La estantería del historiador

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81 años de la última gran victoria del ejército español


La División Azul en Krasny Bor

Hace 81 años se libró en la entonces URSS, en los arrabales de la ciudad de Leningrado (San Petersburgo) la batalla de Krasny Bor. Un choque de tintes épicos entre la infantería española y el Ejército Rojo en los inicios de la Operación Estrella Polar, planificada por quien sería mariscal y cuatro veces héroe de la Unión Soviética, Gueorgui Konstantinovich Zhúkov. Considerado por la historiografía soviética y posterior como el mejor de los comandantes soviéticos en campaña, los soldados afirmaban: «Donde está Zhúkov, está la victoria».

Con aquella, sin duda, pensaba añadir, a la que sería una brillante carrera militar, la liberación definitiva de la ciudad de Leningrado. La misma que había conseguido defender ante el asalto alemán en el otoño de 1941. Con una concatenación de ofensivas en los Frentes de Leningrado, Vóljov y Noroeste pretendía alcanzar un objetivo  muy ambicioso: acabar con el cerco a Leningrado, liberar Novgorod, embolsar al 18.º Ejército alemán y abrir el camino hasta la frontera de Estonia y Letonia. Todo ello tras haber desarticulado los soviéticos la Operación Nordlicht, el que iba a ser el asalto definitivo a la ciudad cuna de la Revolución dirigido por el mariscal Erich von Manstein. 

La batalla defensiva que libró en Krasny Bor la División Española de Voluntarios, la División Azul, supuso, sin embargo, un revés para el plan de Zhúkov al impedir la ruptura del frente encomendada a unidades del 55.º Ejército; resistencia que contribuyó a la frustración de toda la Operación. Más allá de cualquier otra valoración hay que señalar que si los españoles se hubieran hundido la progresión soviética, que debía protagonizar la 45.ª División de la Guardia del general Krasnov, hubiera sido difícilmente contenible, quebrando la línea de comunicación que permitía abastecer a las fuerzas alemanas. 

Conviene insistir, como nota introductoria, en una realidad incuestionable que las circunstancias políticas de la última década, junto con algunos sectores de la historiografía, tienden a obviar, que, independientemente de su componente político y de su recluta, la División Española de Voluntarios, la División Azul, fue una unidad del Ejército español, constituida orgánicamente al efecto de realizar una misión específica (combatir al comunismo) y disuelta a la conclusión de la misma. Esta gran unidad consiguió, entre el 10 y el 11 de febrero, en lo que debemos denominar los combates de Krasny Bor, siguiendo al general Fontenla, una importante victoria en lo que fue una batalla defensiva al frustrar la intención enemiga y dislocar una ofensiva de amplios horizontes. No es exagerado, sino simple constatación de la realidad, afirmar que en Krasny Bor el ejército español alcanzó su última gran victoria en una gran acción bélica. 

Más allá del desarrollo de los combates en aquellas 18 horas de lucha continua entre el 10 y el 11 de febrero, más allá del rosario de acciones heroicas que en aquellas momentos se dieron, avanzado el conocimiento real de los hechos (siendo fundamentales las aportaciones realizadas por Carlos Caballero), desbrozadas algunas interpretaciones herederas de las valoraciones personales de quienes combatieron, eliminados no pocos mitos que durante décadas prescindieron de los condicionantes tácticos y de la realidad de las fuerzas en presencia, vamos a tratar de precisar algunos aspectos, quizás aparentemente secundarios, sobre los condicionantes y las lecciones de aquel día.

La División Azul que consiguió aquella victoria no era la unidad que salió de España en julio de 1941 y que había combatido brillantemente en las orillas del Vóljov. En febrero de 1943 no eran muchos los divisionarios alistados en 1941 que permanecían en el frente, probablemente rondarían los 2.000. Tras agotar las listas de reserva, en marzo de 1942, el gobierno español decidió iniciar un nuevo periodo de recluta del que saldrían la mayor parte de los combatientes en la batalla. 

Entre abril y diciembre de 1942 llegaron al frente 14.124 hombres. A partir de mayo comenzaron a abandonar el frente los denominados Batallones de Repatriación. Más de 9.000 voluntarios regresaron a España hasta el último mes de aquel año; entorno a  2.000 no pudieron hacerlo y aguardaban la eternidad en un rosario de cementerios. En este proceso el general Muñoz Grandes chocó con el Ministerio del Ejército y su planteamiento de renovación/sustitución, inclinándose por mantener la vieja «amalgama napoleónica» distribuyendo a los que llegaban entre todas las unidades. 

En febrero de 1943 la DEV era una unidad prácticamente renovada. Sobre aquellos voluntarios llegados caería la leyenda de una recluta forzada, alimentada por la paga, pletórica de republicanos y maleantes, con escasa moral de combate y menor voluntad de vencer, salida de los cuarteles, aunque casi 9.000 de los llegados a lo largo de 1942 se hubieran alistado desde los banderines abiertos en las milicias falangistas… Visión que compartía y ampliaba la propaganda soviética que mantendría de forma ortodoxa el PCE y se transmitiría, a través de sus vasos comunicantes, a parte de la reciente historiografía española. La prueba más evidente de que no era así es lo ocurrido durante los combates de Krasny Bor.

En julio de 1942, aquella gran unidad que estaba renovándose/reconstruyéndose, recibió órdenes para trasladarse desde el Vóljov hasta el frente de Leningrado, iban a participar en lo que se anunciaba como el asalto definitivo a la ciudad. Aquel movimiento iniciado en agosto dio tiempo al general Muñoz Grandes para instruir a sus hombres. Además se le indicó que, una vez acantonada en las proximidades del frente, tendría un tiempo antes de entrar en línea. La División Azul iba a tener un papel relevante en la ruptura que conduciría a la ocupación de la ciudad dentro de la Operación Nordlicht. Lo que indica el valor que como unidad de combate se daba a los españoles por parte del mando alemán.

Las circunstancias y la falta de fuerzas acortaron los plazos y la DEV entró en línea el 5 de septiembre entre Alexandrovka y el río Ishora. El general Muñoz Grandes asumió el mando de una zona de buenas posiciones pero sin profundidad en sus elementos de defensa, y procedió a reestructurar sus fuerzas para una acción ofensiva que se mantuvo viva hasta mediados de octubre de 1942. Ahora bien, por sus efectivos, que a finales de octubre podía desplegar 16.343 hombres, la DEV era la unidad más poderosa del frente. Con sus fuerzas podía mantener su sector sin dificultades ante cualquier contingencia.

El general Emilio Esteban-Infantes, que iba a sustituir en el mando a Muñoz Grandes, llegó al frente en agosto para convertirse en 2ª Jefe de la unidad, a él iba a corresponder, en gran medida la preparación final de la zona y el despliegue en el nuevo sector que se le iba a adscribir en que se libraría la batalla. 

Cerrado definitivamente el planteamiento ofensivo correspondía prepararse para establecer un escenario defensivo ganando lo que no tenían las líneas alemanas de un frente estático como era el asumido, profundidad. Ambos generales conocían la doctrina táctica española sobre la batalla defensiva que optaba por la profundidad y la distribución de posiciones defensivas con espíritu de resistencia al objeto de impedir al enemigo la penetración real y el dominio del territorio. Doctrina revisada durante la guerra civil sobre la que el propio Franco había teorizado, destacando la importancia de la batalla defensiva, en 1938 en sus instrucciones para los jefes de grandes unidades y en sus comentarios al reglamento de ese año. El general Muñoz Grandes asumió que se vería obligado a librar una difícil batalla defensiva cuando anunció que se mantendría a toda costa en Novgorod en el invierno de 1941-42. 

El propio Franco en su ABC de la batalla defensiva. Aportación a la doctrina, síntesis final de lo escrito durante la guerra, incidiría en la necesidad de relegar «los órdenes lineales», optando por «sistemas profundos, tanto más necesarios cuanto mayor sea la capacidad de penetración de los Ejércitos modernos y su potencia para la ruptura» con lo que se organizará el terreno propio «preparando el sistema de fuegos que ha de aniquilar al enemigo», asumiendo que las fuerzas enemigas progresarán según sea la red de comunicaciones existentes que permitirán alimentar la batalla, por lo que «los campos de batalla principales hemos de buscarlos en esas vías de penetración, como en ellas ha de situarse el centro de gravedad de nuestras tropas», creando la zona de resistencia y en esta, siguiendo los reglamentos tácticos, lo fundamental es el ocultamiento y la dispersión de las fuerzas. En ese marco se desarrolló la batalla de febrero en el frente ruso.

Tanto Muñoz Grandes primero como Esteban-Infantes después trabajaron para dotar de profundidad sus líneas. La línea española tuvo una relativa tranquilidad, aunque sometida a los duelos artilleros y golpes de reconocimiento, entre los meses de octubre y noviembre, lo que permitió incidir en la instrucción de las fuerzas. Una optimización que no hay que depreciar a la hora de valorar las razones de la victoria española. 

El problema, sobre todo para Esteban-Infantes al asumir el mando completo, fue la constante ampliación de la línea a cubrir por los españoles desde el sector inicial establecido entre Alexandrowka y el meandro del río Ishora. En enero de 1943 los soviéticos lanzaron la Operación Iskra que daría origen a la batalla por el control de los Altos de Sinyavino. La falta de fuerzas hizo a los alemanes exprimir el frente sacando unidades. La División Azul cedería al II Batallón del 269.º a mediados de enero de 1943. En Sinyavino los españoles demostrarían, una vez más, su capacidad de aferrarse al terreno y no ceder hasta quedar reducidos a la mínima expresión (solo 30 hombres regresarían indemnes), algo que no parece que fuera tenido en cuenta por el mando enemigo. Todo ello llevaría a la División a extender sus líneas primero hasta Krasny Bor, y después hasta más allá de la línea férrea cubriendo otros siete kilómetros. De un despliegue en el que los españoles mantenían reservas en cada subsector se pasó a un despliegue que embebía en línea a casi todas las fuerzas. Pero lo más grave era la falta de profundidad de la línea más allá del Ishora y la necesidad de preparar el terreno. Esteban-Infantes tendría que luchar contra el tiempo para ganar profundidad, pero este se estaba acabando. El tiempo había permitido trabajar en todo el sector la oeste del Ishora, pero ahora las líneas española podían alcanzar, según se evalúe, entre los 24 y los 30 kilómetros para soldarse al este con las fuerzas limitadas de la 4.ª División SS Policía que estaban retornando tras su participación en los combates de mediados de enero.

La División Azul cubría una línea que cortaba el río Ishora, la carretera Leningrado-Moscú, la población de Krasny Bor, que ocupaba unos 9 kilómetros cuadrados, y la línea del ferrocarril Leningrado-Moscú. A lo largo del mes de enero se hizo evidente que el subsector que se abría en el Ishora y llegaba hasta la línea férrea era tácticamente fundamental. Esteban-Infantes asumió la necesidad de ganar en profundidad asegurando las líneas en el Ishora y cubriendo la carretera, pero para completar un sistema que contara con suficientes posiciones para cubrir una amplia zona de resistencia necesitaba más tiempo. A la vez procuró destruir los intentos enemigos de progresar a la hora de acercar sus posiciones a la línea española ante Krasny Bor y la línea férrea. El condicionado despliegue español en la zona mostraría su eficacia el 10 de febrero. 

El  subsector de unos 11 kilómetros de línea, con unos cuatro fundamentales entre la carretera y el ferrocarril, quedó guarnecido por el Regimiento 262.º a las órdenes del coronel Manuel Sagrado Marchena, reforzado con el Batallón de la Reserva Móvil y la Compañía de Esquiadores, a lo que se sumarían, exprimiendo la División, el Grupo de Exploración, el Batallón de Zapadores y el Grupo Antitanques. El 10 de febrero tenían establecidos 2 escalones de despliegue y dos pequeñas reservas en su retaguardia. Durante los combates improvisarían una tercera línea. En total unos 5.000 hombres.

Lo que difícilmente podía prever el mando español o alemán era que los soviéticos hubieran situado el punto de ruptura de una gran operación ofensiva precisamente en aquellos kilómetros. Allí los españoles tendrían que aguantar primero la durísima ruptura artillera y después el asalto enemigo. Lo harían en inferioridad, ya que el Ejército Rojo desplegaba 4 divisiones (72.ª y 43.ª de Fusileros, junto con la 63.ª y 45.ª de la Guardia) y una imponente masa artillera (la proporción con respecto a las baterías hispano-alemanas ha precisado Carlos Caballero era de 3.3 a 1, «que ya era bastante»). Flanqueada por las divisiones 72.ª y 43.ª de Fusileros, la 63.ª División de la Guardia, al mando del general Nikolái Pávlovich Simoniak tenía la misión de abrir brecha en Krasny Bor consiguiendo la necesaria ruptura. No era la 63 División una unidad escasamente fogueada, ni su general carecía de brillantez. De hecho, había protagonizado el 18 de enero la ruptura del frente enemigo en Shlisselburg, enlazando con las fuerzas del Frente del Vóljov en la Operación Chispa, lo que valió a Simoniak la Estrella de Oro de Héroe de la Unión Soviética.

La terrible preparación artillera que se prolongó durante casi dos horas castigó muy duramente a las compañías españolas, que en algún caso llegaron a sufrir bajas cercanas al 80% de sus efectivos. Simoniak no esperaba una fuerte oposición y cuando la infantería roja avanzó apoyada por carros KV 1 se encontró con la enconada resistencia de los restos de las compañías de Huidobro, Palacios, Oroquieta, Aramburu, Campos… Se abría así el tiempo de las resistencias decisivas que se prolongaría durante horas. Algo que no debió extrañar, cuando comenzó a tener información, al general Esteban-Infantes pues él mismo las había vivido en primera persona durante la batalla de Brunete en la guerra civil. Tampoco, a pesar de la dureza se produjo el hundimiento de la moral, los que retrocedieron en medio de la lluvia de fuego se recompusieron y contraatacaron cuando encontraron mandos que los reagruparon. Algo que difícilmente hubiera sucedido en una unidad de recluta forzada o sin más horizonte que la paga.

Según la propaganda enemiga la División iba a plantear escasa resistencia dado el componente humano de la nueva recluta. Parece evidente que los mandos del Ejército Rojo habían asumido como real esta imagen. Sin embargo, lo que los españoles estaban demostrando era una alta moral de combate no quebrándose la voluntad de vencer y una elevada calidad entre sus jefes, oficiales y suboficiales que tuvieron que combatir durante horas sin la necesaria comunicación entre las compañías ni con el mando superior establecido por Esteban-Infantes en el puesto avanzado de Raykolovo. Las compañías de la Guardia pudieron sobrepasar los núcleos de resistencia de las compañías de línea, pero se empantanaron en una zona de resistencia que nunca pudieron dominar, no pudieron adueñarse del terreno y esa fue la clave del día. 

Sin comunicación exacta sobre el alcance de la penetración enemiga durante horas el general Esteban-Infantes movió sus escasas reservas y adoptó la medida de recurrir a los hombres del Batallón de Repatriación, disponiéndose a aguantar, en el peor de los casos apoyado en el Ishora; al otro lado del río el intento de progresión soviética había sido contenido y rechazado el ataque en el meandro del río. Con respecto a la actuación del general Esteban-Infantes, el general Fontenla ha precisado que si bien no percibió la entidad del posible ataque, «durante al batalla reaccionó de forma correcta… en su puesto de combate: empleó el fuego de la artillería divisionaria, empeñó reservas disponibles y se esforzó en organizar otras nuevas, y reforzó el borde de la lucha en Ishora para impedir sus ensanchamiento y facilitar, en su caso, la estrangulación de la penetración mediante un contraataque general».

Al caer la noche, sobre las 15.30, los combates adquirieron una nueva dimensión sobre un terreno en el que las manchas blancas se alternaban con grandes extensiones de barro. Los españoles continuaban resistiendo en su segundo escalón apegados a las construcciones de Krasny Bor y en su improvisada última línea de resistencia. Los divisionarios habían dado tiempo al mando alemán a preparar una línea tras la zona de combate para guarecer Sablino. Las fuerzas de Simoniak no pudieron abrir la brecha necesaria en Krasny Bor, ni se pudo progresar al este de la línea férrea: no hubo ruptura definitiva. El mando del 55.º Ejército no pudo usar su reserva convenientemente, la 45.ª de la Guardia del general Krasnov, pues ya no había éxito que explotar y los alemanes habían desplegado una línea defensiva tras los españoles. 

Al finalizar el día los divisionarios habían perdido en aquel subsector, que cederían a los alemanes de forma progresiva hasta la medianoche, entre 3 o 4 kilómetros, pero -insistimos- los soviéticos no consiguieron su objetivo que era abrir una brecha rompiendo el frente y dominando el terreno para permitir el avance, con lo que su ataque quedó dislocado perdiendo más de un tercio de sus efectivos, sin romper nunca de forma definitiva la última línea española ni ocupar su zona de resistencia. 

La gloria, la victoria y la muerte acompañan siempre hechos de armas como los combates de Krasny Bor. En torno a 1.100 españoles perdieron la vida en la batalla, entre 200 y 300 cayeron prisioneros, otro millar y medio recibieron heridas de consideración -parte de ellos también dejarían este mundo a consecuencia de las mismas o acortarían significativamente su vida-. Hubo acciones heroicas que por falta de testigos nunca fueron convenientemente recompensadas. Un soldado, Antonio Ponte Anido, pese a estar herido decidió frenar un T-34 que se dirigía hacia un hospital de campaña, lo hizo con su vida, fue recompensado a título póstumo con la Cruz Laureada de San Fernando. 

Según anota Carlos Caballero el mando alemán anunció la concesión por los hechos de aquel día de 30 Cruces de Hierro de 1ª, 300 de 2ª y 400 Cruces al Mérito Militar con Espadas. En parte de aquellos prisioneros, que fueron internados en los campos de concentración soviéticos, tampoco se quebró la voluntad de continuar la lucha y vencer. Algunos de ellos serían condecorados tras volver a España 11 años después.

70 Aniversario de la última gran victoria del ejército español.

El historiador Robert M. Citino ha descrito en un libro imprescindible lo que fue el inicio de la muerte de la Wehrmacht, la maquinaría bélica ofensiva más perfecta del siglo XX, a lo largo del otoño de 1942, aunque probablemente debiera retrasarse tal realidad hasta el verano de 1943. Cierto es que contemplados los hechos desde el presente algunas de las decisiones estratégicas tomadas por Hitler y el OKW alemán entre el verano y el otoño de 1942 prefiguraron ese posible desenlace, pero no es menos cierto que la historia bien pudiera haber concluido de otra forma.

La derrota alemana en el Alamein y la puesta en marcha por parte de los soviéticos de la Operación Urano (14 octubre-12 diciembre 1942), la gran contraofensiva desatada por el Ejército Rojo en el Don y el cerco del 6º Ejército alemán en Stalingrado, que resistiría hasta su rendición en febrero de 1943, abrió el proceso de inversión del signo de la guerra. En poco más de dos meses los soviéticos llegarían a Rostow y Jarkov, pero hasta ahí.

En realidad la suerte de la Segunda Guerra Mundial en Europa se decidió en los meses que transcurrieron desde la liberación de Stalingrado (febrero 1943) a la batalla de Kursk (julio 1943). En ello jugaría un papel fundamental la transformación experimentada por el Ejército Rojo fielmente retratada por Catherine Merridale: nuevos y competentes jefes militares, instrucción de la tropa, mejora en los planteamientos tácticos, incremento de la producción de armas, ahorro de vidas, nuevos uniformes, profesionalidad, honor y una nueva moral de combate. La consecuencia fue que en esos meses se produjo la irrupción de la maquinaría militar que iba a derrotar a la Wehrmacht.

En el invierno de 1942-1943 el Ejército Rojo subestimó la capacidad de recuperación y resistencia de la Wehrmacht. Junto con Urano los soviéticos desencadenaron una sucesión de ofensivas (Marte y Júpiter -ambas frustradas-, Saturno -disminuida en su planteamiento inicial-, Koltso e Iskra) cuyo objetivo era destruir al ejército alemán y sentenciar la guerra, pero pese a sus enormes reservas  y a la continua afluencia de material y unidades a los frentes, pese a la victoria en el Sur con el cerco de Stalingrado y la retirada de la línea alemana unos 250 kilómetros, los alemanes consiguieron desbaratar la Operación Marte cuyo triunfo hubiera permitido a los rusos enlazar sus ofensivas y embolsar al Grupo de Ejércitos Centro. Por otra parte, en el Frente Norte fueron capaces de infringir una severa derrota táctica a los soviéticos en la que la División Azul, la unidad española enviada al frente ruso a combatir al comunismo integrada en la Wehrmacht, desempeñó un papel fundamental. En aquel choque de titanes que se prolongó prácticamente hasta marzo de 1943 ambos ejércitos consumieron todas sus reservas, pero la capacidad de recuperación de cara a las ofensivas de primavera-verano de aquel año se reveló mucho mayor en el caso del Ejército Rojo mientras la Wehrmacht tuvo que variar su planteamiento bélico hacia la guerra defensiva.

La División Azul se había integrado perfectamente en la maquinaria militar germana demostrado, tanto en las operaciones en el Voljov en el invierno del cuarenta y uno como en su participación en las acciones de la Bolsa en la primavera siguiente, su capacidad de combate. A finales de agosto de 1942 los españoles entraban en línea entre Alexandrovka y el río Ishora frente a la ciudad de Leningrado, en una posición central, en el eje de asalto a la ciudad, para participar en la ofensiva que iba a dirigir el mejor de los generales alemanes en aquel teatro de operaciones, el mariscal de campo Erich von Manstein; lo que demuestra el valor y la confianza que se confería a la unidad española. La contraofensiva soviética de aquel otoño obligó a los alemanes a desechar la ofensiva y el propio von Manstein indicó a Muñoz Grandes que procediera a fortificarse.

En diciembre asumía el mando de la División el general Emilio Esteban Infantes, aunque llevaba actuando como segundo jefe de la unidad desde el mes de agosto. El nuevo jefe de la 250 División era un táctico competente que había asumido los planteamientos de lo que en la doctrina táctica del Ejército Nacional dirigido por Francisco Franco se había convertido en una noción clave: la batalla defensiva. En este sentido el general Esteban Infantes tenía la experiencia de haber participado en las batallas de Teruel y Brunete, lo que le permitía conocer los errores básicos en este tipo de planteamiento que el propio Franco había subrayado en su obra ABC de la batalla defensiva. Aportación a la doctrina.

Con sus 14.000/16.000 hombres la División Azul se había convertido en la unidad de infantería más poderosa del sector. Por ello, el mando del 18º Ejército la exprimió para obtener fuerzas complementarias ante la presión soviética: así el II Batallón del 269, que se cubrió de gloria, fue enviado a combatir a la tercera  batalla por los altos de Sinyavino -olvidados y cruciales combates cruciales cuya importancia está subrayando el profesor Carlos Caballero en la historiografía española- en la que los soviéticos, tras lanzar al combate 300.000 hombres, obtuvieron una importante victoria táctica al abrir un pequeño pasillo de diez kilómetros de ancho que suponía el inicio del fin del cerco de Leningrado, pero la línea férrea tendida por el mismo para abastecer la ciudad estaba batida por la artillería pesada germana. La moral de victoria, el deseo de Stalin de liberar la ciudad y de conseguir una segunda gran derrota alemana, se sobrepuso al enorme desgaste sufrido por el Ejército Rojo en los altos de Sinyavino, por lo que se planificó una segunda y ambiciosa operación, Estrella Polar. Como anota uno de los expertos en la guerra en el Frente Oriental, Chris Bellamy, la decisión del Stavka de encargar a los mariscales Zhúkov y Timoshenko la planificación revela la importancia que se le daba.

El planteamiento soviético era muy similar al de las demás operaciones de esa época: se trataba de embolsar concéntricamente a las fuerzas enemigas del 18º Ejército para destruirlas. El primer ataque partiendo al unísono desde Leningrado y la zona de Mga-Sinyavino cercaría a las unidades germanas situadas ante la ciudad; el segundo, penetraría más al sur entre Novgorod y Cholm para cercar a parte del 16º Ejército. Así se conseguiría acabar con el cerco de Leningrado y llevar a las fuerzas soviéticas hasta Pskov asumiendo el control del golfo de Finlandia. Si el Ejército Rojo alcanzaba sus objetivos qué duda cabe que el golpe sería durísimo para el ejército alemán. La Operación Estrella Polar tendría que ponerse en marcha el diez de febrero de 1943.

Una de las consecuencias de la derrota táctica en Sinyavino fue que la División Azul tuvo que ampliar sus líneas hasta la línea férrea situada más allá del pueblecito de Krasny Bor. Ello supuso que el sector más débil del despliegue español se encontró situado en el punto lógico de ruptura de la ofensiva soviética que debía partir desde la ciudad de Leningrado. Dada la longitud de línea los españoles, pese a la potencia numérica de la División, se quedaron sin reservas tácticas.

Vista la batalla que se iba a desarrollar desde sus resultados parece evidente que los soviéticos carecían de grandes reservas para alimentar sus ambiciosos planes y que confiaban en el poder de fuego como factor de desequilibrio para abrir brecha y asegurar un rápido avance; pero, como anota Carlos Caballero si su artillería era magnífica sus artilleros no lo eran tanto. Lo que quedó confirmado a lo largo del diez de febrero.

Tanto el general Esteban Infantes como el mando alemán procuraron reforzar el sector. Si la División Azul se hundía y los soviéticos conseguían abrir una brecha lo suficientemente amplia como para impedir que el mando alemán embolsara a su vez a los atacantes, la Operación Estrella Polar podría progresar. Observando el terreno, que tuve la oportunidad de visitar, sobre el que se va a producir la acción, ante los españoles en forma diagonal sobre la línea del ferrocarril se abría una gran pradera sin masas boscosas que podía permitir a los soviéticos avanzar rápidamente arrollando tanto a la unidad española como a su vecina la 4ª SS y correr paralelamente a los bosques de Sablino hacia Mishkino para enlazar en la zona de Mga con el 54 Ejército Soviético. Pero, la División Azul no se hundió y pese a su inferioridad, como subraya Bellamy, resistió y, como anota Beevor, “contribuyó enormemente al fracaso de la ofensiva soviética”.

El general Salvador Fontenla subraya que la acción de los españoles en Krasny Bor debe considerarse una “victoria heroica”, que, como ya en 2003 subrayaba Carlos Caballero, frustró en gran medida la ambiciosa Estrella Polar. Cierto es que la línea española ante Krasny Bor cedió entre tres y cuatro kilómetros, pero en ese pequeño espacio el avance soviético quedó empantanado perdiendo en los combates un tercio de sus hombres. Cuando en la tarde-noche del diez de febrero las unidades que aún resistían salieron de línea para que se hiciera cargo del subsector la 212.ª División de Infantería los alemanes habían podido llevar a la zona las reservas suficientes para acabar con el avance soviético en el sector. Los españoles volvían a guarnecer su sector original apostados a las orillas del Ishora y volvieron a aguantar los ataques rusos entre el once y el quince de febrero.

Es de sobra conocido que el ataque soviético se realizó con una superioridad de fuego (95.000 proyectiles fueron lanzados sobre la División Azul) aplastante y con una masa de maniobra en proporción de 7/8 hombres a uno; además los soviéticos dispusieron de 40/80 carros T-26, T-34 y KV-1 frente a los que los antitanques divisionarios poco o nada podían hacer. Sin embargo, como años atrás había escrito el propio Franco: “si la acción de una masa de tanques aparece como impresionante por su potencia y efectos morales, sin embargo, esa acción, temible ante una fuerza desmoralizada, cambia totalmente ante una Infantería bien dotada y con elevada moral”. Y, aunque carecían de armas eficaces, en Krasny Bor sobró el valor personal  para contenerlos (como el del soldado Ponte Anido que obtuvo por ello la Cruz Laureada de San Fernando). A pesar de ello la pregunta que debemos hacernos es: ¿ante tal superioridad cómo es posible que resistieran?

Además del juego de las circunstancias que se da en todo combate (falta de adecuada utilización de la artillería soviética, conversión del terreno en un barrizal que dificultaba el avance enemigo, error táctico al empeñarse en destruir los núcleos de resistencia…), el general Fontenla destaca entre las razones que explican la victoria defensiva de Krasny Bor la “voluntad de vencer” de los españoles y el mantenimiento, pese al castigo artillero, de la capacidad de combate de las unidades que se transformó en resistencia heroica -¡hasta el final, hasta agotar la munición!- una vez iniciada la batalla.

Ahora bien, lo que permitió ese triunfo fue, sin duda, la aplicación de la Doctrina de la batalla defensiva de los españoles. Un análisis detenido, que excedería los límites de este trabajo, nos indicaría que el general Esteban Infantes y sus jefes y oficiales consiguieron, con las correcciones que hicieron a las posiciones alemanas heredadas, optimizar al máximo sus armas y aprovechar el terreno. En muchos lugares la disposición de las compañías (por ejemplo en las de Oroquieta, Arozarena, Campos y Aramburu) mejoraba la defensa y la capacidad de repliegue por lo ondulado del terreno o permitía batir el avance enemigo formando una triangulación mejorando el sistema de fuegos (Huidobro, Palacios, Iglesias); además todos los oficiales, siguiendo el reglamento táctico, dispusieron sus ametralladoras para obtener el máximo rendimiento tanto desde la posición propia como de la distancia entre las posiciones, minimizando errores que también se produjeron. Todo ello causó enormes pérdidas a la infantería contraria minando su moral de combate. Finalmente, pese a la falta de efectivos, sobre Krasny Bor las unidades se distribuyeron en profundidad (los españoles formaban tres líneas) creando una zona de resistencia que permitió recuperar hombres y lanzar contraataques locales. Todo ello potenció un elemento clave en la batalla defensiva, el factor psicológico. Es imposible que la “voluntad de vencer” que demostraron los divisionarios se hubiera dado, teniendo en cuenta el enorme castigo recibido en la primera fase de la batalla, sin la alta moral de combate que prestaba el hecho de que se trataba de tropas voluntarias con una vertebración ideológica nucleada en los voluntarios falangistas, sin la cohesión de las unidades y sin la existencia de una más que demostrada capacidad de liderazgo ejercida por los oficiales impulsando el heroísmo individual y colectivo.

En su empeño por detener a los soviéticos los españoles perdieron algo más de un tercio de los efectivos comprometidos en los combates: algo más de 1.200 muertos y desaparecidos y sobre un millar de heridos a los que habría que sumar varios centenares de enfermos derivados de los combates. Tal y como ha analizado Carlos Caballero los oficiales pagaron un alto precio ya que el 25% cayó en combate (el 47% de los capitanes). De muchas de las heroicidades de aquel día no quedó testimonio y la mayor parte de los caídos aún permanecen en ignoradas fosas comunes en un campo de batalla que aún no ha sido abierto y sigue siendo una zona peligrosa por la cantidad de proyectiles intactos que aún guarda aquella tierra.

Quienes se han acercado a la realidad de la batalla están de acuerdo a la hora de reseñar la insuficiencia en las recompensas concedidas, pálido espejo del heroísmo de la jornada. A pesar de ello los vencedores de Krasny Bor obtuvieron tres Laureadas de San Fernando (Palacios, Huidobro y Ponte Anido) y once Medallas Militares individuales (Oroquieta, Altura, Rosaleny; Molero, Castillo, Moreno, Cavero, Salamanca, Pestaña y Rodríguez); pero fueron muchas las denegadas o no cursadas. Un ejemplo, el capitán Jesús María Andújar no pudo recibir la Medalla Militar porque ya tenía dos. Y los partes de las unidades publicados por el general Fontenla revelan el valor de aquellos combatientes pues son increíbles las relaciones de distinguidos y muy distinguidos en los combates. Ellos, en definitiva, con sus armas y su valor frenaron a los rusos y empantanaron la ofensiva.

Tal y como ha pedido Pablo Sagarra los combates de Krasny Bor debieran justificar, setenta años después, la concesión de una condecoración colectiva para la División Azul. Una unidad que consiguió la última gran victoria del ejército español.

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