Francisco Torres García

La estantería del historiador

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Franco y su política medioambiental en los tiempos de la Cumbre del Clima

Tiene lugar en Madrid, en estos días, del 2 al 13 de diciembre, la 25 Cumbre del Clima para debatir y buscar respuestas ante las previsiones del denominado cambio climático, los efectos de la contaminación y otras cuestiones adyacentes que van a amparar, entre otras propuestas, la creación del llamado “banco verde”. Al que, naturalmente, habrá que dotar de fondos que repercutirán, sin duda, en el bolsillo de todos.

Coincide la Cumbre, por el año, con el 75 aniversario del fundamental Plan Nacional de Repoblación Forestal del primer gobierno de Francisco Franco. Coincidencia destacable cuando tanto se habla de la problemática de los procesos de desertificación que supongo no estarán ausentes en los debates de la Cumbre del Clima.

Resulta cuanto menos significativo que en 1938 Franco hiciera suyo un doble mensaje, el de la repoblación forestal y el de las obras hidráulicas; pasando a formar parte de lo que sería su programa político. Masas vegetales y agua son elementos clave en relación al clima.  Pero agua y espacios verdes eran asignaturas pendientes en España casi desde los atisbos de reforma enunciados en los gobiernos de Carlos III (ya se planteaban los problemas de aridez y de riego). No se ha subrayado suficientemente la cohesión y complementariedad de ambas políticas durante el régimen de Franco. Fueron casi simbióticas. Algo fácilmente perceptible cuando se comparan las gráficas de inversión en repoblación forestal y obras hidráulicas en la década de los cincuenta.

Franco era un hombre que amaba la naturaleza, que se sentía libre en ella. Retratar paisajes naturales era una de sus aficiones. Había vivido en los espacios abiertos durante la guerra de África y hasta la guerra civil otra de sus aficiones fueron las excursiones familiares. Es de sobra conocido que, en sus numerosos y habituales viajes, muchos de ellos para visitar la España interior e inaugurar escuelas, barrios, viviendas sociales, pantanos, presas, puentes, centrales eléctricas, hospitales…, llevaba una libretilla en la que anotaba las necesidades que observaba, especialmente las referidas a la repoblación forestal para eliminar la aridez y contribuir a la mejora de las zonas que veía. Notas que después utilizaba en los Consejos de Ministros para interesar al Ministro del ramo en el asunto. Más allá de la anécdota queda la obra realizada a resultas de aquellas notas.

Alguno, sin duda, habrá mostrado su sorpresa por el título de este artículo, afirmando la existencia de una política medioambiental en el régimen de Franco. Esta, a falta de estudios más específicos, estaría centrada, a mi juicio, en tres ámbitos: la repoblación forestal, el planteamiento hidrológico y sus vinculaciones energéticas, la protección y promoción de los espacios rurales.

Franco debía de conocer las acciones puntuales de repoblación forestal realizadas durante el reinado de Alfonso XIII; en los años veinte se habían hecho en su Galicia natal. También debía tener constancia de la Ley de octubre de 1935 (recordemos que entonces era Jefe del Alto Estado Mayor a las órdenes del Ministro de la Guerra) que creaba el Patrimonio Forestal del Estado. Cuando se subleva en Canarias anuncia que va a continuar con las políticas sociales y económicas que mejoren la vida de los españoles. 

El 21 de junio de 1938, mediante un decreto, se anuncia la elaboración de un Plan Nacional de Repoblación Forestal que sería aprobado en 1939. Como sería habitual, tanto en este aspecto como en el de la política hidráulica, confía su elaboración a los técnicos, a los ingenieros (Luis Ceballos y Joaquín Ximénez). El plan implica una transformación radical del paisaje español a realizar durante varias décadas. Lo que se iban a prefigurar eran unos “planes decenales” que preveían repoblar mediante inversión (no porque el bosque ganara espacio de forma casi natural como ha sucedido en las últimas dos décadas) y la acción directa 600.000 hectáreas en cada período. Esta política se mantendría, aunque en descenso en los últimos diez años, hasta 1984.

En el primer decenio no se cumplirían las expectativas debido a la mala situación económica consiguiendo reforestar 480.000 hectáreas. Sin embargo entre 1953 y 1966 se reforestan casi 1.6 millones de hectáreas, superándose en algunos años las 100.000. Tanto el I como el II Plan de Desarrollo continuarían con esta política. Así, entre 1967 y 1972, se sumarían casi 500.000 hectáreas. En total hasta 1984 se reforestarían, siguiendo esta línea política, más de 3.6 millones de hectáreas. Unos 3 millones hasta 1975. Una política que sería premiada y alabada internacionalmente.

Una labor realizada desde el Patrimonio Forestal del Estado, al que sucedería en 1971 el ICONA. Junto a este anotemos: instituciones creadas a tal efecto como el Servicio Especial de Semillas (1955), la promulgación de la legislación necesaria o la labor encomiable para participar en la repoblación forestal del Frente de Juventudes primero y de la OJE después. Todo ello implicó fuertes inversiones, especialmente en los años cincuenta, ya que en un 91% esta repoblación forestal directa fue obra del Estado. 

En esos años se creó una mentalidad propicia a la repoblación forestal y posteriormente al cuidado del medio ambiente. Una política que tuvo su complemento en la actuación del Instituto Nacional de Colonización (recordemos que se crearon 264 pueblos, construyéndose unas 30.000 viviendas en una arquitectura integrada en el paisaje con zonas verdes internas -parques- y externas en su corona) y en general de todo la obra de Colonización. Recordemos, por ejemplo, como muestra del impulso a esa mentalidad la creación de los Premios Forestales del Estado. Un Estado que también fijaba periódicamente zonas de especial interés para la repoblación como fueron los casos del Valle de los Caídos (1941), las zonas de embalses y pantanos o la de la Casa de Campo de Madrid.

Estamos ante una obra fruto de una decisión política que a la vez implicaba, cuando no era usual, una mentalidad propicia al cuidado del medio ambiente y a la lucha contra la desertificación (desde mediados de los cincuenta se prestó especial atención a la repoblación forestal en zonas de clima seco). La repoblación forestal se dirigió hacia los montes, las zonas próximas a los pueblos y las de carácter hidrológico vinculadas a las obras hidráulicas y a la fijación del suelo ante las avenidas. No solo eso, sino que al mismo tiempo se prodigaron las intervenciones para la consecución de la recuperación del suelo actuándose hasta 1975 sobre cerca de 1 millón de hectáreas.

¿Cuál es la consecuencia de esta expansión de las zonas verdes? Cualquier estudiante las podría recitar de memoria. Pero destaquemos: la recuperación ecológica, la creación de un gigantesco pulmón, la recuperación biológica de grandes espacios, la riqueza económica y, hoy diríamos, la lucha contra el llamado “cambio climático” y especialmente contra la desertificación. También la aparición de nuevos parques y espacios naturales.

Acompasada a esta política, como líneas paralelas, hay que decir lo mismo con respecto a la política hidráulica. También en esto Franco debía de conocer los planes y proyectos que estaban en el aire, todo lo tantas veces anunciado y casi nunca iniciado. Cuando acabó la guerra, el Generalísimo pidió toda la información acerca de la situación de estas obras encontrándose con la desagradable realidad de que solo había papel. Llevar a efecto lo proyectado, ampliarlo exponencialmente… era su proyecto. Fue decisión personal suya transformar la España seca y árida en España verde. Crear manchas verdes a partir de la transformación del secano en regadío con todo lo que ello significa.

Los datos están ahí y son de sobra conocidos. En total son obra de Franco, de la decisión política de Franco, la construcción de casi unas 600 presas y pantanos, ya que añadimos aquellas obras en ejecución pero que fueron inauguradas en los primeros años de la Transición; junto a ellas kilómetros y kilómetros de canales. Las cifras varían según los autores y el modo de contabilizar. Se suele hablar de que al acabar la guerra la capacidad de embalse española era de unos 2.300 millones de metros cúbicos, alcanzándose en 1975 los 24.000 millones. Otros indican que la cifra inicial sería de unos 4.000 millones, pero la final sería de unos 36.000 millones. ¿Qué supuso este incremento? Hasta 1975 la transformación en regadío de 1.4 millones de hectáreas (otros hablan de 1.1 millones), pero que debemos incrementar, debido a que las transformaciones derivadas de las obras realizadas y de las que se inauguraron tras la muerte de Franco, pero proyectadas e iniciadas por el régimen de Franco, no están contabilizadas.

No solo el regadío, que crea auténticas manchas verdes en España, fue la resultante de aquellas impresionantes obras de ingeniería. Es que esas obras permitieron que la producción hidroeléctrica pasara de 5.000 millones de kilovatios a 24.000 millones. Una energía limpia. Al mismo tiempo dio vida a una auténtica red de mares-lagos interiores (somos uno de los países con mayor número) que también contribuyen a luchar contra la desertificación y a generar recursos económicos en las zonas a través del turismo. Obras que permiten a los españoles beber agua todos los años, pese al descenso de las precipitaciones (según se afirma por efecto del calentamiento global y del consecuente “cambio climático”). Al igual que en el caso de la repoblación forestal, esta ingente masa de agua, recogida en lagos y mares artificiales (cabría hablar del mar de Extremadura), crea nuevos espacios de biodiversidad, hábitats para especies vegetales y animales que hoy forman parte de la red de espacios naturales protegidos.

No se cierra aquí la cuestión de la política medioambiental del Estado de las Leyes Fundamentales. Recordemos que la preocupación por el medio ambiente empieza a ser un tema importante a finales de los años sesenta abordándose en las Naciones Unidas (Conferencia de Naciones Unidas sobre el Medio Humano), planteando la necesidad de que el tema medioambiental se integre en  el desarrollo socioeconómico. La España de Franco toma nota de ello y lo incluye dentro del proyecto de lo que será el III Plan de Desarrollo (1972-1975), creándose en 1971 el Comité Interministerial para el Acondicionamiento del Medio Ambiente, porque España no es ajena al hecho de que el crecimiento industrial, el desarrollo, ha traído cargas medioambientales a las que ahora, alcanzado el desarrollo, se  puede hacer frente. 

La política medioambiental de los gobiernos de Franco se orienta hacia dos espacios: primero, la lucha contra la “degradación progresiva” en zonas concretas (ríos del norte, las playas intensamente urbanizadas y las concentraciones industriales en las ciudades…); segundo, para la “revalorización del espacio rural y defensa de la naturaleza”.

Así se encarga la realización de un estudio para: diagnosticar los problemas en cada zona, señalar las cuestiones más acuciantes, “establecer directrices y medidas a adoptar ante los problemas prioritarios”, establecer los “instrumentos adecuados para poner en vigor estas medidas” y encargar a los organismos públicos el “control de las actuaciones”. Actuaciones que deberán ser radicales: “Las medidas que hayan de adoptarse para la corrección, protección o mejora del medio ambiente habrán de ser de diversos tipos: prohibiciones, restricciones, medidas, disuasorias, autorizaciones condicionadas, recomendaciones, normas obligatorias, directrices, acuerdos, consorcios y planes generales”. Entre otras medidas concretas se plantea para la lucha por la mejora del medio ambiente: la “desulfuración de los gases de fueloil y depuración de gases residuales que contienen anhídrido sulfuroso”, la “lucha contra la contaminación de las aguas” y el “control del ruido ambiental”.

Ahora bien, en cierto modo, el III Plan de Desarrollo también se propone enfrentarse a los procesos de abandono de actividades en el medio rural. Desde la guerra civil Franco había mostrado su interés por potenciar el turismo. A lo largo del régimen se va a desarrollar el interés por el turismo de interior o rural. Ahí está la promoción de los Paradores de Turismo o el programa de recuperación del patrimonio cultural y la restauración de edificios en no pocos pueblos. Pero también se plantea en el III Plan de Desarrollo, en lo referente  la defensa de la naturaleza, la “actuación para la protección y defensa de las zonas forestales y su utilización con fines recreativos”. En esta línea se afirma que merced a esta política: “el medio rural dejará, por tanto, de concebirse exclusivamente como lugar donde se desenvuelven las actividades agrarias, para constituir además, reservas y parques nacionales y otros lugares de esparcimiento, elementos primordiales en la moderna civilización del ocio”.

No está de más recordar todo esto cuando hoy se habla de los problemas climáticos y medioambientales, de la España vacía y de la desertificación.

El Plan Badajoz, una obra de Franco

Desde hace unos meses, trascendiendo desde los memes de las redes sociales, o mejor dicho saltando desde ellos a los grandes medios, se ha desatado una curiosa polémica con respecto a la política social y de obras de Francisco Franco y a los grandes proyectos hechos realidad durante su gobierno.

Con mayor o menor exactitud en la cita –no están hechas por especialistas sino por españolitos de a pie que no buscan la exactitud conceptual– circulan relaciones, con conjugación verbal diversa, de los “logros de Franco”, que a algunos les soliviantan recordando aquellos eslogans de los primeros años de la Transición de que “con Franco vivíamos mejor”. Es fácil encontrar en estas relaciones logros como la Seguridad Social, las pagas extra, los subsidios/prestaciones familiares, la construcción de viviendas sociales y de protección oficial, las pagas de beneficios, las indemnizaciones por despido y un largo etcétera, que tienen el efecto –temido por algunos dado lo visto– sobre no pocos de hacer recapacitar sobre algunos de los tópicos al uso que son hoy habituales con respecto al Generalísimo. Algo de cierto debe de haber, por la efectividad del mensaje, cuando los medios, especialmente en algunos programas televisivos de debate político, han dedicado espacio al tema para intentar difuminar la realidad y negar las evidencias con argumentos tan pueriles como ajenos a todo basamento empírico. En realidad lo que hacen es refugiarse en el léxico para transmitir la idea de que los logros no fueron obra de Franco, porque ya estaban antes; que Franco no inventó –algo que por otra parte nadie afirma– por ejemplo la Seguridad Social y que esta existía en España desde las primeras décadas del siglo XX, aunque por lo visto pocos se enteraran por aquel entonces.

Lo único interesante, aunque a los difusores de la manipulación se les haya pasado por alto, es el hecho constatable, y su argumentario es la mejor prueba, de que Francisco Franco, lejos de ser un sectario, recuperó leyes no aplicadas, declaraciones sin efecto y propuestas que habían quedado en el cajón de los republicanos y de los socialistas porque entendía que eran positivas para España y los españoles. No cabe mayor halago.

En ese debate sobre si Franco hizo esto o no lo hizo se ha introducido la referencia al afamado Plan Badajoz, puesto en marcha en 1952, tras su aprobación en las Cortes, que para estos comentaristas, algunos hasta con título-, tampoco debería computarse en el haber de Francisco Franco.

En realidad pocos investigadores o historiadores serios, antifranquistas o ecuánimes, entrarían en tal despropósito, aunque sí se centren en valorar si el Plan fue un acierto, si fue positivo o fue un fracaso producto de la “egolatría y de la política intervencionista franquista”. 

Anotemos, como punto de partida, que rara vez un Plan se cumple en toda su extensión o se alcanzan todos sus objetivos, máxime si es de aplicación tan extensa en el tiempo como lo ha sido el Plan Badajoz, cuyas últimas obras, aunque ya no reconozcan su paternidad, casi se prolongan hasta hoy, también con críticas por insuficientes. Más aún si en ese transcurso temporal se producen las grandes variaciones económicas que España comenzaba a experimentar cuando las primeras obras del Plan mostraban sus efectos o los cambios en una agricultura que demandaba modernidad.

Por otra parte, no olvidemos que no pocas de las habituales consideraciones negativas que refieren los autores son similares en todos los procesos de esta índole: no existe modelo de crecimiento sin desequilibrios ni errores en su caminar. 

Algunos autores prefieren centrarse, para afianzar su visión negativa de cuanto se refiera a las obras de Franco, en aquellos aspectos que el Plan no se desarrolló acertadamente para hablar de fracaso o expresarse en términos similares –Barciela, López y Melgarejo para la industria vinculada al proyecto–, por no entrar en los críticos por razones medioambientales, consumos de agua; dejemos a un lado a los que se empeñan en cambiar el designio del tiempo y creer posible, por ejemplo, modelos de industrialización equilibrada en procesos de desarrollo industrial acelerado. 

Queda por referir el último refugio de los “antifranquistas” económicos, con sus valoraciones sobre  la eficacia económica o la rentabilidad de la inversión por kilómetro cuadrado, lo que aplicado a la realidad nos llevaría a la conclusión de que se haría casi imposible corregir desequilibrios territoriales si solo se valora la rentabilidad (y en el caso del Plan Badajoz, ya puestos a cuestionar cálculos, los datos serían cambiantes si en vez de sobre la provincia nos centraramos en el área de la provincia afectada por el Plan). Quedarían a un lado los que apuntan las insuficiencias en el sentido de que se pudo ir más allá si se hubieran tomado otras decisiones, lo que abre vías de interpretación interesantes. 

Por otra parte están las consideraciones de quienes, saltando por encima del prejuicio, ofrecen valoraciones más ajustadas como Carlos Romero Cuadrado (Tesis Doctoral: Aspectos económicos ligados a las explotaciones creadas por el Plan Badajoz), Artemio Baigorri (Plan Badajoz. Un cuento de la lechera con final feliz”), Manuel Martín Lobo (El Plan Badajoz, ¿éxito o fracaso?). Lo que sí podría afirmarse es que el Plan Badajoz se quedó corto al no transformarse, como de hecho pedían en la época no pocos, en un Plan de Desarrollo Regional completo.

La decisión de Franco.

Si se atiende a la realidad general de Extremadura y concretamente de Badajoz hace 90 años, la imagen más ajustada sería la de una zona deprimida, dedicada a la agricultura y la ganadería, con manufacturas relacionadas con ese medio, con una escasísima clase media, pletórica de yunteros y jornaleros. Recordemos que no muy lejos, en Cáceres, se situaba la comarca de las Hurdes, ejemplo del atraso en el medio rural en los años treinta. 

El Plan Badajoz, obra del Ministro Rafael Cavestany,  resucitaba el largo sueño de sacar del atraso a una región deprimida, dedicada a una agricultura con deficiencias y que tenía que afrontar la necesaria regulación del río Guadiana. Crear en aquellas tierras grandes zonas de regadío que dieran en una España agraria trabajo y riqueza. Un proyecto que debería haber comenzado años antes, pero los condicionantes negativos de los años cuarenta no pueden ser ignorados a la hora de la valoración. 

Recordemos que los atisbos de esta necesidad tienen unos antecedentes en los proyectos de actuación en el Cíjara de 1902, en el mero relato de necesidades conocido como el Plan Gasset. Los gobiernos de Alfonso XIII trazaron planes de obras sin mayor efectividad hasta el Plan de Obras Hidráulicas de Lorenzo Pardo de 1933 que se quedó en eso y el Plan del azud de Montijo de 1934. Casi 22 años habían transcurrido. El plan de Lorenzo Pardo preveía crear 108.000 hectáreas de regadío en la zona de Badajoz con su plan. Los proyectos que abrirían ese cambio sobre el Cíjara y el Montijo a duras penas si estaban en su primera fase al iniciarse la guerra siendo afectadas las obras por la misma. 

Extremadura, y en especial Badajoz, podría ser un laboratorio para la aplicación de las propuestas teóricas que se amontonaban para una posible política agraria del régimen de Franco, muy condicionada en estos primeros años por la necesidad de incrementar la producción para cubrir la subsistencia. Badajoz ofrecía ese espacio, ya que se acumulaban tierras, zonas susceptibles de cambio, yunteros y jornaleros en situación de pobreza, un incremento de población derivado de la ruralización de posguerra… El Servicio Nacional de Defensa Económica y Social de la Tierra tenía no pocas tierras y allí podían llevarse a cabo las actuaciones del Instituto Nacional de Colonización al amparo de la Ley de Bases para la colonización de grandes zonas (1940). Convertir campesinos en empresarios, los colonos, entraba dentro de los márgenes del difuso programa agrario que preconizaban los falangistas. Los resultados de una primera colonización en secano fueron pobres en relación con el número de jornaleros al asentarse unas 7.000 familias, aunque ello equivalía a unas 35.000/40.000 personas. Lo que sí se extendieron fueron los “huertos familiares” que ofrecían un complemento a campesinos sin tierra.

Franco estuvo en Extremadura durante la guerra y visitó Badajoz en 1941 y 1945 quedando, según algunos relatos, impactado por la pobreza de la zona (en 1951 hablaba de una zona que “teniendo grandes posibilidades, la gente vivía miserablemente y se contaba por muchas decenas de miles los parados”). 

En 1946 existía ya la Secretaría General para la Ordenación Económico Social, cuyo norte debía de ser el desarrollo regional. De la mano del gobernador civil Joaquín López Tienda se elaboró un informe reclamado por Franco sobre la realidad de la provincia que no pudo ser más demoledor, cien mil familias vivían en la pobreza. Desde los sectores falangistas se reivindicaba la necesidad de recuperar las obras hidráulicas y que el gobierno realizara una fuerte intervención social. Sobre la mesa del gobierno estaba el Plan de Obras Públicas culminado por el Ministro Alfonso Peña Boeuf y el  Plan de Necesidades Provinciales de 1948. La primera actuación sería la aprobación del Plan General de la zona de Montijo (1949) que abría la recuperación y elaboración de un nuevo Plan Badajoz. Con la llegada del también ingeniero Rafael Cavestany al Ministerio de Agricultura, que abre una nueva política agraria, mucho más realista, en julio de 1951, comienza el camino que conducirá a la aprobación el 5 de abril de 1952 por las Cortes del ambicioso Plan de Obras, Colonización, Industrialización y Electrificación de la Provincia de Badajoz, que será modificado en 1959, 1961 y 1966. El Plan fue preparado por una Comisión Técnica. El gran y olvidado protagonista de su ejecución sería el Secretario del Plan Enrique Martín. Quienes han trabajado monográficamente sobre la historia del proyecto y su ejecución indican que se podría hablar de tres planes o de tres fases del plan que cubrirían su desarrollo hasta casi la actualidad. Las referentes al régimen de Franco serían dos: la primera, desde 1952 a la aprobación del I Plan de Desarrollo; la segunda, hasta la muerte de Franco. A este plan habría que añadir las actuaciones en los embalses de Borbollón, Rosarito y Gabriel y Galán.

Las dimensiones del Plan Badajoz.

Balances y valoraciones a un lado, lo que el Plan Badajoz implicaba era el intento de cambiar la estructura económica de la zona creando un pulmón, un eje de desarrollo, en las Vegas del Guadiana. Lo hacía en una coyuntura económica aún complicada, cuando comenzaba a atisbarse el fin de las cartillas de racionamiento, porque la serie de buenas cosechas lo iba a permitir aunque las dificultades de financiación en la época continuaran e influyeran durante un tiempo en la marcha de las obras.

Nadie puede eludir que los objetivos planteados en 1952 eran sumamente ambiciosos: conseguir la regulación del Guadiana, lo que obligaba a la construcción de diversas presas, y el aprovechamiento para riego y producción eléctrica de sus aguas; tener capacidad para embalsar 3.8 millones de metros cúbicos; la conversión en regadío de 130.000 hectáreas; la creación de las necesarias infraestructuras para el riego; repoblar forestalmente 50.000 hectáreas; impulsar un proceso de industrialización vinculado a la nueva agricultura; crear infraestructuras de comunicación y asentar a unos 9.000 colonos (más de 44.000 personas). Todo ello implicaba una altísima inversión por parte del Estado en la zona. Según los datos presentados en 2003 en el Congreso Nacional sobre el Desarrollo Rural y Agrario en las Vegas Altas, la inversión ascendió a unos 1.200 millones de euros actuales.

Las obras.

La enumeración de las obras acometidas es ya de por sí significativa. Las presas del Cíjara, García Sola, Orellana, Zújar y Montijo junto con los canales de Orellana, Zújar y Montijo a los que se añaden unos 4.000 kilómetros de canales. Estas obras se complementan con las que se hicieron en el nunca denominado “plan Cáceres”, con los embalses de Rosarito, Gabriel y Galán, Valedobispo, Borbollón. A las obras hidraúlicas se sumaría la construcción de 42 pueblos para el asentamiento de los colonos desde Valdecalzada, inaugurado por Franco en 1951, hasta Torrefresneda (1971). Eran los pueblos blancos: Alonso de Ojeda, Valdivia, Novelda del Guadiana, Guadiana del Caudillo, Vivares, Vegads Altas, Villafranco del Guadiana, Conquista, Hernán Cortes, Sagrajas, San Rafael de Olivenza, Pueblonuevo, Alvarado, Zurbarán, Puebla de Alcollarín… Como es conocido las familias recibían, con una financiación muy asequible y unos precios reducidos, una casa en función del número de componentes de la unidad, una parcela de tierra, una vaca y el acceso a semillas, abonos y maquinaria.

Los resultados.

En 1975 el total de tierras transformadas en regadío alcanzaba las 96.706 hectáreas. Número que seguiría expandiéndose tanto por las obras como por la optimización de los regadíos hasta las 155.000 que alcanzarán las 203.000 regables según los cálculos más actualizados. No solo es el impresionante número de hectárea, sino también el cambio en la producción con la expansión de nuevos cultivos (hortalizas, frutales, plantas industriales), la desaparición del barbecho y el retroceso del monocultivo.

Los colonos y obreros agrícolas asentados se sitúan en las 7.000 familias, aunque tras su paralización a mediados de los sesenta, los colonos continuarían estableciéndose hasta los años 80. En los sesenta los colonos poseían unas 34.000 hectáreas de cultivo de las 44.000 que el Estado se había quedado frente a las 52.000 que fueron a parar a manos de los propietarios. Los nuevos propietarios impulsarían la expansión de una clase media agraria y, a la vez, asentarán otra clase media vinculada indirectamente a las demandas de los nuevos “oasis demográficos”. La repoblación forestal acabó situándose en las 68.500 hectáreas. 

Pese a la no generación de una industrialización importante, lo que no implica que no se pusieran en marcha numerosas industrias vinculadas a la producción agraria pero insuficientes para un proceso de expansión industrial pese, a las ventajas que se daban, se creó el gran pulmón dinámico de Badajoz en las Vegas del Guadiana que además es un valladar contra los procesos de desertificación al crear una gran mancha verde en zonas de tipo estepario.

El Plan Badajoz supuso un impulso que continúa hasta la actualidad y no son pocos los que abogan hoy en Extremadura por una continuada expansión selectiva de los regadíos, tras la disminución de proyectos como el canal de Barros e incluso la recuperación de los modelos urbanísticos de los poblados de colonización.

Para Artemio Baigorri su gran aportación vista desde la actualidad es que “encendió la mecha del dinamismo en la región”. Para  Cipriano Juárez y Manuel Rodríguez la línea abierta por el Plan Badajoz puede ser una vía en la actualidad para “impulsar el definitivo y deseado desarrollo socioeconómico de la región”, juzgando el balance como positivo, “pese a las sombras que acompañan a una planificación de semejante envergadura y duración temporal”. Según los datos de Romero Cuadrado los balances entre 1952 y 1972 presentan cifras de desviación positiva en un 85%. En definitiva la Extremadura actual sería incomprensible sin el Plan Badajoz y las actuaciones en Cáceres.

Francisco Torres García.

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