico, José Antonio Primo de Rivera, venía a Callosa de Segura a apoyar en un mitin a unos jóvenes, la mayoría de condición modesta vinculados al duro trabajo del cáñamo, que unos meses antes habían puesto en marcha en este lugar, cuando aún era un balbuceo en gran parte de España, un partido, un movimiento político denominado Falange Española. Algunos de esos jóvenes que estuvieron ese día de 1934 con José Antonio en el cine Imperial, la antigua plaza de toros, entregaron su vida por el sueño de una España con Patria, Justicia y Pan y por ello su nombre figura entre los de las 81 personas que recuerda esta Cruz amenazada por el odio, pero también por la cobardía.

Estamos hoy aquí no solo para defender que esta Cruz, con sus 81 nombres, la mayor parte de personas asesinada por los republicanos, permanezca en su sitio, sino también para defender el derecho que nos asiste, en un régimen de libertades como se proclama, a rendir homenaje público y permanente a aquellos que murieron bajo las balas del odio y del rencor.

Estamos hoy aquí en Callosa de Segura porque más de 40 de esas 81 personas fueron asesinadas por ser falangistas. Víctimas de eso que hoy se denomina “odio ideológico”. Muestra de la decisión documentada de los partidos del Frente Popular, del pacto entre anarquistas, comunistas y socialistas, de exterminar a unos falangistas que cayeron por miles en la retaguardia republicana.

No venimos aquí a pedir venganzas, ni a mencionar los nombres de quienes los asesinaron, ni a exaltar un odio que ya no tiene sentido alguno, sino a defender, simplemente, la memoria, el derecho a la memoria, de los asesinados; el derecho que les asiste a que permanezcan sus nombres en las cruces, las lápidas o las calles de España. Muchos de ellos -debemos subrayarlo- murieron perdonando a los que los asesinaban; en sus últimas cartas pedían a sus familiares que perdonaran y no guardaran odio alguno. No somos nosotros los que han edificado, para dividir a los españoles, la ideología del “guerracivilismo”; esa con la que se envenena, se exalta y se lleva al odio y la violencia a una parte de la juventud, que no es precisamente esta que está hoy aquí representada, la de los convocantes de este acto, sino la de sus adversarios.

Nosotros estamos aquí para apoyar a quienes quieren que esta Cruz, este monumento, permanezca completo, íntegro, con los nombres de aquellos a quienes homenajeamos.

Estamos hoy aquí para denunciar la sinrazón, el sectarismo y hasta el fraude de ley que está cometiendo o va a cometer el señor alcalde de Callosa de Segura y que impulsa esa muestra de indignidad que se llama Izquierda Unida. Y yo quiero recordarles a los concejales de Izquierda Unida, que ellos son herederos directos del Partido Comunista de España, partido que propició e impulsó el asesinato de miles de españoles en la retaguardia republicana; que aquí, en Callosa de Segura, miembros destacados y conocidos de ese partido, asesinaron a un policía municipal de 60 años cuyo nombre figura en esta Cruz; tengo que recordarles que una señora, dirigente comunista destacada, Dolores Ibárruri, Pasionaria, en artículos publicados en la prensa, recogidos en diarios de izquierda cercanos de esta zona, como el de Novelda, no solo pedía el exterminio de los presos sino también la detención como rehenes de los familiares de los nacionales y llegado el caso su asesinato en venganza. Por eso probablemente, por su responsabilidad en lo sucedido, muestran ese celo a la hora de intentar borrar las huellas quitando lápidas, cruces y placas con los nombres de los asesinados.

Se equivoca señor alcalde, la “ley de la memoria histórica” nos conmina a rendir homenaje a las “víctimas de la guerra civil”, a todas las víctimas. Y yo le pregunto, señor alcalde, ¿es que acaso estas 81 personas, la mayor parte asesinadas por los republicanos, no son víctimas de la guerra civil? ¿Es que usted entiende que víctimas son solo las de un lado y estos bien muertos están?

Se equivoca señor alcalde, cuando se escuda en el artículo 15 de la citada ley. Ese que habla de los monumentos que exalten el franquismo. Pero, ¿cómo una Cruz con unos nombres puede exaltar  el régimen franquista cuando resulta que cuando fueron asesinados ni tan siquiera Franco era Jefe del Estado?

Se equivoca señor alcalde, cuando como supremo argumento recurre al dictamen de la comisión de expertos; comisión creada a dedo, paniaguada, formada por gentes de izquierda. Esas comisiones de ignorantes que para sonrojo, como ha sucedido en Alicante, han llegado a decir que los Reyes Católicos no eran franquistas “pero casi”. Comisiones de ignorantes, como la que ha llegado a afirmar que al incluir, no siendo el caso de esta Cruz, el término caído se está utilizando en el discurso un término fascista.

Pero es que además, señor alcalde, ya hay sentencias que en casos similares, una Cruz con el nombre de las víctimas nacionales, se indica que esta no está sujeta a lo previsto en la ley y que por tanto es lícito que permanezca donde está. Y yo invito a los familiares de quienes fueron asesinados a que lleven a los tribunales al alcalde y a la corporación por vulnerar la ley, en defensa del derecho que tienen sus deudos al homenaje y a permanecer en las calles y plazas de España. Pero es que hasta el señor alcalde sabe que esta Cruz no es ilegal, que no está dentro de los monumentos que condena a la piqueta la “ley de memoria histórica”, por eso habla continuamente del traslado y no de la destrucción.

No solo eso, porque una de dos, o bien el tripartito que gobierna Callosa, el alcalde y los concejales del PSOE, IU y la filial podemita, prescinde de las propuestas de la Generalidad o mienten como bellacos. ¿Es que no se han leído lo que se ha publicado sobre la Ley de Memoria Histórica de la Comunidad Valenciana que padeceremos en breve? ¿Es que no han leído que se trata de honrar a todas las víctimas, a las fosas de los dos bandos? Y si esto es así, señor alcalde, ¿por qué ese empeño en borrar este recuerdo? ¿Por odio político?

Estamos pues aquí, reiterémoslo, no para defender solo la permanencia de la Cruz, sino de la Cruz y los nombres, para abogar por la permanencia íntegra del monumento.

Lo hacemos en nombre de esos más de 40 falangistas asesinados en las cárceles, en los paseos o por haber intentado, ingenuamente, liberar a José Antonio de su prisión.

Lo hacemos en nombre de los mártires, de los religiosos asesinados, de las víctimas de una persecución religiosa que se inició mucho antes del estallido bélico; porque ellos, llegado el momento de la muerte no aceptaron componenda alguna, no renegaron de parte de su Credo, no abandonaron el puesto y supieron dar testimonio y hoy, nosotros que somos católicos, sin monopolizar nada, no queremos escupir sobre sus nombres para ofrecerlos como moneda de cambio para preservar solo la Cruz; porque símbolo de la Fe en Cristo es tanto la Cruz como el nombre de quienes dieron su vida hace poco más de 80 años por él.

Los hacemos en nombre de todos los Caídos; de esas 81 personas cuyos nombres están grabados en el pie de la Cruz. Nosotros no pedimos que no se hagan otros homenajes, lo que pedimos y reclamamos es el derecho a rendir homenaje a los nuestros, a esos caídos de los que nos enorgullecemos.

Amigos, nosotros creemos que más allá de este cielo encapotado, allá en lo alto, hay 81 luceros, uno para cada uno de los asesinados. Allá en lo alto hoy estarán tan orgullosos de nosotros como nosotros de nuestra historia”.

Al acabar los discursos se me acercaron dos personas a darme las gracias y a felicitarme porque eran familiares de esos asesinados que figuran en la base de la Cruz de Callosa.

 

JOSÉ ANTONIO, con ánimo de adivinación

Si volviera a tomar la palabra…

Cada octubre, en un reiterado ritual -hasta estas líneas pudieran serlo-, a veces ajado, a veces trasnochado, quizás necesario, quizás innecesario, se acuerdan de aquella lejana fecha… ¡Cómo si nada hubiera acontecido desde entonces! Las mismas palabras… Olvidando los más que lo importante, lo trascendente, lo que debiera permanecer, es el fondo y no la forma; ignorando -¡cuán grande es la ingenuidad!- que el culto a la forma ha sepultado en no pocos hombres el fondo; teñidos en el recuerdo y el homenaje de una nostalgia de ideas apagadas, ecos lejanos de oportunidades perdidas. A pesar del tiempo, al final se repite, una y otra vez, el murmullo de las rememoraciones literarias, con prosa más o menos bella, de los renovados maestros en el arte del ensayo breve… La forma, la estética de las palabras, siempre acaba imponiéndose al fondo. Parece ser ese nuestro triste sino.

Nos gustan las frases rotundas. Esas que pueden esculpirse sin desdoro en mármol para aguardar ahí, petrificadas e inertes, una imposible eternidad; orladas, eso sí, con las justificaciones de quienes de tanto mirar hacia fuera no ha sabido dotarlas del hálito vital necesario.

Alzamos la voz, pero no escuchamos a aquellos que aún nos demandan, nos inquieren… aquellos que aún quieren saber algo de nosotros. Creemos en nuestra Patria como destino y como universalidad, pero acabamos entregándonos al más conservador de los nacionalismos. Antes que nada, España… pero nos dejamos seducir por la que no es nuestra España; a veces por miedo a que llegue este o aquel; en buena medida porque nos hemos dejado vencer por la mentalidad burguesa y su miedo a la pérdida de todo aquello que debiera ser superfluo; queremos ser revolucionarios y nos hemos hecho, sin saberlo, por debajo de las palabras conservadores.

La esencia era más importantes que la existencia; el fondo nunca fracasa, sí la forma. Teníamos algo más, precisamente todo aquello que se ha ido quedando por el camino: una mística, un discurso atrayente, el pulso de nuestro tiempo… no nos asustaba la modernidad ni la innovación. Fuimos heraldos de la rebelión de los inconformistas frente a la inexistente rebelión de las masas, que por ser masa carece de ese espíritu de contestación. Hoy, quizás en el camino hasta el presente, la forma y la retórica han sepultado todo eso bajo la losa de la incomprensión… sonamos a disco viejo de hace ochenta, cincuenta, cuarenta o treinta años. Reñimos más batallas con el pasado que con el futuro; nos hemos encerrado en las ebúrneas torres de la pureza y la autoconsunción y se nos ha olvidado lo esencial, ganar el corazón y la mente de nuestros compatriotas.

¡Cuántas veces hemos repetido aquello de que España había venido a menos por una triple división! La de los partidos -la casta, la corrupción, la partitocracia-, los separatismos y la injusticia social ¿Ha cambiado en algo el dictamen? Puede que los actores sean distintos pero el guión es el mismo.

Queríamos edificar un orden más justo pasando por encima de las miserias del capitalismo, detener la invasión de los bárbaros que con simpleza coyuntural identificamos con el marxismo o el comunismo, pero que anida en el corazón de los mercados, del capitalismo especulativo, de los poderes supranacionales y de la globalización. Hoy somos más ricos, vivimos mejor y hasta tenemos más oportunidades de promoción, pero las miserias sieguen siendo las mismas. Ya no hay lucha de clases, el marxismo anda en su último estertor y los sindicatos no dejan de ser educadas correas amarillas del sistema partitocrático -son la síndicocracia-. Ya no hay lucha de clase, pese a las consignas que a veces pululan por los panfletos de los antisistema amamantados y domesticados por el sistema. Hoy vivimos ya bajo la dualidad de la oligarquía de los de arriba con su clientela político-económica y los de abajo que somos casi todos y muy pocos parecen dispuestos a cambiar ese orden siempre y cuando puedan comportarse como consumidores felices.

Presentimos en el horizonte los destellos de la desazón del hombre-número-consumidor que no quiere seguir viviendo en la alienación sistémica. Hemos visto en nuestras calles y plazas a jóvenes y menos jóvenes entonando una canción que nos suena mucho aunque la letra y la música parezcan distantes. Recordemos que lo importantes es el fondo y no tanto la forma. Las formas son cambiantes, el fondo nunca. Hoy, una vez más, esos, los indignados, los descontentos, los rebeldes, comienzan a sentirse engañados y estafados pues les prometieron asaltar el cielo y los han sacrificados en el altar de los escaños. Sin embargo, el rescoldo aún late en quienes sueñan conscientemente con ideales por los que se pueda sacrificar la existencia.

Hemos sabido dar testimonio -nadie podría reprocharnos nada-, mantener un recuerdo; hemos seguido siendo, que no es poco, pese al canto de las sirenas en nuestro caminar hacia Itaca. Nos hemos dejado arrastrar hacia orillas que no eran las nuestras quizás abrumados por la desesperanza. En no pocas ocasiones hasta los nuestros o los próximos han pedido la «honrosa licencia»: «habéis cumplido, pero vuestro tiempo ha pasado». Incluso se ha pretendido el finiquito del rescoldo para salvar el arquetipo humano de quien ya solo es polvo bajo una losa, pero vive en la eternidad. Lo que, en el fondo, no es más que la última renuncia antes de la rendición definitiva.

Cierra el micrófono…

Después de lo anterior, por todo ello, quizás haya llegado el tiempo de aceptar el reto de ser aquella nueva aristocracia que para España demandaba José Antonio en sus escritos de la cárcel, la que sería capaz de levantar el espíritu de la rebeldía

Nota para el lector.- Este artículo, ahora con leves variaciones para su mejor comprensión, ha aparecido en la notable Gaceta de la Fundación José Antonio. Me pidieron un texto sobre lo que en un actual 29 de octubre diría José Antonio. En su estilo nunca faltó la crítica, amén del análisis de la realidad y lo propositivo. Seducido por la «maravillosa» dialéctica de Marx no obvió la autocrítica para sí -la autoexigencia- y para su movimiento. Evidentemente es casi siempre la parte más ingrata, quizás por ello me haya decidido a plantearla para motivar a la reflexión.

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